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RECUERDA, CUERPO

Ana Isabel Rábade Obradó 17 de Noviembre de 2008 a las 09:58 h

En estos tiempos algo oscuros, como todos, en los que, acaso más que nunca, se nos atemoriza con la amenaza inminente de los bárbaros que nos acechan y se nos incita a los placeres rutinarios del consumo para salvar ni más ni menos que la economía mundial -y con ello quién sabe si la civilización occidental-, tal vez sea un buen momento para leer a Kavafis.

Soy de las que piensan que el uso bueno e incluso excelente del lenguaje es algo que en un escritor, y aún más en un poeta, simplemente se presupone, como en los soldados el valor (como entre éstos, también en aquéllos habrá sus lapsus o sus excepciones). Con esto quiero sencillamente decir que mi predilección por un autor, cualquiera que sea su género, nunca se funda en su domino del lenguaje y en la exhibición que de él haga, mucho menos en su boato y ampulosidad. Cuando, en conversación sobre algún afamado escritor, me aventuro a señalar humildemente que, qué se le va a hacer, pero a mí me aburre, y mi ligeramente indignado interlocutor replica: "Pero, ¡qué bien escribe!", siempre me entran ganas de zanjar la cuestión con un: "¡Pues faltaría menos!". Esta incapacidad mía de disfrutar de la palabra por la palabra me priva de gozar de gran parte de la buena poesía: no me dice nada. Esto es, tiendo a ser, en un sentido bastante literal, más bien prosaica. Pero Kavafis me gusta.

Para comenzar tiene, por su biografía, dos cosas a su favor. En primer lugar, si bien era de familia griega y el griego era su lengua, Konstantino Kavafis nació y vivió muchos años en Alejandría, ciudad cuyo mero nombre puede provocar todo tipo de fantasías en la imaginación naturalmente algo encendida de un amante de los libros. En segundo lugar, aunque trabajó como un oscuro funcionario, lo hizo en el Ministerio de Riegos egipcio. Nadie me negará que suena bastante mejor que el Canal de Isabel II.

Kavafis es un poeta de palabra austera y precisa, incluso cuando algunos de sus escenarios habituales -el mundo bizantino, la tardía Grecia helenística que mira hacia Asia, Troya- no parezcan inducir a ello. En los poemas de Kavafis, héroes, emperadores y tiranos nos hablan en ese momento en que son hombres que dudan, fracasan, gozan y desean. Con todo, a mí me gustan más los poemas más íntimos en los que el "quién era quien" no me distrae. Kavafis me gusta como poeta de los amores y los deseos, de los placeres que fueron y de los que se rozaron con la punta de los dedos, pero nunca llegaron a ser. Me gusta cuando trata con pudor, pero sin prejuicio, de los cuerpos que se anhelan, de los que se tuvieron o de los que nunca se tendrán, de esa memoria del cuerpo que se ensancha y se intensifica con el tiempo y nos otorga tanto dolor y tanto consuelo. Es en este punto donde podríamos buscar las relaciones de Kavafis con Proust. Y, si lo puedo decir de pasada, qué cuerpos sean esos poco importa: el deseo es siempre deseo y los contornos precisos de quien lo despierta, cada cual que los pinte en su imaginación como más le plazca.

Kavafis nos transmite como pocos la fugacidad de lo humano. Sin resignación, ni desesperación. En sus versos se busca o se evoca, pero no se tiene. Todo es futuro o pasado, el presente escapa, y si el futuro se pospone demasiado el pasado nos atrapará antes de que aquél llegue. Por eso hay una exhortación a gozar cuanto se pueda, pues no hay peor arrepentimiento que el que nos encara con lo que pudo haber sido y no fue. A no dejarnos abatir en placeres rutinarios y vidas que no son nuestras. A vivir de veras, en suma. Porque la vida del hombre es siempre efímera y hay que desear que el viaje sea largo y rico en experiencias, sin esperar mucho del término de llegada. Si hemos sabido aprovechar el camino, no nos decepcionará aunque al final no nos esperen los dulces brazos de Penélope.

Por cierto, a quien todavía le ronde la tentación de clasificar a Kavafis como un poeta para un determinado tipo de lectores, le recomiendo vivamente la deliciosa obrita de un amigo de Kavafis y uno de sus descubridores. Me refiero a Aspectos de la novela de E.M. Forster, un libro tan inteligente como divertido. Concretamente, le remito a la hilarante propuesta de clasificar las novelas -podría aplicarse a cualquier otro género- de acuerdo con el papel que en ellas desempeñan los elementos atmosféricos.

 

Ana Isabel Rábade Obradó

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Comentarios - 6

Marc Toreille

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Marc Toreille - 25-11-2008 - 16:34:21h

Yo también descubrí a Kavafis gracias a Lluis Llach. Y lo que más me impresionó de sus homenajes a Kavafis no fue el "Viatge a Itaca", si no "A la taverna del mar", una canción preciosa que figura en la cara B del Campanades a mort. Esa canción fue la que me hizo kavafiano. Coincido con Javier en mi pasión por Whitman, y en mi trilogía pasional de adolescente a Whitman y a Kavafis se les unía a otro loco grandioso: Vladimir Maiakovski. Al leeros me he sentido un poco más... ¿joven? ¿libre? Quizá más ligero. Gracias...

Anabel

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Anabel - 21-11-2008 - 10:07:09h

Leer poesía es un acto muy personal... afortunadamente. Nada más triste que leer un poema haciendo aquello que la madre de Proust, en una carta a su hijo, comenta con ironía de los turistas ingleses que visitan el Louvre: intentar que lo que ven sus ojos coincida con lo que está escrito en sus guías. Un buen poeta -un buen escritor- posee el don maravilloso de provovar lecturas mucho más allá de lo que otros dicen que está escrito.
De qué cuerpos habla Kavafis, está muy claro: no es poeta de subterfugios. Por cierto, que a mí de seguro me gustarían esos mismos cuerpos bastante más que la belleza femenina evocada en tantas poesías (cosas como las "turgentes montañas de alabastro" a mí me dejan fría). No son, sin embargo, los cuerpos lo que más me gusta en la poesía de Kavafis, sino lo que esos cuerpos hacen sentir. Y en ello, ¿hay tanta diferencia? Pero entiendo que no todo lector de Kavafis piense como yo. Entre otras cosas, porque a mí ninguna ley me prohibió jamás sentir deseo por esos cuerpos.

Javier Pérez Iglesias

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Javier Pérez Iglesias - 20-11-2008 - 20:47:03h

Anabel, me has tocado con tu manera tan elegante de mirar a Kavafis, un poeta que nunca se ha ido de mi lado desde que nos encontramos hace ya muchos años.
Me gusta cuando hablas de la relación que se puede encontrar entre él y Proust, por su manera de evocar los cuerpos deseados. También estoy de acuerdo contigo cuando dices que “el deseo es siempre deseo y los contornos precisos de quien lo despierta, cada cual que los pinte en su imaginación como más le plazca.”. Y sin embargo... Acudo a mi libro de Poesías completas de Kavafis, de la editorial Hiperión, que tiene el color del lomo oxidado pero conserva en la cubierta aquel verde tan bonito. Como siempre he tenido la manía de firmar los libros, al abrirlo descubro mi nombre y el año en el que lo compré. Recuerdo el jovencito que yo era entonces, a finales de los setenta, y lo importante que fue encontrar a un poeta que ponía nombre a sus deseos. Desde luego para mi, superviviente de una adolescencia marica, lo más importante era que Kavafis hacía un dibujo definidísimo de los cuerpos que le daban placer o que deseaba que se lo dieran. No había duda de que estaba hablando de amor entre hombres. Lo mismo me ocurrió en aquellos años con Cernuda, Gil de Biedma, Whitman... Ahora, cuando han pasado muchos años, y han cambiado bastantes cosas en mi vida y en el mundo que habito, no puedo olvidar que para mí aquellas lecturas tenían ese valor añadido. Por supuesto que era sensible a sus maneras de contar sentimientos universales. Pero, para mi, era importantísimo que esos artistas encontraran belleza en unos sentimientos y unos deseos que, a mi alrededor, todo el mundo (al menos las grandes voces de la familia, la escuela, la iglesia y el estado) definía como horrendos o criminales o tarados.
Esos poemas fueron un refugio que me permitía hacerme fuerte para resistir el insulto y el rechazo.
Ahora me hacen sonreír algunas anécdotas de mi relación de aquellos años con la literatura. Y es que la necesidad de autoafirmarse durante la adolescencia es siempre tremenda pero, cuando uno no encaja en la norma, la cosa adquiere tintes trágicos (y cómicos). Recuerdo, por ejemplo, como recorría las estanterías de la librería más grande de mi ciudad y un amigo, mayor que yo y mucho más enterado, me iba señalando todos los autores que “entendían”. ¡Qué excitante que hubiera tantos! Confieso que me sumergí en muchas novelas sólo porque alguien me había dicho que el autor era homosexual.
Por eso, aunque sé que lo que transmite Kavafis va mucho más allá de que le gustaran los hombres, le sigo agradeciendo que hiciera explícito su objeto del deseo.
Es uno de los milagros de la literatura, que nos habla sólo a nosotros mismos. Aunque en la cabeza del refinado alejandrino no estuviera escribir para el joven marica que yo era, su honestidad hizo que la lectura de sus poemas sirviera para (re)construirme cuando casi todo me era hostil. Es, creo, una de los mayores regalos que puede hacernos la literatura.
También vivo como un regalo este post de Anabel sobre el poeta que escribió:
“Y cuando las costosas bebidas fueron consumidas,
y esto sucedió hacia las cuatro,
al amor felices se entregaron”.

Alejandro

3
Alejandro - 19-11-2008 - 17:57:18h

Qué post más guapo te has marcao!

Pirilampes

2
Pirilampes - 18-11-2008 - 15:04:06h

Y toda entera te has trocado en sentimiento, para mí

Carlos

1
Carlos - 17-11-2008 - 16:38:46h

Gracias por el post tan fino y sugerente. Personalmente descubrí a Kavafis gracias al album de Lluis Llach "Viatge a Itaca" y desde entonces me ha acompañado siempre.


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