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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Martes, 20 de octubre de 2020

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Nada por aquí (Narrativas, 2011)

Portada del cómic: Daniel Rodríguez

Este relato apareció publicado por vez primera en el nº 21 de la revista narrativas (Abril‒Junio 2011)

 

Y que cada miércoles Isnard tuviese que aguantar, con aquella sonrisa servil y cobarde que ya tuvo tiempo de ensayar una y mil veces durante su divorcio unilateral, la misma broma estúpida por parte de Marino, dueño, recepcionista, barman o maître del hostal, pensión, bar de paso o casa de comidas de mala muerte situado estratégicamente en un desvío de la carretera nacional y en el que ahora Isnard sobrevivía, repartiendo su tiempo entre las idas y venidas al trabajo o al pueblo más cercano, casi cincuenta kilómetros en línea recta, y su habitación alquilada indefinidamente donde Marino, con baño propio, cama dura, armario estrecho, televisión con imágenes intermitentes y una mesa enana en la que hacían equilibrios en forma de columna, tentando la caída e invitando al polvo, todos sus numerosos libros y escasos recuerdos.

Esa broma, ocurrencia de un día que ya venía durando mucho, años quizá, se repetía semanalmente, inclemente y puntual; y la dudosa gracia que pudo tener la primera vez estaba ya de sobra erosionada. De tal abuso ni siquiera hacía reír a la mujer de Marino, su fan número uno y cocinera del local, que se asomaba por el ventanuco que comunicaba la cocina con el comedor y meneaba la cabeza de un lado a otro en dirección a su marido, como desentendiéndose del chiste, como pidiendo perdón a dios y a Isnard por la pesadez de su esposo y la continuidad de sus tonterías.

- Este hombre no tiene remedio - parecía decir con su gesto aquella mujer de pelo rubio, artificial; nunca supo Isnard si por los tintes excesivos o por la grasa perenne que flotaba en su cocina.

Aunque la mujer también tenía que ver con la broma porque la encargada de confeccionar los menús era ella y sólo ella; o lo había sido hacía años, por lo menos veinte, cuando el en su día joven y prometedor matrimonio inauguró el negocio. Desde entonces aquellos menús seguían invariables por comodidad e indiferencia, más que por prestigio entre la clientela: camioneros habituales, turistas de largo recorrido en su parada obligada, solitarios viajeros de paso, gentes de los pueblos cercanos que no gozaban del privilegio de tener en sus lugares un establecimiento como el de Marino, y el propio Isnard, que llegó allí, para quedarse y morir, un día ya olvidado por todos, incluso por él mismo.

- Este conejo ya sí que no sale más de tu chistera, Isnard - repetía siempre Marino a gritos para que todo el mundo le oyera y celebrara lo cómico de su frase con una risotada igual de estridente que la suya.

 Porque los miércoles tocaba conejo, especialidad de la casa, al ajillo y macerado previamente durante largas horas con aceite de oliva, limón y perejil para camuflar trozos sospechosos, viejos de meses. Y como Isnard era mago, entonces Marino, por una vez en su vida, ató rápido los cabos, juntó con esfuerzo las palabras que no acostumbraba a usar con soltura y fabricó una chanza, orgulloso de sí mismo, que Isnard alimentaba por conveniencia, porque le hacían precio de amigo en todo y apenas le molestaban, pidiendo religiosamente a mitad de semana la misma comida: sopa castellana de primero y de segundo el proverbial conejo que nunca más saldría de su chistera.

Aunque bien es cierto que Isnard no tenía chistera. Que él recordara, jamás la tuvo. Hubo un tiempo, breve, obsesivo, malsano y al final, por consecuencia lógica, rencoroso, al menos por parte de los de la cadena, en el que Isnard trabajó en televisión; y allí sí que le insistieron un poco, sin bromas ni sutilezas, en que quizá le convendría usar chistera. Era lo suyo, lo que procedía; y el espectador medio, le decían los directivos, hombres y mujeres trajeados y oliendo siempre a perfumes carísimos que la nariz de Isnard llegó a odiar, más que con la novedad o el talento, con lo que verdaderamente disfruta es con la adecuación: el mago, o el artista de variedades en general, debe ofrecer al público aquello que se espera de él, y no defraudar en las expectativas creadas. Y si los magos usan chistera, pues entonces Isnard debía usarla y punto.

Sin embargo, Isnard se negó en redondo: en su show primaban los juegos de manos, en especial los de cartas, con pases mágicos y frases de manual que garantizan el éxito. No se plegó a lo que le proponían; o lo que él creía que le proponían, ya que aquello resultó no ser una sugerencia sino más bien una manera más amable, quizá sólo menos agresiva, de imponer un criterio, el de la empresa. Por eso, cuando el programa de los sábados por la noche dejó de tener la audiencia suficiente, reglamentaria, los impecables y fragantes directivos de aquella cadena chabacana decidieron prescindir primero del díscolo, del rebelde, de ése que se creía algo, que tenía todo tan claro y no se dejaba aconsejar en su terreno, en su vocación, pues eso era la magia para Isnard, por más que muchos no lo entendieran.  (...)

 

Texto íntegro en nº 21 revista narrativas  http://www.revistanarrativas.com/

Género al que pertenece la obra: Narrativa,Literatura digital
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