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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Jueves, 23 de septiembre de 2021

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Dunamai, la rosa azul del desierto

La rosa azul del del desirto

La flor nacida de la brusca ruptura de un amor

Este pequeño cuento narra la leyenda de la hija de un rey que se enamora de un hombre contra la voluntad de su padre, que a toda costa trata de separarlos y ya no te cuento más. Mucho mejor que leas tú el relato.

DUNAMAI, LA ROSA AZUL DEL DESIERTO

Cuenta la leyenda que en tiempos del rey Salomón, estaba éste un día recibiendo a sus súbditos y recaudando los impuestos y tesoros que le traían desde los más lejanos puntos de sus dominios.

Una larga comitiva de embajadores desfilaba delante de su fastuoso trono, se postraban ante él y le ofrendaban ricos presentes, recibiendo a cambio la bendición y los saludos del rey.

El último de los representantes se arrodilló con gesto humilde y le ofreció una caja de cristal con una hermosa rosa azul en su interior. El rey, confuso, preguntó al embajador, sobre la belleza de la flor y sobre la escasez del tributo.

El interpelado le dijo que su pueblo se hallaba sumido en el dolor, pues habían perdido a su rey en un trágico suceso, y el reino quedaba sin herederos. Aquella rosa rara por su belleza y su perfección era el símbolo viviente de la desgracia de sus gentes que habían decidido ofrecérsela a Salomón, para que este aceptara convertirse en su nuevo rey, y les diera protección, bajo su justo y sabio mandato y les protegiera de los ataques de las belicosas tribus vecinas. Salomón quiso saber cual era la historia de aquella rosa, exótica y misteriosa.

El hombre comenzó a narrar la historia que había sucedido unos años atrás: Su rey un hombre cruel y despiadado, gobernaba el país de forma despótica y autoritaria, había amansado una fortuna, tenía un poderoso ejército, pero su pueblo estaba sumido en la miseria.

Pese a tanto poder el monarca no era feliz, pues a pesar de tener muchas esposas, ninguna de ellas conseguía quedarse embarazada y darle un heredero que le sucediese un día. Preso de desesperación al ver como pasaban los años sin tener descendencia, un día fue a ver a una hechicera, famosa por sus terribles poderes mágicos, y le pidió, fuera cual fuera el precio, un heredero.

La hechicera le dijo que haría un pacto con él y tendría una hija que heredaría el trono, pero que a cambio él debía aceptar una única condición que le sería impuesta el día que naciera su hija. El rey, loco de alegría aceptó, sin reparar en lo que se le podía exigir a cambio.

Al cabo de los meses, su primera mujer tuvo una preciosa niña, a la que llamaron Dunamai, flor del desierto, que era una criatura bella y dulce. Ese mismo día la hechicera le hizo saber al rey que la condición no era otra que la aceptación de su destino fatal: Cuando la princesa Dunamai contrajera matrimonio él moriría.

El rey no tuvo más remedio que aceptar la mala noticia y durante algunos años vivió como si aquel presagio no gravitara sobre su cabeza, pero conforme la princesa iba creciendo, transformándose en una joven de singular belleza, los temores del rey fueron en aumento, hasta llegar al punto de levantarse todas las noches empapado de sudor, preso de horribles pesadillas.

La belleza de la muchacha empezó a atraer a los príncipes de toda la zona que querían conocerla y aspiraban a conquistar su mano... y su trono. Pero el rey estaba ya fuera de sí, viendo que en cualquier momento la princesa podía casarse y desencadenar sobre él la cruel maldición.

Por eso un día mandó encerrar a su hija en un castillo fortaleza en medio del desierto, en un paraje inhóspito, por donde no pasaba nadie, vigilada y atendida por un criado de aspecto fiero y modales rudos. Hizo correr la noticia de que su hija había sido raptada y asesinada por unos bandidos, y el pueblo entero lloró la pérdida de su hermosa princesa.

La princesa, mientras tanto, se tuvo que adaptar a la nueva vida en compañía de su carcelero y guardián, que a pesar de su aspecto, un poco grotesco, la trataba con dulzura, conmovido por la desgracia de la muchacha. Esta mandaba con periodicidad tristes cartas con palomas mensajeras a su padre, pidiendo que la dejara salir de aquel encierro, pero nunca hubo ninguna respuesta de palacio, y los días pasaban viendo como la joven languidecía en su encierro.

El guardián pasaba las horas cuidando un minúsculo huertecillo, situado junto a la única fuente de aquel desolado paraje y rara vez se atrevía a molestar a su princesa, aunque su duro corazón se conmovía ante la crueldad del castigo.

Un buen día, al levantarse la joven encontró en la ventana de su dormitorio una rosa perfumada y un poema de amor. Rápidamente interrogó al criado el cual le dijo que no sabía nada del asunto. Desde aquel día, todas las mañanas la joven encontraba una rosa y un poema, de amor, tierno y delicado en su ventana, pero por más que interrogaba a su guardián, sólo conseguía de éste, comentarios acerca de un misterioso jinete que se acercaba cada noche en silencio.

Decidida a averiguar aquel misterio, una noche fingió que se acostaba, pero permaneció levantada y vigilando. Pasada la media noche escuchó el ruido de una musiquilla en el exterior del castillo. Con mucho cuidado, salió y siguió el rastro de la canción que la encaminaba directamente hacia el huerto de su criado.

Sin hacer ruido, se apostó detrás de un árbol y observó como a la luz de la luna, el guardián de su encierro, entonaba un melodioso canto, al mismo tiempo que escribía los dulces versos que la acompañaban en cada amanecer. Junto al pergamino en que escribía, reposaba una rosa, fresca, hermosa y recién cortada.

La princesa no dijo nada, se retiró confundida y siguió aceptando los presentes de su huésped misterioso, pero desde aquel día su actitud hacia él cambió radicalmente. Empezó a abrirle su corazón, a contarle sus penas, sus dolores, sus fantasías, sus más ardientes secretos, y el fiero guardián empezó a descubrir la parte más vulnerable y tierna de su corazón.

Con los meses la inicial amistad se fue transformando en un sincero e ininterrumpido amor que colmaba de felicidad a los dos únicos habitantes del castillo, y multiplicaba sus momentos de pasión.

Un día el rey empezó a extrañarse, de que las cartas de su hija llegaran cada vez, más de tarde en tarde, con un tono menos triste y lo que para él era más preocupante que no le pidiera ya la vuelta al palacio.

Decidido a averiguar qué era lo que ocurría en el exilio, formó una patrulla con sus más aguerridos soldados y se dirigió hacia la frontera del desierto a la pequeña fortaleza.

Con cautela y sigilo llegaron por la noche, y sin hacer el más mínimo ruido se adentraron en las habitaciones sorprendiendo a la pareja en el momento en que fundían la sangre de sus manos en un ritual de matrimonio en el que se juraban amor y fidelidad eterna.

Fuera de sí el rey mandó arrasar el lugar, destruir el castillo, arrancar el huertecillo y detener al nuevo esposo de su hija. Tomó una enorme espada y se dirigió hacia el hombre para acabar con su vida, pero en el último momento la princesa dando un grito de espanto se liberó del guardia que la sujetaba y se interpuso entra la espada homicida y el cuerpo de su amado recibiendo una cuchillada mortal de necesidad.

El rey no podía creer lo que veía, su hija, su hermosa hija yacía muerta en el suelo rodeada de un enorme charco de sangre y el que hasta ahora había sido su guardián le arrebataba la espada y la alzaba ante sus ojos aterrorizados y descargaba sobre él un golpe tan descomunal que le separó la cabeza del cuerpo de un solo tajo.

Los guardias espantados ante la fuerza de aquel hombre que aullaba como una fiera repartiendo golpes de muerte por doquier, huyeron despavoridos.

Al mañana siguiente el criado guardián recogió el cuerpo de su amada y lo llevó hasta el sitio donde hasta el día anterior había estado su huerto, ahora completamente arrasado, y allí enterró el cadáver de la muchacha.

Durante días y noches, permaneció allí sin moverse, con el pecho oprimido por la ansiedad, regando con sus lágrimas la tierra en que reposaba la mujer que le había dado los años más felices de su vida.

Se volvió loco y musitaba poemas absurdos, bajo la luz de la luna, dejó de comer y de beber y su aspecto se deterioró rápidamente, pero no se apartaba ni un segundo de la tumba, llorando, cantando y esperando el milagro de ver resucitar a su princesa.

Al cabo de unos días sus fuerzas le abandonaron y cayó al suelo, perdió la conciencia del tiempo y del lugar, la fiebre se apoderó de su cuerpo y los buitres en el cielo empezaron a volar en círculos siniestros sobre su cuerpo.

Aquélla noche que sería la última de su vida, tuvo un momento de lucidez, abrió los ojos y vio como entre los terrones de la tumba había crecido un rosal, raro y pequeño, pero en el que se veía, con la pálida luz de la luna, la más bella rosa, que jamás hubiera soñado el mayor artista del mundo.

Una espléndida rosa azul. El hombre alargó la mano, acarició la flor y con sus últimas fuerzas dijo: "Dunamai, mi rosa azul del desierto" y expiró.

Salomón oyó el relato completo del embajador y admirado por la narración y por la belleza de la flor, aceptó el obsequio y prometió protección para su país y justicia para su pueblo.

Otras Obras:

La noche de las hogueras

Iris y el Rey Boabdil de Granada

Dunamai, la rosa azul del desierto

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Género al que pertenece la obra: Narrativa
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