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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Viernes, 22 de febrero de 2019

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El secuestro del sabio (2006)

Málaga: Grupo Editorial 33, 2006.

Mi tercer libro de relatos es del 2006. De su Carta al lector, tomo lo siguiente: A mí me gusta escribir cuentos amables, bienintencionados, y no me importa mucho que la vida vaya muchas veces por otros caminos. No se escribe ficción para retratar la vida; se escribe para suplantarla, para olvidarla, para intentar cambiarla, aunque sea con la más candorosa modestia. En cuanto a las tramas o finales felices en la literatura, hay diversos gustos. En el segundo acto de La importancia de llamarse Ernesto, de Óscar Wilde, Cecilia dice claramente que a ella no le gustan las novelas que terminan felizmente, que eso la deprime mucho. En cambio, la Srta. Prism, que había escrito una novela, aunque no llegó a publicarla, aclara que, en ella, los buenos acababan bien y los malos mal. "Eso es lo que quiere decir ficción", añadía. A mí, en la ficción, me gusta que las cosas sean así. Y también me gustaría que fueran así en la realidad.

En la solapa de este libro, se puede leer: El secuestro del sabio narra las sucesivas e implacables deducciones de un físico secuestrado, elaboradas con estricta lógica científica a partir de detalles aparentemente banales, que le llevan a descubrir el lugar exacto de su cautiverio, logrando así su liberación. Dirvashi, El hilo y el laberinto, Investigaciones sobre la memoria y Una foto de amigos se desarrollan en ambientes levemente oníricos, en los que resulta difícil distinguir entre la realidad y una fantasía casi siempre muy cercana al límite de lo posible. El gran Juicio y El solitario remiten a conceptos y sentimientos tan viejos como nuestra propia cultura. Teresa es un tierno y esperanzador apunte social de innegable actualidad. Como es frecuente en otros libros del autor, no podía faltar el humor, que llena los relatos titulados Sesión literaria sobre el planeta de los toros, Historia de un cálculo renal, El muchacho del hacha y Crónica verdadera de los famosos descubrimientos de la Academia de Magnetismo Astragalomántico. En definitiva, literatura amena, escrita siempre con la máxima consideración intelectual para el lector. Se copian ahora las primeras páginas del primer relato:

 

EL SECUESTRO DEL SABIO

Lo importante es no dejar de hacerse preguntas.

Albert Einstein

         Sabía muy bien que el Gobierno jamás podría plegarse al chantaje y no tenía esperanza alguna de una solución feliz a su secuestro. Habían pasado ya ocho días y, aunque no le comunicaban detalles de la marcha de las negociaciones, él conocía el único desenlace posible de las mismas, por lo que sólo cabía confiar en una absolutamente improbable clemencia final de sus secuestradores. La petición, por parte de los negociadores gubernamentales, de una prueba de que estaba vivo -por la que le hicieron una foto con un periódico actual en el quinto día de su secuestro- no era sino una maniobra más, destinada a ganar algún tiempo. En las reuniones que los funcionarios del Servicio de Seguridad Preventiva habían tenido con él y con otros objetivos potenciales, siempre les habían explicado el carácter meramente dilatorio de estas tácticas. Por ello sabía igualmente que en algún momento exigirían también, como requisito para continuar con la negociación, algún modo de comunicación telefónica directa con el prisionero, sin intermediarios. Todo eran maniobras para prolongar el proceso, pero ese contacto telefónico podría representar también una última oportunidad, les habían insistido a todos los interesados, de transmitir alguna señal o información que pudiera conducir a su liberación. Hicieron mucho hincapié en la necesidad de aguzar la observación y el ingenio, sin desistir jamás. Siempre es posible escapar, incluso en las condiciones más adversas. Les habían contado detalles de evasiones famosas e inverosímiles, como las del célebre general francés Giraud, en la primera y segunda guerras mundiales. Hasta les habían leído literatura de ficción sobre tramas ingeniosas urdidas para burlar a los secuestradores, como la de aquel relato en el que la víctima logra comunicarse con su futuro salvador a través de citas y textos de Shakespeare.

El profesor Stevenson era una de las pocas personas -se decía que no más de diez en todo el mundo- que poseía todos los conocimientos necesarios para fabricar una bomba de hidrógeno,  desde  el  principio  hasta  el final. Se  había  previsto  siempre  la posibilidad de un secuestro y se habían tomado las medidas de seguridad aconsejables. Pero algo había fallado y hacía ya ocho días que estaba en poder de los que le habían esperado en su casa, reteniendo como rehenes a su esposa y a su hija. Luego se lo habían llevado y aunque al principio, a pesar del enorme sombrero que le habían obligado a ponerse y que le impedía totalmente la visión, intuyó que le llevaban hacia el puerto en el lago, una llamada telefónica pareció cambiar los planes. Notó entonces que le inyectaban algo en el brazo y sólo se despertó en el sitio en el que estaba ahora desde hacía un tiempo que le parecía eterno. Una sórdida cámara sin ventilación, de altura normal, pero sólo unos noventa centímetros de ancha y unos cuatro metros de larga, en uno de cuyos extremos se hallaba encastrada la camilla en la que dormía y a la que podía acceder sólo saltando desde los pies de la misma. El habitáculo estaba recubierto en todas sus superficies de un material blando y gris, seguramente para insonorizarlo.

En los días transcurridos apenas había hablado con sus guardianes, que eran dos y no habían formado parte del grupo de los secuestradores. Estaba permanentemente reducido en el zulo que le habían destinado, cuya puerta se abría sólo para permitir la entrada de quien le llevara la comida o le recogiera los diferentes desechos. Algunas veces, no todos los días, le daban todo lo necesario para que se lavara. En todas estas ocasiones, el guardián ocupaba prácticamente la abertura de entrada y apenas dejaba ver detalles del espacio exterior al que se abría la puerta. Sin embargo, poco a poco pudo percibir que se trataba de una habitación normal, amplia y con ventanas, quizá dos ventanas, en la que la luz del día parecía venir desde la situada más a la derecha.

La mañana en que le tomaron la foto, con el periódico de ese mismo día bien visible en las manos, le permitieron salir a esa habitación por primera vez. Se trataba, en efecto, de un cuarto normal, amplio y bien iluminado, con una elegante mesa de despacho en un ángulo, un tresillo y una boiserie, una estantería con libros, en la que estaba oculta la puerta de acceso al zulo. Ese día le habían dado el material de aseo y le sentaron en uno de los sillones para fotografiarlo. Pudo apreciar que la estantería estaba totalmente llena de libros, bien ordenados y de aspecto cuidado. Y había efectivamente dos ventanas, una con la persiana subida -a la derecha, según la situación de los libros- por la que entraba a esa hora una luz suave y permitía entrever a través de los visillos un fragmento de cielo limpio, sin otros edificios o árboles, y otra enfrente, con la persiana de madera bajada del todo, en la que se adivinaba el implacable castigo del sol de verano. Cuando, en los días siguientes, le fue permitido permanecer algo más de tiempo en la habitación, a diferentes horas, pero siempre sentado en el mismo sillón y encadenado firmemente a uno de los anclajes ocultos de la boiserie, pudo observar que esa persiana estaba siempre bajada y se percibía constantemente el sol detrás de ella, por lo que dedujo que estaba orientada directamente al mediodía. Además, en la ventana de la derecha, situada en la pared perpendicular a la primera, pronto comprobó que daba el sol a partir de las horas centrales del día, lo que obligaba a bajar parcialmente la persiana para protegerse de una luminosidad demasiado hiriente. En ese sentido, pues, no cabía duda: la habitación hacía esquina, orientada casi exactamente a mediodía y poniente. Como ocurría en otros miles de casas de la ciudad, ya que amplias zonas de la misma tenían una disposición cuadricular, con calles trazadas exactamente en la dirección oeste-este, cruzadas perpendicularmente por otras en dirección norte-sur.

Hasta este momento sólo sabía, pues, que su prisión estaba escondida tras la librería de un despacho bastante lujoso y amplio en el que una de las ventanas estaba constantemente cerrada, quizá porque permitía la observación de algún detalle urbano que no querían que el preso conociera, aunque también podría ser simplemente para protegerse de una luz cegadora en exceso. Desde el sillón, esposada la mano derecha y con una cadena tan corta que apenas le permitía incorporarse, no podía ver nada a través de la otra ventana. También estaba seguro de vivir en una casa de pisos porque incluso desde la insonorizada covacha donde seguía estando la mayor parte del tiempo podía percibir -era más una vibración que un ruido propiamente dicho- los movimientos del ascensor (o de los ascensores), al desplazarse entre los diferentes pisos. No había podido averiguar nada más.

No habría podido aguantar mucho tiempo en aquel confinamiento continuo del estrechísimo zulo, en el que sólo podía andar algo a lo largo del mismo, con las paredes casi rozándole. Su claustrofobia de siempre era lo que más le hacía sufrir, mucho más que las otras penalidades impuestas, y tuvo que hacer un esfuerzo heroico para no perder la calma e intentar golpearse y acabar con todo de una vez. De todas maneras, su aspecto físico, y sobre todo su estado psíquico, con energía apenas para contestar a las muy ocasionales preguntas que le hacían los vigilantes, debió de alarmarles y empezaron a permitirle salir al despacho y pasar algunos ratos sentado en el sillón, mientras ellos leían o charlaban en voz tan baja que no le permitía oír sus palabras. Casi no le hablaron nunca y nunca lo dejaron solo.

Había aire acondicionado y la temperatura en el despacho era agradable. Desde la posición que tenía no veía nada más que la habitación en la que estaban y el cielo a través de la ventana. No le habían quitado el reloj, que era también cronómetro, y estaba siempre observándolo, como por juego. En realidad, trataba de cronometrar la duración de los movimientos del ascensor, cuyo ruido era perfectamente distinguible desde la habitación. Tenía las manos cruzadas y pulsaba disimuladamente los botones correspondientes para evitar que los guardianes supieran lo que estaba haciendo. No sabía muy bien cuál podría ser la utilidad de estas pesquisas suyas, pero estaba seguro de que si sus captores las descubrían, le quitarían inmediatamente el reloj.

La verdad es que se distraía algo con esto y pronto empezó a tener y manejar una serie de datos. No podía escribir en ninguna parte y todos los detalles tenía que guardarlos en la memoria. El desplazamiento más largo del ascensor -que tenía que corresponder a la última planta, o a la última planta habitada, de la casa- duraba 30.8 segundos. Otros movimientos duraban 22.4, 16.8, 14.0 y 8.4 segundos, etc. El ascensor no hacía demasiados viajes, se trataba evidentemente de una casa sin gran tráfico de ocupantes. En una ocasión, un desplazamiento que duró 25.2 segundos fue seguido inmediatamente de la llamada a la puerta del propio piso. Era una visita esperada, sin duda, y ni siquiera le devolvieron a su escondrijo. Uno de los vigilantes salió a abrir, habló brevemente con alguien y volvió a la habitación, sin comentar nada con su compañero. Había tardado algo en volver, el piso tenía que ser muy grande.

Ya sabía algo más: el trayecto de 25.2 segundos de duración es el que llevaba al piso que ocupaban. Nunca había tenido relojes de lujo o de marca porque no le gustaban, pero el que tenía, con capacidad para funcionar como cronómetro, era excelente y de una gran exactitud. En su indagación sobre el ascensor, trató de medir y memorizar todos los tiempos posibles. Todos ellos tenían que ser múltiplos, naturalmente, del tiempo que el ascensor invirtiera en recorrer una sola planta.

Con todos los datos en la cabeza, sin un papel con el que ayudarse, cualquier problema, por sencillo que sea, se hace difícil. Su solución también depende, como en condiciones normales, de la manera de enfocarlo. En este caso concreto, ayuda más la consideración de las diferencias entre los distintos tiempos cronometrados que los tiempos absolutos. Procediendo así, tras unos pocos intentos pudo deducir que el tiempo que empleaba el ascensor en subir o bajar una planta era de 2.8 segundos. Obviamente, todos los tiempos medidos eran múltiplos de 2.8 segundos. No parecía haber tiempo muerto entre el inicio del ruido y el comienzo del movimiento. Por lo tanto, si su hipótesis y los datos eran correctos, tenían que estar en la planta novena del inmueble. Por análogos razonamientos, el piso habitado más alto era el once y parecía que no había nadie en el décimo. Desde luego, jamás oyó el más ligero rumor proveniente del piso de arriba.

Con todo esto, en el fondo, no sabía nada importante y habían pasado ya catorce días de cautividad. Suponiendo que estuviera en lo cierto y que sus deducciones fueran correctas, saber que estaba en el noveno piso de un edificio de once, en una ciudad en la que había decenas de miles de casas que cumplían estas condiciones no era saber nada. Bueno, también sabía que el piso era grande y hacía esquina; en definitiva, nada.

- Si su Gobierno fuera un poco razonable ya habría terminado para todos este suplicio, le dijo un día inesperadamente uno de sus guardianes. Era delgado, de edad madura, estatura regular e iba elegantemente vestido.

Después de tantos días en los que prácticamente no se le había hablado nada, y sólo para darle órdenes, encontrarse con este comentario dirigido a él le resultó tan extraño que no acabó de reconocerse como destinatario ni de comprender que suponía una invitación, o una orden, para contestar. Permaneció callado, desorientado todavía, y entonces el guardián continuó, con una cierta amabilidad.

- ¿Me ha oído, profesor?

- Sí le he oído, perdón ¾contestó finalmente, aún con una cierta vacilación. Luego se decidió a dar su opinión, de la manera más educada:

- Yo creo que, desgraciadamente para mí, el Gobierno no tiene demasiadas alternativas frente a ciertos tipos de problemas. Los responsables lo han declarado ya otras veces en situaciones parecidas y están obligados por sus propias palabras.

- La situaciones nunca son idénticas, profesor, creo yo.

El respeto que notó en la actitud de quien le había dirigido la palabra y una cierta rapidez y seguridad en sus expresiones le hizo pensar al profesor Stevenson que su interlocutor era hombre de alguna cultura, diferente al otro guardián -grande, fuerte y más joven, de andares pesados y lentos-, que parecía de educación mucho más corriente. Esto le animó a insinuar una pregunta no explícita, aunque sospechaba que no iba a obtener ninguna información.

- Quizá lleve Ud. razón. Tenga en cuenta que ni siquiera sé lo que se pretende conmigo.

- Lo que se pretende ahora es que, a cambio de su libertad, su Gobierno termine con el secuestro, aunque ellos lo llamen detención y lo juzguen legal, de alguien que nos interesa. Ud. era quizá la mejor baza para la negociación. Y no puedo contarle más, ya le he dicho demasiado.

 

 

 

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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