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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Martes, 24 de mayo de 2022

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El profesor universitario, la transmision del conocimiento y la cultura en el marco de la Universidad

EL PROFESOR UNIVERSITARIO, LA TRANSMISIÓN

DEL CONOCIMIENTO Y LA CULTURA EN

EL MARCO DE LA UNIVERSIDAD

PROF. ANTONIO BASCONES

 

EL PROFESOR UNIVERSITARIO, LA TRANSMISIÓN

DEL CONOCIMIENTO Y LA CULTURA EN

EL MARCO DE LA UNIVERSIDAD

PROF. ANTONIO BASCONES

 

Comienzo con unas reflexiones acerca de lo que este acto entraña en un

contexto de amistad, cultura y humanismo. Mi agradecimiento a todas las

personas que supieron realizar un esfuerzo para aunar y agavillar ideas

interesadas en la búsqueda de una respuesta diferente a los problemas que

presenta la sociedad. Aquí estamos nosotros y de nuestro denuedo y trabajo

dependerá, en gran medida, el éxito del proyecto. Al menos, éste, habrá

servido como fuente interior de sabiduría y erudición, algo tan carente en

nuestra civilización actual.

Hablar desde esta tribuna, donde nuestro Santiago Ramón y Cajal

enseñaba, me infunde respeto y admiración. Él era un verdadero Maestro

en todo el sentido de la palabra y su estela, intelectual y humana, aún se

respira entre éstas paredes. Estamos en los mismos bancos donde

profesores nuestros recibieron su enseñanza y que supieron transmitirla a

las generaciones futuras.

Mis primeras palabras, cómo no podía ser otra cosa, son de respeto y

admiración al que año tras año cumple con los parámetros que encabezan

esta conferencia. La transmisión del conocimiento y la cultura que,

aunque no son la misma cosa, se entremezclan a lo largo de la vida

intelectual de la persona conformando los basamentos arquitectónicos

sobre los que se sustenta el desarrollo del mundo. Nuestras sociedades

necesitan el saber, el motor del progreso gracias al cual todo crece y

avanza. Por ello el profesor en la Universidad conforma el soporte, la

estructura de la persona que en poco tiempo saldrá al campo de batalla del

crecimiento. Pero no todo queda en eso, en la cultura y en el conocimiento,

hay algo más que se olvida y que nos debe estimular a que cada día sea

más una realidad que una quimera.

Una pregunta que nos hacemos repetidamente es qué diferencia hay entre el

conocimiento, la cultura y la sabiduría, cuál es su importancia y cuál es lo

que procede, en cada etapa de la vida, pues está claro que a lo largo de este

camino, que siempre se nos hace corto, dependiendo del momento y de las

circunstancias, uno de estos conceptos tienen prioridad sobre los otros.

El conocimiento es aquel conjunto de saberes que adquirimos a lo largo

de la vida, que poco a poco va llenando nuestras neuronas, impregnándolas

de datos, ideas, conceptos, fechas etc. Es una pléyade de diferentes

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aspectos adquiridos en la lectura y el estudio; la biblioteca y sus anaqueles

han servido para enriquecernos día tras día. Con todo ello hemos ido

conformando, modelando lentamente nuestro cerebro, dotándole de un

bagaje rico e intenso que con el tiempo deja un poso, la cultura. Ésta no es

más ni menos que el conocimiento adquirido con los años que aplicado a

nuestro mundo actúa como un armazón intelectual para barruntar y

columbrar en forma diferente el mundo que nos rodea. Por otro lado la

sabiduría es innovadora y creadora. El sabio crea; el conocedor y el hombre

culto exponen y especulan.

La estructura cognitiva del pensamiento humano trata de recoger datos,

nociones y conceptos que se aceptan e incorporan en la memoria, con una

cierta codificación para ser recuperados en el momento oportuno. Es la

materia prima del conocimiento.

El saber utiliza el substrato de los conocimientos pero no de una manera

estática sino que los incorpora de una manera dinámica, analiza, interpreta,

relaciona e integra en una red de pensamiento. El hombre que posee una

buena carga de conocimientos recibe el nombre de erudito mientras que al

que dispone de saberes se le debería llamar sabio.

La sabiduría, sin embargo, es otra cosa, es algo más. Es el conocimiento

adquirido con los años, reposado con el tiempo, la cultura, y alambicado

en nuestra experiencia personal para después aplicarlo a la revisión y

enjuiciamiento de los diferentes problemas que nos rodean. Personas

cultas y con conocimientos no tienen por qué ser sabios. Éstos son algo

distintos, pues necesitan de una reflexión personal, de una mirada diferente

al mundo que nos rodea. Es una condición superior que hace al hombre

más sensato en el saber y más justo en lo moral. Por ello la sabiduría no

se queda sólo en el saber sino que tiene, además, una dimensión más

importante, su contenido moral.

No existe sabiduría sin conocimiento, aunque lo contrario si puede ser, pues

para el conocimiento, solo se necesita el estudio y el esfuerzo personal.

La sabiduría necesita además de un proceso de ensimismamiento profundo,

de una manifestación de interiorización reflexiva importante.

El conocimiento sería la impregnación, lo exterior y la sabiduría lo interior,

lo ensimismado, lo reflexionado. Esta nos sirve para hacer una revisión de

nuestra vida, del conocimiento recorrido y del que queda por recorrer,

tomando ejemplo de lo bueno vivido y lo malo rechazado. Con ello lo

porvenir tendrá otro enfoque, otra dimensión, más acorde con nuestro

pensamiento. La sabiduría se alcanza cuando se dobla el recodo del camino

y se lleva la vista atrás.

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El profesor universitario pasa por diferentes etapas. La primera se

caracteriza por el conocimiento. El estudio, el esfuerzo y el trabajo

personal le dotan de un caparazón intelectual protagonizado por los datos

y la interpretación que aporta. En la segunda, la capacidad de estos datos

disminuye dejando paso a la conceptualización reflexiva de los mismos.

Ya no son, estos, tan importantes. La estrella la ocupa ahora el reposo de

los mismos. En la tercera etapa, por fuerza la última, no es tanto el

conocimiento y su conceptualización cómo el aporte de un proyecto

diferente. Un pensamiento basado en la madurez moral de la persona. Si

importante es la transmisión de saberes no es menos primordial, en ésta

época de la vida, el esquema que puede tributar a sus alumnos basado en

un ejemplo moral, en un enfrentamiento ético ante los problemas que se

le presentan. El profesor debe tratar de trasladar a sus discípulos una

respuesta honesta ante las distintas situaciones de la vida. Debe difundir

rayos de esperanza e ilusión ante el trabajo, ante la excelencia, ante el

esfuerzo cimentado en una resolución moral. Es decir transmitir, además

de los saberes, un proyecto moral. Un buen profesor universitario, un

verdadero maestro, es aquél que es un buen posibilitador, un hacedor de

ilusiones, de valores, de proyectos. En su boca y en su trayectoria siempre

deben impregnar estas tres cualidades agavilladas en una sola: la entrega

al que en el futuro será un miembro más de nuestra sociedad y que, con

sus luces y sus sombras, aportará su pensamiento y su ejemplo en la

búsqueda de la felicidad, de la paz y el desarrollo de la humanidad en un

contexto de valores morales hoy tan olvidados.

El conocimiento se obtiene cuando vemos camino por delante, cuando

miramos al horizonte y todavía no hay camino que parar y sí mucho por

recorrer. Aquí se puede recordar las famosas estrofas de Antonio

Machado:

Todo pasa y todo queda

Pero lo nuestro es pasar,

Pasar haciendo caminos,

Caminos sobre la mar.

Nunca perseguí la gloria,

Ni dejar en la memoria

De los hombres mi canción;

Yo amo los mundos sutiles,

 

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Ingrávidos y gentiles

Como pompas de jabón.

Me gusta verlos pintarse

de sol y grana, volar

bajo el cielo azul, temblar

súbitamente y quebrarse...

Nunca perseguí la gloria.

Caminante son tus huellas

el camino y nada más;

Caminante, no hay camino,

se hace camino al andar.

Al andar se hace camino

Y al volver la vista atrás

Se ve la senda que nunca

Se ha de volver a pisar.

Caminante no hay camino

sino estelas en la mar...

Hace algún tiempo en ese lugar

Donde hoy los bosques se visten de espinos

Se oyó la voz de un poeta gritar

Caminante no hay camino,

se hace camino al andar...

Golpe a golpe, verso a verso...

 

Son el conocimiento y la cultura los que nos labran el camino, los que nos

marcan el sendero por el que nuestra vida transcurre. Este sendero es un

continuo fluir por el que avanzamos con pie más o menos seguro, pero

siempre adelante hasta llegar al recodo. Al traspasar este, viene la

sabiduría, la reflexión, el intimismo personal.

Laín Entralgo decía "que en la senectud era necesario, para no ser

socialmente inútil, el proyecto, el recuerdo y la revisión". El primero para

seguir siendo persona, el segundo para estar cierto de que algo hemos sido,

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y el tercero para que el resultado del proyecto sea actual. En este

pensamiento se encierra una filosofía aplastante y positiva. Si el viejo tiene

un proyecto con ilusión, un recuerdo de su vida con prudencia, podría

seguir siendo útil en la sociedad en la que vive.

Aquí es donde se plasmaría la sabiduría para que el anciano pueda seguir

manteniendo activo el proceso de incorporación de conocimiento y su

expresión a través de la boca, proyectándose en los que le rodean. La

persona mayor tiene que tener presentes ilusiones, recuerdos y revisiones,

en un contexto de bagaje cultural y humanístico, dispuesto a enseñar,

transmitir y, por qué no, a partir.

El anciano que tiene la capacidad de sentir asombro y curiosidad sigue

siendo útil y por tanto sabio. Esta capacidad de curiosidad puede llegar a

un límite que no se sobrepase, a una saturación pero siempre pueden

aparecer unas ascuas que incendien el deseo de nuevos conocimientos,

puede brotar el destello de una luz que estimule la vida del anciano. El

hombre que pierde la capacidad de asombrarse y la curiosidad pierde la

vida dijo Simone de Beauvoir. Por ello en el anciano pueden aparecer

espontáneamente destellos de asombro y deseos de saber. La vejez aparece

cuando los recuerdos pesan más que las ilusiones.

La sabiduría se encuentra después de una vida plena y la plenitud de la

vida es patrimonio de la vejez. "Vita est longa si plena est" decía Séneca

y es que la vida del anciano es un conjunto de serenidad, sensatez,

tolerancia, generosidad, comprensión y aceptación lo que es el entramado

necesario para que se incorpore el conocimiento y se llegue a la sabiduría.

El viejo sabio posee la capacidad de enseñar lo que se debe hacer más que

lo que se puede hacer y cómo hacerlo. La sociedad actual, tecnológica y

del poder, camina hacia la imagen, consumo, prestigio, dinero y con ello

pierde su libertad y por tanto su felicidad. Esta sociedad necesita el poder

y la imagen del joven olvidándose del viejo, del Maestro como portador

no solo de transmisión de conocimientos sino también de saberes y

referentes morales. El Maestro, pues, no solo debe transmitir sino también

presentar un proyecto moral.

Pero la sabiduría necesita de la expresión, de la palabra. Es necesario

transmitir el conocimiento, desde la perspectiva de la sabiduría y para

esto nada mejor que la palabra reflexiva y prudente. Los sabios griegos

la utilizaban en el Ateneo, en los paseos, en las tertulias. La retórica, en

su acepción clásica, es el arte del discurso o de la palabra, fraguada en

la plaza pública que era el centro neurálgico de la vida social, política

comercial y cultural de la sociedad griega. Para los griegos la retórica o

el arte de hablar era tan importante que los primeros oradores que se

recuerdan eran de Grecia (Isócrates, Lisias, Licurgo, Demóstenes).

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En nuestros días las famosas tertulias del Café Gijón, Comercial y Café

Pombo donde asistían literatos y humanistas como Agustín de Foxá,

Ramón Gómez de la Serna, Ernesto Giménez Caballero, Díaz Cañabate,

Alfredo Marqueríe, Antonio Machado, y tantos y tantos otros, que con

su palabra nos enseñaron lo que era la cultura y el humanismo,

reflexionando juntos acerca de los diferentes problemas de la vida.

La transmisión de estas culturas helenísticas y precolombinas está hoy

día suplantada por Internet aunque siempre quedará, por la palabra en

las tertulias, la transferencia del conocimiento; y en ello el sabio, el

maestro, puede jugar un protagonismo muy importante. El sabio, el

hombre de Ciencia no aporta el dato en sí, sino que se involucra con

él, con su significado, con el fin que el pensamiento progrese.

Es necesario recuperar la belleza de la palabra a través de la boca,

emular a nuestros clásicos en la conversación para con la estética del

amor obtener la transmisión del fluir de la amistad. "Os he rogado que

vinierais a verme para que tengamos un cambio de impresiones" dijo

Hipócrates a sus invitados. Esto es la tertulia con sus efectos positivos

en el intelecto y en el cuerpo. Sería la relación médico-paciente,

la conversación como medicina. Una buena palabra aplicada en su justo

momento, es más efectiva como arma terapéutica que tantas y tantas

medicinas de nuestra farmacopea actual. La palabra estimula el

contacto psicológico de las personas y esto es así de efectivo tanto en

la relación maestro-discípulo como en la del médico-paciente. La

excelencia de lo bien realizado debe tener su final en lo bien

transmitido.

El sabio cincela la personalidad del discípulo, en él esculpe día a día,

retazos de reflexión y conocimientos. Poco a poco va modelando una

personalidad basada en el intercambio bidireccional entre el maestro y

el discípulo. Al fin y a la postre es un arquitecto del conocimiento, lo

crea, lo innova, lo reflexiona y lo transmite.

 

Quod natura non dat Salmantica non presta.

Si entre los prosélitos no

 

 

hay buen material, imposible será transmitir conocimiento. El maestro

da carta de naturaleza a un simple conocimiento frío y estático para

transformarlo en dinámico, pues el conocimiento que no florece y que

solo impregna las cosas no es vivo ni creativo. Toda transmisión debe

ser dinámica y activa y en ella el sabio es el principal conductor. Es un

escultor que cincela y esculpe la materia con el trabajo, la reflexión, la

búsqueda de la excelencia. Trata de inculcarle una argamasa que le haga

indemne a los avatares de la vida. El conocimiento que se transmite es

aquel capaz de impulsar conocimiento.

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La relación entre el Maestro y el discípulo es un nivel más elevado que el

vínculo entre el profesor y el alumno. El docente que influye

positivamente en el pensar, el sentir y el hacer del discípulo. La amistad

pedagógica que llamaba Platón. El maestro deber ser no sólo fuente de

saberes sino también de ejemplos y valores. En el área de la salud el

Maestro debe transmitir no solo conocimientos clínicos sino

transformarlos en saberes, debe así mismo desarrollar en el discípulo una

interpretación holística de la enfermedad, una concepción antropológica

del hombre y unos sentimientos hacia el enfermo doliente.

Debemos de tener en cuenta, que el maestro no sólo debe entender sino

también, tener generosidad, tolerancia y comprensión, pues generosidad

es dar, tolerar es permitir, comprender es entender y entender es amar. El

profesor conoce, sabe y enseña mientras que el maestro conoce, sabe,

enseña y ama. Es decir, que el plano educativo de éste último es superior

pues hay ya un proyecto moral que es el que vehicula en su diario contacto

con el alumno. El Maestro debe ser capaz de desarrollar en su discípulo

la capacidad de asombro. Asombrado significa attonitus, es decir

golpeado por el trueno. ¿Y no lo fue Fleming al descubrir la penicilina?

Asombrarse requiere transitar despacio, mirar alrededor de uno mismo,

observar los acontecimientos normales de la vida diaria. En una palabra,

pensar, reflexionar y después conversar. Hoy día tenemos la posibilidad

de asombrarnos ante todo, el vuelo de una gaviota, el florecer de una rosa,

el amanecer en el mar del Caribe y el atardecer en una estepa de África.

La expansión del conocimiento entraña el aprendizaje, la exposición a

través de libros, conferencias, etc. y el intercambio de ideas que es donde

la difusión de este conocimiento alcanza su plenitud. La palabra hablada

es en suma el vértice de la pirámide del conocimiento donde el contacto

personal configura un intercambio vivo y dinámico. Atenas fue el centro

del Arte, Ciencia y cultura atrayendo a todos los pensadores dispersos por

el mundo. Allí la cultura se transmitía en un bis a bis, en un enfoque

bidireccional y personal.

Con Internet las fronteras del espacio y el tiempo son traspasadas y la

cantidad de conocimientos generados y transmitidos es mayor, pero no

gozan de la calidad y calidez, porque no decirlo, de la palabra y de la

tertulia. En la palabra y en suma en la boca, que la conforma, toman

cuerpo las expresiones de los pueblos y sus identidades. Con el diálogo y

la conversación se desarrollan las famosas tertulias y así son famosas

aquellas del café Pombo en Madrid en donde en amable discusión se

encontraban Ramón Gómez de la Serna con sus sugerencias, Díaz

Cañabate con su finura dialéctica y Alfredo Marquerie que dotado de un

gran conocimiento dialoga con Agustín de Foxá.

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Con una buena conversación se pueden mitigar gran parte de los problemas

que la humanidad presenta. Solo la lectura, el conocimiento y su emisión

hablada, es decir, la palabra, nos solucionará muchos problemas. Un

cerebro que no puede proyectarse a través de la boca y la palabra será

baldío. "Me niegan el pan y la palabra" dice Blas de Otero como la

expresión más intimista y personal del hombre.

 

Si he perdido la vida, el tiempo, todo

lo que tiré, como un anillo, al agua,

si he perdido la voz en la maleza,

me queda la palabra.

Si he sufrido la sed, el hambre, todo

lo que era mío y resultó ser nada,

si he segado las sombras en silencio,

me queda la palabra.

Si abrí los labios para ver el rostro

puro y terrible de mi patria,

si abrí los labios hasta desgarrármelos,

me queda la palabra

.

 

 

La boca y la palabra también ocupan importante referencias poéticas como

aquellos versos de Pablo Neruda "Me gustas cuando callas porque estas

como ausente, y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca. Parece que los

ojos se te hubieran volado y parece que un beso te cerrara la boca" y más

tarde añade: "Una palabra entonces, una sonrisa bastan". Pero también es

necesario recordar el poema magistral de Miguel Hernandez:

Boca que arrastra mi boca:

boca que me has arrastrado:

boca que vienes de lejos

a iluminarme de rayos.

Alba que das a mis noches

un resplandor rojo y blanco.

 

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Boca poblada de bocas:

pájaro lleno de pájaros.

Canción que vuelve las alas

hacia arriba y hacia abajo.

El labio de arriba el cielo

y la tierra el otro labio.

Beso que rueda en la sombra:

beso que viene rodando

desde el primer cementerio

hasta los últimos astros.

Astro que tiene tu boca

enmudecido y cerrado

hasta que un roce celeste

hace que vibren sus párpados.

Hoy son recuerdos, recuerdos,

 

El verdadero Maestro debe inculcar en sus alumnos la idea de la crítica

constructiva, del movimiento en la Ciencia. Los alumnos deben seguir este

ejemplo. Caminar, siempre caminar hacia adelante, sorteando los

obstáculos, serpenteando caminos, descansando en las lindes del sendero

pero siempre ligero cómo León Felipe cantaba en sus versos:

Ser en la vida romero,

romero sólo que cruza siempre por caminos nuevos.

Ser en la vida romero,

sin más oficio, sin otro nombre y sin pueblo.

Ser en la vida romero, romero..., sólo romero.

Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo,

pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero,

ligero, siempre ligero.

Que no se acostumbre el pie a pisar el mismo suelo,

ni el tablado de la farsa, ni la losa de los templos

para que nunca recemos

como el sacristán los rezos,

ni como el cómico viejo

digamos los versos.

La mano ociosa es quien tiene más fino el tacto en los dedos,

decía el príncipe Hamlet, viendo

cómo cavaba una fosa y cantaba al mismo tiempo

un sepulturero.

No sabiendo los oficios los haremos con respeto.

Para enterrar a los muertos

como debemos

cualquiera sirve, cualquiera... menos un sepulturero.

Un día todos sabemos

hacer justicia. Tan bien como el rey hebreo

la hizo Sancho el escudero

y el villano Pedro Crespo.

Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo.

Pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero,

ligero, siempre ligero.

Sensibles a todo viento

y bajo todos los cielos,

poetas, nunca cantemos

la vida de un mismo pueblo

ni la flor de un solo huerto.

Que sean todos los pueblos

y todos los huertos nuestros

 

Y de esta manera el maestro habrá cumplido con el mandato que recibió

el día que se incorporó a las aulas. Los días habrán pasado, los meses

transcurridos, los años sucedidos pero en el fondo siempre habrá quedado

ese poso de intimismo moral, de ejemplo futuro.

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Alcánzame la copa de tu pena

que quiero mirar su fondo oscuro.

No la bebas de golpe, te lo pido,

tómala despacio y sin apuro

 

Y cuándo el Maestro eche la mirada atrás podrá decir sin faltar a la verdad:

La moneda que en mi alma tengo

es el silencio callado

la mirada triste

el espíritu vacío,

un sencillo gracias

y un hasta pronto.

 

El Maestro hubiera querido otra cosa. Detener el tiempo, parar su curso,

hacer que la historia volviera a su principio. Pero ya es tarde... todo pasó

y pasó.

Que se detenga el tiempo en tu mirada

que los pétalos de la flor se abran en sonoros colores

que el dulce ocaso

al luminoso día de paso,

y que la nube blanquecina se descomponga

en senderos silenciosos

por donde tu amor se deslice

y se detenga y el viento te acaricie el pelo

y tus ojos claros me miren como fruta sazonada

pendiente de la rama

y que tu ausencia sea

la mies que se cimbrea por el viento

y su rumor, el beso que en mis labios

pusiste aquel día

 

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Al final quedarán indelebles, marcadas a sangre y fuego las palabras del

poeta:

Y cuando llegue el día del último viaje,

y esté al partir la nave que nunca ha de tornar

me encontraréis a bordo ligero de equipaje,

casi desnudo, como los hijos de la mar.

 

He dicho

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Género al que pertenece la obra: Periodismo literario
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