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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Martes, 24 de mayo de 2022

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El enfermo de Alzheimer

                                  El enfermo de Alzheimer

                               ANTONIO  BASCONES MARTÍNEZ

 

 Era un día cualquiera de un mes cualquiera, para esta historia digamos que el mes de Junio. A través de la ventana observé las nubes que se arremolinaban en sendos dibujos sobre un cielo claro del verano madrileño. En la calle las gentes iban de un lado a otro, con prisas, sin importarle nada de los que les rodeaba. La soledad era la reina del asfalto. Los coches marchaban rápido, marcando el ritmo frenético de un mundo trepidante. Nadie quería reparar en nadie. Cada uno a lo suyo, sin dar mayor importancia a lo que le rodeaba. En una esquina un ciego vendía los cupones de lotería. En la otra, sin hacer la competencia, un indigente paseaba su miseria ante la indiferencia de los transeúntes. Unos niños jugaban al amparo de las miradas de sus madres, que en alegre cháchara, departían en la puerta del super. Los ejecutivos, con su traje bien planchado, la cartera en el brazo y las gafas de sol, indiferentes al mundo que les rodeaba, imbuidos de una soberbia impelente, caminaban deprisa, cómo si el tiempo se agotase sin haber terminado la faena que tenían que realizar. Era fundamental acudir a esa cita donde finalizaría ese negocio que quedó sin acabar la tarde anterior. En la cena no hubo tiempo de rematarlo y ahora sería un buen momento para ello. Pasaban como si tal cosa al lado del indigente y unos pasos más allá del ciego. Su mundo no podía inmiscuirse en cosas que no les afectaban. Debía dejar que su figura se mantuviera limpia de banalidades y contaminaciones.

 Me volví para ver quién había entrado a la consulta y le vi. Estaba sentado ante mí mesa, con esa mirada extraña, triste, vacía e inmensa en su soledad.  Paseaba su apatía y su desgracia con la desgana que hace que las cosas y las personas resbalen por su mente.  Nada quedaba fijo, todo pasa y pasa, como el tiempo.

En un rincón de la habitación su acompañante estaba sentada esperando el veredicto de la ciencia. Ya sabían de qué iba esta historia, pero una opinión más parece que no ocupa lugar. En este caso, el diagnóstico ya estaba realizado, sólo esperaban una sonrisa diferente a los otros médicos, algo que fuera distinto. Habían paseado su desgracia por muchas habitaciones, en muchos lugares encontraron monotonía; en otros apatía y en los más indiferencia. Pero la ilusión siempre pervive y cualquiera se agarra a un clavo ardiendo y en este caso le recomendaron un médico joven que acababa de abrir su consulta la semana pasada y querían ver como respondía. Su acompañante, la esposa, iba y venía con el fardo humano; desgraciadamente no se podía definir de otra manera, tratando de asimilar la situación desde una perspectiva a caballo entre la realidad y el sentimiento.

 Me dijo que en esta situación se encontraba desde hacía dos años, pero que en las últimas semanas el proceso caminaba mucho más rápido y ella no podía hacerse con la situación. Necesitaba ayuda, los hijos vivían fuera de la ciudad, no tenía más familiares, por lo que tuvo que contratar una persona que le ayudara en sus tareas diarias, ya que ella no se encontraba con fuerzas suficientes para ello. Pero a pesar de todo, quería ocuparse de las visitas a los médicos, de los paseos diarios y del resto de las actividades que podía manejar, tratando siempre de ser ella, mientras pudiera hacerlo, la que se ocupara personalmente. Para el resto ya tenía su ayuda, pero era  alguien que le conoció de esta manera, nunca tuvo contacto con él cuando era una persona conocida, en el culmen del éxito profesional, siempre rodeado de aduladores y tiralevitas. Ahora sólo, olvidado, pasando sus años en el entierro del tiempo y de las personas.

Tenía la enfermedad de Alzheimer y había venido a mi consulta en busca de ayuda.  Y yo sólo podía mirarle pensando que un día no muy lejano fue como yo, que ese día reía y hablaba como yo, que esa persona que un día fue, hoy me lanzaba una mirada triste sin rencor con la que intentaba transmitir lo que una larga explicación no podía.  En esa mirada inmersa en el infinito, se encerraban sentimientos y frustraciones pero era la única comunicación con el mundo exterior.   Quería enviarme con ella sus experiencias vitales y allí me encontraba, frente a frente, intentando descifrar lo que quería decirme.  Era muy difícil. Sus manos denotaban calma, sus movimientos faciales ternura y sus ojos angustia; parecían el movimiento de las aguas procelosas de una tormenta en el océano.  Me levanté de la silla para explorarle y sus ojos siguieron mi movimiento tratando de comprenderlo, pero no hizo nada para impedirlo.  Estaba allí quieto, asiendo con su mano un lápiz que tenía en la mesa.  Le pedí que en una cuartilla escribiera su nombre y sólo respondió con un garabato. Así era su cabeza, un auténtico garabato. Yo no podía interpretar sus pensamientos, en el caso que existieran, ni el garabato que había dibujado en el papel.  Sólo podía mirarle y a través de sus pupilas leer lo que me quería decir.  Por un momento no vi nada, sólo una pupila blanca, como una gran sábana que colgaba de la pared. Sin embargo, poniendo mucha atención, pude leer el mensaje que quería transmitirme.  Quería respuestas a sus preguntas, tranquilidad a sus temores, explicación a sus angustias. No sabía que hacer, ¿cómo podía dar una respuesta a su inquietud? ¿Cómo transmitirle que sólo quería ayudarle? Me levanté despacio, me acerqué y le tomé las manos apretándolas con fuerza.  Me miró fijamente y pude vislumbrar una pequeña luz en su pupila.  Algo me quería decir.  Quizás que no comprendía; quizás que encontró la respuesta a su pregunta; quizás que nunca le habían transmitido nada y que en esa habitación, frente a mí tuvo un atisbo de esperanza.

De nuevo se hizo el silencio, el de los ojos, que el de la boca hace tiempo que ya existía. Volvió a tomar el lápiz, con el que durante ese tiempo había estado jugando y, con sus ojos, me pidió otra cuartilla. En esta ocasión el garabato era más claro, más preciso, menos denso, como si su mente se fuera aclarando poco a poco. Yo comprendí lo que me quería manifestar. Sólo quería que  le devolviera la mirada.

Se levantó despacio, fue a la puerta y antes de traspasar el umbral, se volvió y me lanzó un rictus, que quise entender como un adarme de agradecimiento.  Aquel día, mi paciente, tuvo una pequeña luz en su túnel, una luminaria apareció en su negro cielo. Si muchos actuaran como yo lo hice aquel día, el cielo de la noche de mi paciente estaría tachonado de estrellas.

 

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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