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Cuando conocer se convierte en obsesión

Beatriz Álvarez 18 de Junio de 2014 a las 08:55 h

"Volvió a leer las cartas... Roland sintió que le embargaba un impulso propio, extraño y desusado en él. De repente era imposible volver a meter aquellas palabras vivas en la página 300 de Vico y devolverlas a la caja 5".

(A. S. Byatt, Posesión)


Además de escritora, la británica Antonia Susan Drabble (1936-), más conocida como A. S. Byatt, es una prestigiosa especialista en literatura inglesa. De ahí que no deba extrañarnos que sus obras de ficción estén plagadas de referencias eruditas. Ni tampoco, que muchos de sus relatos y novelas transcurran en ambientes artísticos y/o académicos. Cosa esta última que sucede con Posesión (1990), Premio Booker 1990 y libro que reseñamos a continuación.

 

Obsesionado con la obra del insigne poeta victoriano Randolph Henry Ash, Roland Michell no pasa por su mejor momento. Lo cual resulta lógico pues a sus problemas con Val, su novia y la persona que lo mantiene, tiene que añadir sus tribulaciones laborales. Y es que, este joven investigador se ve obligado a trabajar en condiciones precarias bajo las órdenes de un jefe que lo infravalora y desmotiva: el adusto James Blackadder.

Cierto día, mientras se halla en la Biblioteca Londinense, Roland encuentra entre las páginas de un libro que perteneció a Ash los borradores inconclusos de dos cartas dirigidas a una "Apreciada señora". Sorprendido por el tono en el que fueron redactados ambos escritos, el desencantado doctor se percata en seguida de que el destino ha puesto en sus manos algo muy importante. Por eso, y presa de una especie de locura, olvida su natural prudencia y roba los papeles, no informando a nadie de su descubrimiento.

Las investigaciones de Roland le llevan a identificar a la dama de Ash con Christabel LaMotte. Una casi desconocida poetisa de origen francés idolatrada por feministas y lesbianas modernas quienes, en base a sesgados estudios sobre su vida y obra, la ven como una precursora de sus respectivas causas.

El nuevo hallazgo de nuestro héroe le obligará a colaborar con Maud Bailey, especialista en la figura de LaMotte. Junto a ella, y siguiendo las pistas que les proporcionarán ciertos escritos, terminará siendo poseído por sus investigaciones y sacará a la luz la relación sentimental clandestina que unió a Christabel y Ash. Una relación nacida de la atracción intelectual que, muchos años después de la muerte de sus protagonistas, no sólo cambiará las vidas de los dos académicos y de las personas de sus respectivos entornos. También, el enfoque dado hasta ese momento a los estudios sobre ambos poetas.

Tan voluminosa como excelente, Posesión es una novela de carácter metaliterario, densa y estructuralmente muy compleja. Algo que se debe a que sus múltiples tramas argumentales se interconectan mediante numerosos diarios, cartas, poesías, cuentos, citas, ensayos..., frutos todos ellos de la prodigiosa imaginación y la meticulosa labor de documentación de la autora. Verdadera alquimista del lenguaje que, dicho sea de paso, no duda en ironizar sobre ciertos hábitos al parecer muy frecuentes entre los sorprendentemente belicosos y competitivos teóricos de la literatura. A saber, por un lado el afán por cosechar indiscriminadamente fuentes de información, ejemplo de lo cual es el fetichista Mortimer Cropper, quien con tal de poseer una caja enterrada en la tumba de Ash es capaz incluso de profanar dicha sepultura. Y por el otro, la fijación con analizarlo todo desde el punto de vista de la sexualidad. Costumbre ésta que caracteriza a Leonora Stern, feminista radical empeñada tanto en demostrar que LaMotte tuvo una amante como en descubrir significados ocultos en las palabras que Ellen, la esposa del poeta, escribió su diario.

En lo que a los personajes de Posesión respecta, hay que decir que si uno destaca sobre todos los demás ese es el fascinante Randolph Henry Ash. Hombre polifacético y sabio, tan contradictorio como la época que le toca vivir, que busca en el estudio de la naturaleza una manera de dar respuesta a las dudas que, pese a su racionalismo, le atormentan.

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