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Claus y Lucas

José Manuel Lucía Megías - 9 de Junio de 2010 a las 17:08

¿Cuántas personas somos en realidad? ¿Con cuántos de nosotros mismos conversamos en el espejo de nuestra intimidad? ¿Cuál de nuestras caras es la más verdadera, la que mejor nos representa? ¿La que sacamos a la plaza pública de las críticas y de las opiniones de los otros o la escondemos en el baúl de algunos de nuestros secretos? ¿Con qué lenguajes se expresan estos nuestros yoes, el yo-de-la-familia, el-de-los-amigos, el-que-va-a-pedir-un-préstamo-al-banco, el-yo-de-los-viajes o el yo-de-las-vacaciones? ¿Todos tienen la misma voz, el mismo tono? ¿Cómo es posible que todos compartan un mismo vocabulario si entre ellos no serían capaces de reconocerse si se diera el caso de descubrirse de pronto en la calle de las coincidencias? ¿Tenemos tantos secretos como a veces nos creemos? ¿Somos, en realidad, conscientes de todos nuestros secretos? ¿Conocemos, realmente, a todos los que somos nosotros? ¿Qué nos hace temblar ante un olor recuperado de la infancia? ¿Qué yo es el que realmente tiembla al lado de este otro yo que lo mira un tanto sorprendido y enfadado, como si no encontrara ninguna razón para compartir gestos, facciones, cuerpo y cara?

Agota Kristof, la escritora húngara que se exilió en Suiza en 1956 nos ofrece tantas o más preguntas en su magnífico libro "Claus y Lucas" (Barcelona, El Aleph Editores). Una novela en tres tiempos, tres tiempos de escritura y tres tiempos de lectura, ahora recogidos en un solo libro, que permite dejarse llevar por los yoes y los otros, por las identidades y la supervivencia en un tiempo de revoluciones, de guerras, de odio y de muerte.

"Claus y Lucas" es un libro duro. Duro porque su autora no esconde bajo las palabras todo el mal que el hombre puede soñar, puede hacer, dando rienda libre a esos yoes que nos persiguen, que se escapan de la celda de la educación y de las normas en momentos de crisis, esos que nos obligan a mirarnos, cara a cara, al espejo de nuestras posibilidades.

"Claus y Lucas" es la historia de dos gemelos que se ven en la obligación de sobrevivir contando tan solo con ellos mismos, con el yo de su voluntad y con el yo en que pueden convertirse si son capaces de dominar todos sus miedos. Un yo animal, un yo vacío de lágrimas, de sonrisas, casi de sentimientos se diría. Aunque sea todo lo contrario. Un yo esculpido a base de golpes, de endurecer la piel, tanto de los pies, de la espalda, de los muslos, como la de las miradas o la del corazón.

A Claus y a Lucas les ha tocado vivir un tiempo poco propicio para los niños: una infancia de guerra en una pequeña localidad cerca de la frontera. Poco se entiende de esta guerra, de la liberación y los ejércitos extranjeros que se instalan en el país; poco se entiende porque se explica desde los ojos de Claus y de Lucas, desde sus victorias sobre todo lo que les puede hacer daño.

Claus y Lucas terminan viviendo con su abuela en una ciudad fronteriza, y allí los veremos dominar su dolor con golpes, dominar su hambre con ayunos, dominar su cuerpo con ejercicios de inmovilidad. Esta misma voluntad para moldear su presente es la que pondrán para aprender a leer, a escribir, a contar, a llenar sus cuadernos con sus memorias, con esas vidas que pasan por delante de su casa.

Y todo en un mundo en decadencia, un mundo destruido a fuerza de bombas y deportaciones; un mundo deshabitado, como esa abuela de quien se dice que envenenó a su marido. Lucas y Claus. Claus y Lucas, inseparables. Gemelos. Sobreviviendo a la crueldad de los otros niños, defendiéndose con navajas y calcetines de arena y tocando la armónica por las tabernas para así poder comprar más cuadernos, más lápices, para así seguir escribiendo su historia, que es la que nosotros estamos leyendo. ¿Cómo hablan estos yoes de Claus y Lucas? Lo hacen mirando a la vida cara a cara, sin querer tener miedo a nada, por lo que las frases no pueden matizarse ni esconderse detrás de hermosos adjetivos. Todo es descarnado, como el interior de una carnicería.

Pero en la novela de Agota Kristof hay otros muchos yoes, otros Claus y Lucas sorprendentes. Nada parece tener sentido en un mundo en crisis hasta que todo se ilumina... tan solo hace falta una frase y se le puede dar la vuelta al mundo. Todo comienza con un viaje en tren, el que lleva a Claus y Lucas a casa de la abuela. Todo termina con un tren: "El tren... es una buena idea". En medio, uno de los libros más inquietantes que he podido leer en los últimos años. Literatura pura. Literatura que no te deja indiferente, que se comunica con muchos de los yoes que lo están leyendo, descubriéndote algunos realmente desconocidos. Sólo los grandes libros son capaces de descubrirnos facetas nuevas de nosotros mismos. Como "Claus y Lucas" de Agota Kristof.

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Comentarios - 2

Javier Gimeno

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Javier Gimeno - 14-06-2010 - 16:47:48h

Suscribo plenamente la reseña de José Manuel Lucía y el comentario de Aurora Castillo. La lectura de ese libro te deja la huella imaginaria del horror vivido por dos niños de una guerra cruel y despiadada, de un mundo, como dice Lucía, descarnado y cruel, no apto para niños, ni para nadie. Uno se pregunta mientras lee esas páginas si no estaremos forjando un mundo similar al retratado en la novela, un mundo cuya guerra permanece latente en alguno de nuestros diferentes yoes que cada cual mantenemos oculto y ni siquiera somos concientes muchas veces de que existen, están aquí mismo, esperando el momento preciso para atacar.

Aurora Castillo

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Aurora Castillo - 9-06-2010 - 18:16:10h

Suscribo absolutamente todo lo que dices. A mí me impactó y creo que es de esos libros que nunca olvidaré. De hecho lo voy recomendando y todos cuantos lo leen quedan igualmente impactados.


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