Hay vidas en las que caben muchas vidas y ese es el caso de la de Isaac Jacob Blumenfeld. ¿Cómo se puede cambiar tantas veces de país sin moverse del mismo pueblo? ¿Qué descuido imperdonable ha cometido este personaje, alegre y voluntarioso, para vivir dos guerras terribles y visitar varios campos de concentración? En realidad, todo ha consistido en nacer en Europa y ser un jovencito en la segunda década del siglo XX. ¡Ah! Y un pequeño detalle: nuestro personaje es judío.
El ciudadano Blumenfeld comienza sus días en una provincia del Imperio Austrohúngaro, sigue su curso en la República polaca, avanza por el III Reich y la URSS, para terminar siendo austriaco. En medio de tantas nacionalidades hay mucha tristeza y momentos terribles, pero también toneladas de humor (este libro es una maravillosa antología de humor judío) y ternura.
Quizá lo más destacable de esta novela sea esa capacidad para lograr momentos cómicos mientras el protagonista y su pueblo sufren horribles zarpazos.
El Pentateuco de Isaac se desarrolla en una Europa en la que los judíos tenían una fuerte presencia, era un mundo que quedó no ya cercenado, sino prácticamente borrado del mapa, por el Holocausto.
Es lo que describe Joseph Roth, antes de la Shoah, en Crónicas berlinesas y Judíos errantes, una Europa en la que los judíos del Este se ven obligados a emigrar y a padecer el antisemitismo allá a donde acuden. Entre la asimilación y la salvaguarda de sus tradiciones los judíos aportaron ingredientes básicos para conformar la cultura occidental y nos transmitieron su recalcitrante pacifismo y su fe en la educación y el análisis.
El autor, Angel Wagenstein, pertenece a una familia búlgara de origen sefardí y ha vivido el exilio, la guerra y el horror nazi. Su carrera literaria comenzó tarde, con la publicación del libro que nos ocupa, pero también ha sido guionista de cine y realizador.
Javier Pérez Iglesias