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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Martes, 24 de mayo de 2022

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La emigrante

Es la historia de una joven emigrante que viene, a Madrid, desde Cuba camino a EEUU como asilada política. Las vicisitudes, emociones y problemas se presentan día a dia en su caminar durante cerca de un año en la ciudad de madrid. (no publicada)

 

   

                                                  LA    EMIGRANTE

 

 

                                                         1

 

Era un día cualquiera, de un mes cualquiera, digamos para centrarnos en algo concreto,  que el mes de julio, cuando el avión precedente de La Habana llegaba a la pista en la hora marcada. Por otro lado para el contenido de esta narración daba lo mismo que el mes fuera Julio o Enero. Al poco, asomaba por la puerta de salida la cara de una muchacha, a mitad camino entre el susto y la timidez, agarrando con fuerza no exenta de miedo dos maletas y una bolsa de viaje. Su mirada inquieta, denotaba la angustia de pisar por vez primera un país extraño y diferente del que ella vivía. Había decidido salir de su isla, del país que le vio nacer y abandonar todas las ligaduras que le ataban con su pasado, un tiempo lleno de vicisitudes, negaciones, miedos y abandonos.

 Su vida en la isla, aún a pesar su pertenencia a una familia diferente del estrato general del país, al ser todos universitarios y con puestos de trabajo importantes, estaba plena de sinsabores, envidias, búsquedas y de lo que ellos llamaban como un eufemismo, resolver. Esto significaba en esencia, la necesidad imperiosa de tratar de conseguir algo. Toda la vida giraba hacia lo mismo, hacia la consecución de algo, que de una manera perentoria les obligaba a lanzarse a la calle. Era como la búsqueda de un tesoro, de algo oculto e inmarcesible en sus vidas. Esta palabra era mágica, como taumatúrgica y la empleaban sistemáticamente no sólo en sus actuaciones sino también en sus conversaciones. ¿Has resuelto hoy? Le pregunta una vecina a la otra. Hoy tengo que resolver, le dice un padre a su hijo, mientras le lanza una mirada de tristeza desde la puerta de la calle. Cuando se encuentran dos amigos la primera pregunta es: ¿Dónde vas? Y la contestación rápida es: voy a resolver. Lo que sea, pero eso sí, resolver.

Pues bien, en esas estaba ahora nuestra joven protagonista, en resolver que es lo que hacía, en la puerta de salida de pasajeros con dos maletas y un bolso de mano. Cuando alguien procedente de Cuba se decide por resolver su futuro, saliendo de la isla, abandonando sus lazos y cortando su cordón umbilical, es seguro que tiene alguien que le ayudará cuando llegue a la tierra prometida y Giselle no era una excepción en este caso. En efecto tenía un amigo de su familia, que se había comprometido a ayudarla y orientarla en sus primeros pasos para resolver su situación. Por ello y a través de conversaciones por Skype ya que los correos ordinarios eran tamizados por un filtro especial de la inteligencia cubana, y no era posible escribir algo sin que hubiera alguien que lo leyera y diera parte del contenido—se había citado en el aeropuerto a la hora exacta de llegada del vuelo. Las conversaciones telefónicas tampoco eran posibles hacerlas en total libertad, ya que siempre existía la posibilidad de que alguien desocupado, o más bien ocupado en estas lindezas de escucha, diera parte del contenido de la conversación. Por lo tanto, la única manera de estar a salvo de la privacidad de una conversación o de un escrito, era hacerlo a través de un sistema que no pudiese ser detectado, como es el Skype o el yahoo.

En estas reflexiones estaba nuestra protagonista, cuando divisó a lo lejos una cara amiga, alguien que la sonreía desde la distancia, y eso, en estos momentos, era sumamente de agradecer, porque de no encontrar esta cara amiga, no sabía cómo habría resuelto la situación. Sin embargo, no había necesidad de plantearse otra opción, ya que su contacto estaba allí, y por la sonrisa que se dibujaba en su cara, parecía que se alegraba de su llegada, por lo que al menos en los primeros momentos, la situación parecía aclararse de una manera positiva. Dejó las maletas en el suelo y se abrazó a su salvavidas. Desde el malecón le habían lanzado un neumático atado a una cuerda. Ella pudo asirse fácilmente y ser jalada suavemente a la orilla. Pero bueno, esto era un símil, en realidad ahora se encontraba entre los brazos de su amigo, del amigo de su familia, que le había ido a buscar y que le preguntaba insistentemente como había sido el viaje, si había dormido en el trayecto, si le habían puesto alguna traba en la aduana. En fin, este tipo de preguntas que se hacen todos al encontrarse en el aeropuerto. Ella, no cabía en sí de gozo, pensar que estaba en un país diferente, la tierra prometida de los israelitas, con su amigo allí preguntándole cosas amables, era una situación agradable y estimulante, después de todas las vicisitudes por las que tuvo que pasar para salir.

Ahora todo era nuevo, no sabía a ciencia cierta qué es lo que iba a pasar con su vida, pero estaba decidida a no regresar. Mirar atrás nunca, siempre adelante, como decía la canción adelante comandante, aunque por supuesto en este caso tenía una connotación distinta, este adelante era hacia la libertad, hacia una nueva vida y no hacia el oscurantismo de un gobierno cerrado en su propia incompetencia, de un sistema que se perpetúa gracias al miedo que impone a sus conciudadanos. Así que adelante en otra dirección. La que ya conocía no le gustaba y había decidido no volverla a recorrer. La vida se vive una sola vez y hay que vivirla como se quiere y no cómo te imponen, siempre dentro de los límites de la ética y de la responsabilidad. Pero Giselle, seguía unas normas éticas y no quería regresar a las que le imponía un gobierno denostado a nivel mundial. Por lo tanto allí se encontraba, en el medio de una sala de llegada, con dos maletas y un bolso en el suelo, entre los brazos de un hombre, que le doblaba en edad y saber y, que le había prometido a su familia ayudarla hasta que, poco tiempo después, dos o tres semanas según dijo, tuviera en su mano el visado americano para el viaje a Miami. Allí le esperaba parte de su familia que le ayudaría a que rehiciera su vida en un formato diferente. Este era el panorama que se le presentaba y las reflexiones que se estaba haciendo mientras su amigo-familiar, le apretaba contra su pecho.

Cuando por fin pudo desasirse le contó el viaje, las peripecias de salida, donde un tipo negruzco, grandes bigotes y cara de pocos amigos, le miraba una y otra vez el pasaporte, el visado con las preguntas de rigor ¿Dónde va? ¿Para cuánto tiempo? ¿Qué va a hacer en España? En fin que con tantas preguntas, hubo un momento que pensó que no iba a poder salir. Pero sea por las prisas o porque la documentación estaba en orden, la cuestión es que la puerta de entrada a zona de salida se abrió por encanto y ella la pudo traspasar, no sin cierta dificultad, por las miradas insistentes, que el tipo le estaba haciendo desde la garita donde estaba recluido. Sin embargo— le contaba a su amigo— que su zozobra continuó hasta el momento, en que la azafata decía, que los pasajeros debían abrocharse el cinturón y el avión despegaba. Pero cuando estaba en el aire, Giselle respiró tan profundamente, que el compañero de asiento no se le ocurrió otro comentario, al mismo tiempo que le lanzaba una sonrisa amplia, que decir: ¿respingáis mi señora? Fue como un chiste gracioso que ella no entendió ni en la forma ni en el fondo, por lo que se limitó a mirarle, con una mirada desvaída y sin sentido, que rápidamente desvió a la lontananza, de un cielo pleno de nubes que rodeaban la nave. Sus ojos se cerraron suavemente, pues aunque no estaba cansada físicamente, sí que psicológicamente, estaba muy afectada pues había dejado atrás, toda una vida.

La gente pululaba a su alrededor sin importarle que hubiera llegado con dos maletas, un bolso y una cabeza llena de ilusiones y de algunos pájaros también. Era lógico. No conocía nada de este mundo, cómo se manejaba uno en él, cómo se articulaban los diversos acontecimientos, pero lo que más le llamó la atención, era que nadie se fijaba en ella, ni a nadie le importaba que al llegar, se hubiera encontrado con una persona conocida. Era algo baladí para el resto de las personas, cuando lo más importante allá en su tierra, era conocer a quien había visto, de qué habían hablado y qué es lo que le había contado. Esto sólo podía tener dos acepciones, una de ellas, la curiosidad de todo el mundo para los que pasar desapercibido era algo difícil y la otra, ya peor y en un plano diferente, que este contacto que había tenido pudiera tener importancia política y que debería ser revisado a la luz del resto de las informaciones que sobre esta persona tuvieran. Nada ni nadie debía escapar a las apreciaciones de la superioridad. Por ello, la máxima de que el control debe ser absoluto, era como la biblia, un mensaje de hondo contenido ideológico que servía para perpetuar el sistema.

Mientras duró el abrazo y los segundos que siguieron al mismo, tuvo tiempo de pensar en todo esto y en más cosas, y aunque los meses posteriores fueron capaces de hacerla olvidar muchos de sus temores y preocupaciones, no por eso podrá olvidar los primeros momentos de entrada en un país libre. El tiempo la convenció que aquí no era necesario pensar en estas cosas, había otras más importante que ocupaban los pensamientos de las personas.

—Tienes buena cara, parece que el viaje ha sido cómodo.

—La verdad es que casi todo el tiempo me la pasé durmiendo.

 —Querrás decir me lo pasé durmiendo.

—Bueno eso, me lo pasé, da igual.

Esta corta conversación se estaba celebrando, mientras avanzaban despacio hacia el aparcamiento, que ya para Giselle fue un acontecimiento, por ver tantos coches colocados en diferentes filas. Al mismo tiempo que observaba lo que la rodeaba, marcó el número de teléfono de su casa para informar que había llegado y se había encontrado con su amigo. Todo en orden y de acuerdo a lo programado.

—Tenemos que hablar, es necesario que te cuente la idea que tengo de mi estancia en Madrid.

—Tú dirás, soy todo oídos.

—Según la información que me han dado varias personas que han hecho lo mismo que yo, debo ir a la Embajada de Estados Unidos y pedir un visado por asilo político. De esta manera podré entrar en Miami y contactar con mi familia de allí.

—Esto te llevará bastante tiempo.

—No creas, de acuerdo a mi información no serán más de quince días. Sólo hay que rellenar algunos impresos, por lo que podremos ir mañana si te parece.

—De acuerdo, la embajada está en la calle Serrano y no hay problema ir allá. Ahora te presentaré a una señora, en cuya casa podrás estar una temporada hasta que tengas los papeles en regla y puedas tomar el avión con destino a Miami.

 

 

 

 

 

 

 

                                                      2

 

Para Giselle todo era nuevo, todo diferente, por lo que cada punto debía clasificarlo y ordenarlo de una manera distinta. Era necesario aplicar unas coordenadas diversas en las que no se manejaba con soltura, por lo que era obligado tomar decisiones algo más lentamente que en su país. Allí lo tenía todo controlado, sin embargo, en esta su nueva vida, era necesario que no estuviera controlada, sino más bien que ella fuera la que controlase los acontecimientos y demás circunstancias. Por lo tanto su proceso discursivo al principio, era por fuerza más lento.

Luis, que así se llamaba el amigo de Giselle, la llevó a la casa de la señora, donde viviría esas dos semanas o cómo máximo un mes que fue lo que pagó por adelantado, con otro mes de señal.

La habitación era sencilla y limpia, con un cuarto de baño adosado exclusivamente para ella, lo que en este momento significaba un auténtico lujo comparado con lo que ella estaba acostumbrada. Era un barrio moderno, confortable, con las suficientes comodidades de tiendas, restaurantes y cafeterías, por lo que estas dos semanas o a lo sumo cuatro se le pasarían rápidamente, pensaba ella, mientras transportaba las maletas a su cuarto. Ya ordenaría sus cosas más tarde, ahora era necesario tomar algo.

Al mismo tiempo le presentó una persona que le daría la posibilidad de trabajar en su empresa como secretaria durante el tiempo que estuviera solucionando, resolviendo mejor dicho, los papeles. Era una mujer de unos cuarenta años, muy amable y servicial, que la acogió con mucho cariño y disposición para que el tiempo que estuviera en Madrid fuera de lo más agradable.

Giselle miraba todo con curiosidad tratando de no pensar en lo que había dejado atrás. El restaurante era muy sencillo en contraste con las camareras que se presentaban excesivamente acicaladas y emperifolladas. Su indumentaria no era precisamente de desgaire, lo que daba un tono excesivamente cursi al ambiente. Sin embargo, la comida fue agradable, comentando las vicisitudes de la salida de Cuba y los diferentes avatares para conseguir el visado. Mientras servían la comida Giselle pensaba, en que la mayor parte, por no decir todos, de los ciudadanos de su país, no conocían un restaurante como ese y que serían incapaces hasta de saber utilizar los diferentes vasos y cubiertos que tenían ante sí.

—Pues ya lo sabes, el horario de la oficina es de nueve a nueve de la noche, con una interrupción de dos horas para comer.

—No hay problema, estoy acostumbrada a trabajar y eso no me preocupa. Sólo que necesitaré algún tiempo libre para presentar los papeles de solicitud del visado.

Luis se retiró pronto ya que tenía que trabajar y allí quedaron las dos mujeres, que se acababan de conocer y que a partir de ahora compartirían en el trabajo mucho tiempo juntas.

—Mañana te recojo para ir a la embajada y ver qué es lo que hay que hacer para solicitar el visado —sugirió Luis, mientras se dirigía a la puerta de salida.

—De acuerdo, las nueve puede ser una buena hora ¿te parece?

—Aquí estaré, te haré un llama-cuelga con el móvil.

Un silencio espeso siguió a la salida de Luis, mientras ambas mujeres se dedicaban a observarse, ya que si iban a convivir una temporada, deberían al menos conocerse e intentaban con sus miradas hacerlo en el más corto espacio de tiempo.

Marta, que así se llamaba la jefa de Giselle, se dirigió a su casa, que estaba a la vuelta del restaurante, mientras nuestra emigrante iba a colocar sus cosas en orden y a tomar posesión de su habitación. En una hora quedarían en el portal para ir a la oficina, que aunque no estaba lejos, sí que al menos era necesario tomar el coche para desplazarse allí, aunque a veces iban dando un paseo.

Giselle una vez sola en la habitación, se sentó en el borde de la cama y se puso a pensar en su familia, en si verdaderamente no se había equivocado en su decisión y en si cambiaría de opinión, dado que el visado de estancia en España tenía una duración de un mes y todavía tenía tiempo de pensar en si regresaba, aunque hoy por hoy su decisión era firme y no pensaba traspasar la línea que dividía la libertad del oscurantismo. Esa decisión ya estaba tomada y no había marcha atrás, al menos por el momento pensaba, pues todavía no tenía elementos de juicio que le hicieran cambiar de opinión. Cerró los ojos y se encomendó a Dios, pues era de convicciones muy católicas y de vez en cuando, por no decir siempre, ponía todo su futuro en manos de Dios y si le ocurría tal cosa era porque debía ser así y sino también era, porque no debería ser así. En este momento necesitaba pensar espiritualmente sobre su futuro. Todo lo que le ocurriese a partir de ahora, sería debido a que era un deseo de Dios.

Puso sus cosas en un cierto orden, dentro de sus dos maletas y tomando el bolso se dirigió a la puerta, donde con toda seguridad le esperaba Marta, ya que era la hora en que habían quedado.

 —Vamos a la oficina y te explico cuál será tu trabajo, ya que tengo entendido que manejas bien el ordenador e internet.

—No se me da mal. En mi país era lo que hacía, aunque las posibilidades de trabajo eran mínimas y la mayor parte del tiempo no tenía nada que hacer, pero en síntesis me ocupaba de la recepción de un hotel, con las habitaciones de cada cliente y preparando las facturas a la hora de pagar. También me ocupaba de controlar a los empleados. Bueno era un control de trabajo y de sus actividades, por supuesto no pensarás que era un control político.

—No se me había ocurrido pensarlo.

—No tendría nada de extraño. Allí hay personas que se dedican a controlar a otras, y en los hoteles, donde hay tanta gente que entra y que sale, los controles son más fuertes y frecuentes. No te puedes imaginar nunca quién es el que te está controlando, pero siempre hay uno que lo hace.

—Aquí por el contrario cada uno hace su vida y nadie se mete en ella. En eso sí que estamos bien.

El día era agradable, una temperatura perfecta, ya que los 25 grados se acompañaban de una suave brisa de cuando en cuando. No se notaba aún la fuerza del estío y, sin embargo, estaban en pleno auge del mismo. Giselle, sentada en un sillón, enfrente de la mesa de Marta, se rebulló mientras escuchaba las explicaciones sobre su trabajo. No era nada del otro mundo, simplemente anotar las entradas y salidas, preparar los pedidos y contestar al teléfono, tratando de diferenciar, qué llamadas debería pasar a su jefa y cuáles no. La sagacidad de Giselle se pondría a punto en este asunto, ya que había personas que con sólo manifestar el tema de la entrevista o su nombre, no podía dejarlas marchar sin darles la posibilidad de hablar con Marta y, sin embargo, había otras que por nada del mundo debería darles cuerda tratando con las mejores  palabras de ahuyentarlas. Había que saber desbrozar el trigo de la paja, ésta no interesaba y aquél era importante para la jefa. No se debía desperdiciar, y por supuesto, tratar de no almacenarlo, como si estuviera en un silo, ya que con ello no beneficiaba al negocio. Era necesario darle carrete, es decir darle uso adecuado.

 Mientras recibía estas explicaciones, los rayos de sol de una tarde llena de irisaciones lumínicas traspasaba la ventana y perfilaba en la mesa de trabajo una luz reverberante que incitaba al optimismo y la alegría. Giselle mientras oía sin pestañear las explicaciones, trataba de mantener toda la atención en su superiora, ya que tenía la jerarquía muy asumida desde pequeña y no le costaba trabajo seguir estas directrices. Por supuesto en alguna ocasión era posible que recibiese algún dicterio a través del teléfono, pero ella debía ser taimada, bueno quise decir astuta—decía su jefa que  de vez en cuando utilizaba términos un tanto extraños para ella—. Sin embargo, Giselle asentía de continuo a todo lo que la otra le iba diciendo en amena conversación, que solapaba órdenes muy estrictas para llevar a cabo en el trabajo. Tenía la virtud de esconder un sentido jerárquico y quizás autoritario de su posición en la oficina, pero lo encerraba bajo una tierna prédica pastoral. Escucharla, no era más que la suave lluvia en el pavimento, a pesar de que sus palabras  fueran una borrasca torrencial, prestas a desencadenar un aguacero insoportable.

—Bueno, lo demás lo irás aprendiendo con el tiempo, aunque no sé yo si de acuerdo a tus planes, podrás o no desarrollar todo lo que te he dicho, ya que según te he escuchado piensas irte en unos quince días ¿es así?

—Eso es lo que creo, pero en este momento no sé nada más. Mañana iré a la embajada de Estados Unidos a ver qué me dicen.

—Sólo te ruego que en cuanto sepas algo seguro me lo digas, ya que me gustaría que antes de marcharte prepararas a quién te vaya a sustituir.

Aquella tarde terminó con esta rápida toma de contacto y, como hacía buen tiempo, Giselle decidió volver paseando a su casa, no sin antes pedir a Marta, que le hiciera un croquis del camino que debía recorrer que, de acuerdo a las explicaciones, no sería más de quince minutos. Al salir a la calle, una vaharada de calor le azotó en la cara, lo que le gustó, ya que su cuerpo estaba acostumbrado más al calor tropical que a otra cosa. La gente caminaba sin prisa, nadie se fijaba en ella. No parecía una extraña en la gran ciudad, como si hubiera vivido muchos años caminando siempre por las mismas calles. Su andar era parecido al resto de las personas, no había grandes diferencias. Por lo tanto se sentía una más, aunque hubiera llegado esa misma mañana desde un país tan distinto. Estaba dispuesta a aguantar lo que fuera necesario, hasta conseguir el visado y poderse trasladar a otro país, donde reiniciaría una nueva vida. Esa era su gran ilusión. Allí trataría de convalidar su carrera de Económicas, o en todo caso, hacer una nueva carrera de acuerdo a la normativa académica de ese país.

Las calles en ese momento estaban abarrotadas de gentes que iban de uno a otro lado con paquetes y bolsas. Se veía que la compra era una de las actividades más preciosas y realizadas con más entusiasmo. Al contrario que en su país, en el que los anaqueles y estanterías estaban vacíos de productos, además del alto costo de los mismos. Había que tener en cuenta que un sueldo oscilaba alrededor de unos veinte euros al mes;  un frasco de colonia, podía valer diez o doce euros, lo que a todas luces era imposible de comprar. Pasó cerca de la salida del metro y se quedó mirándolo con cierta envidia, ya que algunas amigas que vivían en España y visitaban su casa en Cuba, le habían contado que bajo tierra había unos grandes trenes que transportaban a las personas de un lado a otro. Que había muchas paradas y que se podía coger el metro en cualquiera de ellas y, o bien directamente o haciendo transbordo, se podía llegar a donde se quisiera.

—¿Me podía indicar la calle Arturo Soria? —le espetó una señora cargada de bolsas.

—Lo siento, acabo de llegar a la ciudad y no me ubico aún.

Al poco tiempo, escasos minutos, llegó a un cruce de calles y miró los letreros, viendo que en uno de ellos ponía exactamente lo que le había preguntado la señora. La próxima vez sabría contestar, pensó para sí, mientras se disponía a cruzar el semáforo, ahora que se había puesto verde para los peatones. Tenía que aprender a convivir sola, a ser autónoma en la manera de realizar las cosas. Al principio era normal que preguntara, pero en cuanto pasaran unos días, debería saber manejarse en el metro y en los autobuses, e incluso tener el valor de entrar en una cafetería a tomar un café o simplemente un sprite. Todo esto vendría con el tiempo, ahora lo fundamental era ir a la embajada a enterarse de los papeles que necesita.

—¿Sabe dónde está la parada del metro? —le preguntó un señor de edad provecta y mirada triste.

—Mire vaya andando en línea recta unos doscientos metros y al otro lado de la calle está la entrada—contestó con orgullo mal contenido. Era su primera prueba de fuego en la gran capital.

Su casa no estaba mucho más lejos y aquél paseo le demostró que sí era capaz de valerse por sí misma, pues si había sabido hacerlo el primer día, qué no sería capaz de hacer cuando llevara dos semanas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                                      3

 

No podía conciliar el sueño, eran tantas las emociones del día que, pensaba, iba a tener insomnio. Al poco rato de entrar en su habitación, recibió la llamada de Luis que quería conocer como se encontraba al terminar el primer día y comentarle que la recogería a las ocho, pues era necesario ir a la embajada a primera hora.

—Me encuentro bien, aunque no sé si por el viaje o por las emociones estoy cansada, pero me parece que voy a tardar en dormirme.

La noche pasó lentamente, atrás quedaban muchas cosas que Giselle fue repasando mentalmente, la familia a la que no sabía cuándo volvería a ver; el trabajo que definitivamente lo había perdido; los amigos a los que tardaría en ver y eso siempre que tuviera la posibilidad en unos años, de entrar a la isla con un pasaporte americano o que el régimen cambiara en sus requisitos de entrada y salida. Todo esto de momento lo veía muy complicado. Sin embargo, allí estaba ella, con la maleta cargada de ilusiones y de contradicciones; con multitud de deseos y negaciones; con búsquedas y encuentros, en fin con una serie de sentimientos que la embargaban y atenazaban, evitando que su ánimo estuviera en un plano de equilibrio. Ese equilibrio que esperaba alcanzar algún día, pero del que hoy por hoy estaba carente. Esperaba que el tiempo y la madurez que adquiriría con las experiencias futuras, pudiese encontrar ese Karma deseado del que había oído hablar en la Universidad.

Las primeras luces la cogieron con los ojos abiertos y la cabeza caliente de tanto dar vueltas a las cosas. Giselle se rebulló como un último recurso, antes de que sonase el despertador y tuviera que levantarse. Prácticamente no había dormido en toda la noche más de media hora, pero estaba contenta de todo lo que había cavilado, de todos sus pensamientos, pues aunque la pena pueda ser el silencio del alma, no por eso puede ser evitada. En ese momento le vino a la mente una frase de William Shakespeare sobre el paso del tiempo y aunque no la  recordaba exactamente, era algo así, como que el tiempo pasa lentamente para los que esperan, rápido para los que tienen miedo, largo para los que se lamentan y corto para los que festejan, pero para los que aman, el tiempo es eternidad. Y ella estaba dispuesta a que el tiempo que pasase en España, sería vivido como una eternidad, por la gran capacidad de amar que estaba dispuesta a desarrollar.

—¿Cómo descansaste? —Le dijo Luis como todo saludo, poniendo en marcha el coche y sin esperar la respuesta continuó —vamos a la embajada.

—Aunque no he dormido nada por el cambio horario —mintió en parte Giselle —no estoy cansada.

—¿Has traído los documentos?

—En esta bolsa llevo los Títulos de la Universidad, los cursos que hice, el visado y todos los papeles que me sirvieron para salir de Cuba.

—Hoy posiblemente sólo podrás ver que impresos tienes que rellenar y que día tienes que volver, pues seguramente te darán una cita para la entrevista y la recepción de la documentación.

Las calles a esa hora estaban con un intenso tráfico a pesar de tratarse del mes de julio, en el que las familias ya empezaban a tomar vacaciones, en especial los colegios que al estar cerrados no circulaban los autobuses con el transporte de los alumnos. Esto generalmente significaba un importante enlentecimiento de la ciudad, generalmente a las horas punta de entrada y salida. Para Giselle este tráfico de coches era algo insólito que le hacía mirar en todas las direcciones tratando de captar todas circunstancias que la rodeaban. Los primeros días, pensaba, serían importante por la aclimatación que iba desde las pequeñas cosas como cruzar una calle, hasta los acontecimientos importantes, cómo era entrar en un gran almacén y ver los escaparates al pasear.

—Ya hemos llegado. Es ese edificio tan grande. Yo te espero aquí, pues seguramente éste trámite te llevará un tiempo. Mientras tanto tomaré un café y leeré el periódico en este café —dijo señalando un Starbucks, que estaba junto al lugar que pudieron aparcar el coche.

Al cabo de una hora larga salió Giselle con varios papeles en la mano además de los que inicialmente traía.

—Me han dicho que debo rellenar estos documentos por internet y mandarlos, al mismo tiempo que volver pasado a mañana a una cita que me han dado para la entrevista y que en ella debo traer impresos los mismos documentos que envío por internet.

—Parece que funciona bastante bien y de una manera ágil.

—¿Sabes lo que tendría que hacer en mi país?

—No tengo ni idea.

—Un día guardar una cola de tres horas para pedir cita. Volver cuando me dijeran, quince días después. Presentar una serie de papeles, algunos de ellos los debería recoger en otro lugar del Ministerio y esperar a que me contestaran dos o tres meses después, para decirme que les faltaba algún documento. Con mucha suerte un año después de la primera cola que hice, tendría la aceptación o la negación de lo que solicitaba. Generalmente era la desestimación de mi demanda.

—Muy sencillo y sobre todo muy práctico.

—Pues la verdad es que sí. Pierdes mucho tiempo, pero eso les da lo mismo. No hay respeto para nada. El hombre y su tiempo no son importantes. Lo fundamental es perpetuar el sistema que se autoabastece en sí mismo.

—Bueno, dejemos eso, que no nos lleva a nada. Ahora te llevaré a Rosales a que veas el funicular. Hay unas vistas muy bonitas de Madrid y te harás una idea bastante aproximada del Palacio Real, de la Almudena, bueno de la Catedral de Madrid, de la Casa de Campo y de muchos lugares pintorescos, cuya vista desde arriba es excitante.

El espectáculo que se presentaba ante Giselle era fastuoso. El sol, a lo lejos, doraba los tejados y los destellos se rompían en luminiscencias que se expandían por doquier. Era verdaderamente una visión cosmogónica, que sólo tenía parangón con el nacimiento de un nuevo mundo, con la aparición de una nueva vida en el universo. Para Giselle todas estas escenas, que pasaban rápidamente, eran como pequeños retazos de un amanecer diferente, de algo que se le presentaba distinto y que entraba en su vida de una manera explosiva y torrencial. Tenía que saber asumir cada segundo que se le presentaba sin inmutarse, sólo con el asombro —pensaba—era suficiente. Saber descubrir el placer en lo más elemental de cada momento, el comer, respirar, caminar, dormir, todo era distinto, y en esa distinción era donde debería saber encontrar la verdadera belleza de las cosas y del tiempo en él que se presentaban. Y ahora tocaba disfrutar de la maravilla de ese funicular y de la mañana tan bonita, cuya temperatura le recordaba su tierra. Sólo eso la temperatura, el resto era diferente.

Luis mientras tanto le iba explicando cada escena de la película que pasaba ante sus ojos, aquello es el palacio real, al lado si miras con detenimiento verás la Catedral. Debajo están los Jardines del moro, donde se daban las fiestas en la época de los Borbones. Estamos llegando a la Casa de Campo, lugar de paseo de los Reyes hace siglos y ahora un sitio donde los madrileños venimos con frecuencia a pasear. Es una maravilla en la primavera, por el color de los árboles y las diferentes tonalidades que van tomando. Así siguió un tiempo explicando todo lo que ocurría a su alrededor ante el silencio y éxtasis  continuo de Giselle.

—Cuando regresemos iremos a ver la Plaza de Oriente y entraremos en la Catedral. Seguramente te gustará el estilo neoclásico de la misma, que contrasta con el del Palacio Real.        

Al salir de estas visitas tomaron el aperitivo en el Café de Oriente y después comieron en un restaurante que estaba en el edificio de la Ópera. Los vistosos muebles, las paredes acolchadas y los suelos alfombrados pusieron la quintaesencia de la visita. Era un despertar incoercible a la vida, a la libertad y a la poesía que encerraban estas paredes y en general todo lo que Giselle había visto hasta ahora.

El primer día estaba transcurriendo con sobresaliente, aunque por supuesto, no todos los días restantes serían igual, las primeras impresiones eran las que marcaban el camino, pero hasta ahora, todo lo que experimentaba quedaba marcado con tinta indeleble en su pensamiento. Algún día, allá a lo lejos, con un mar por medio y muchos años también, recordaría estas vivencias una tras otra, como escenas que transcurrían en la película de su vida y quién sabe, si junto a ella estaría un hijo o un nieto, al que le estaría contando estas cosas. Seguramente, su cara sería de asombro, sin poder comprender en su total magnitud, la importancia de lo que le estaba relatando. Eran otros momentos y otras circunstancias y el tiempo haría que el oyente no tuviera suficientes parámetros para entender el mensaje que estaba recibiendo. Sin embargo, ella lo contaría como si se tratase de algo trascendental.

Esa noche pudo conciliar el sueño algo mejor, aunque no obstante dio suficientes vueltas en la cama y contó ovejas en cantidad de varios rebaños. La madrugada esta vez la cogió en un duermevela, donde a las preguntas que se hacía le sucedían respuestas, muchas de ellas sin sentido, pero que al menos sirvieron para tenerla entretenida durante varias horas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                4

 

Lo mismo que el día anterior y tantos y tantos días posteriores, las primeras luces del alba entraron por las rendijas de su ventana, colándose  la primera brisa del día por el cristal parcialmente cerrado. Era una sensación verdaderamente agradable tener la brisa y la luz, ambas unidas en perfecta compañía, entrando al unísono para despertarla. Al principio no tenían que hacer demasiado esfuerzo ya que el sueño era ligero, pero conforme iban avanzando los días, la profundidad de aquel era cada vez mayor, por lo que la luz y la brisa tenían que reforzar su actuación de una manera más profunda. Sin embargo, siempre entraban en la habitación juntas, nunca una de ellas se adelantaba a la otra, parecía que se pusieran de acuerdo o que quedaran citadas antes de entrar.  Así fueron sucediendo los diferentes despertares y a uno siempre le sucedía el otro de una manera sistemática.

El desayuno lo realizaba en la cocina de su casa, ya que siempre tenía la precaución de tener leche y galletas. No eran demasiados alimentos ya que solía comer en la oficina o bien en casa de su jefa que le había abierto sus puertas de una forma muy generosa.

A los dos días volvió de nuevo a la embajada con los impresos que le habían solicitado y a la entrevista que debería hacer, antes de que su documentación fuera enviada a Estados Unidos. Luis como el día anterior le esperaba en la cafetería leyendo su periódico. Esta vez la cita duró más de lo previsto, pues fue algo menos de tres horas.

 —¿Cómo es que has tardado tanto tiempo? —preguntó incómodamente Luis, con una cara de no muchos amigos.

 —¿Crees que estuve tomando una copa?

—Imagino que no. Tienes que comprender que estar aquí cerca de tres horas no es nada agradable.

—Lo siento. Sabes que yo ahora dependo de muchas personas, una de ellas eres tú.

—Está bien ¿Dónde quieres que vayamos? Es muy pronto todavía.

—No lo sé, dímelo tú que conoces la zona.

—Como hay poca circulación ya que cada vez se está yendo más gente de vacaciones, te voy a dar un paseo por Madrid. Lo haremos en coche de manera que puedas ver todo el trayecto de la calle 30, como se llama ahora. Hasta hace poco se llamaba M30.

—Me parece buena idea, de esta manera tendré

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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