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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Jueves, 23 de septiembre de 2021

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La noche de las hogueras

La Noche de las hogueras

La Noche de las hogueras mágicas

Una pareja de enamorados, creen firmemente que pasarán la noche de San Juan, el uno al lado del otro, en la playa junto a las hogueras mágicas. El problema es que los separan cientos de kilómetros. Pero la fuerza del amor es mayor que la distancia....

 

LA NOCHE DE LAS HOGUERAS

Agotada se dejó caer sobre el sillón, sin dejar de mirar el monitor de su ordenador sobre su escritorio. Era inútil, sabía que él estaba allí, en la habitación, podía sentir su presencia, podía oler el suave aroma de su piel, podía casi vislumbrar sus formas, pero no podía tocarle.

Había pensado que sería más fácil comunicarse con él, pero las palabras sólo expresaban la frialdad de la distancia y los sucesivos textos se almacenaban en su papelera de reciclaje.

Se habían  conocido chateando en internet y poco a poco su amistad había ido creciendo. Ella estudiaba periodismo en Madrid, y él trabajaba como psicólogo en Alicante.

Unos días más tarde se conocieron en persona, pues él vino a un congreso de psicólogos en Madrid. El encuentro real fue mucho mejor de lo esperado y la amistad dio paso al amor. Y ahora era una pasión desbordante que había dejado una profunda huella en sus corazones. Cuando él regresaba a su ciudad, ella le preguntó:

- ¿Nos veremos algún día?

- En la noche de San Juan, si pides un deseo con intensidad, al borde de una de las hogueras mágicas, que se encienden en la playa, ese deseo se hace realidad. Yo pediré estar de nuevo a tu lado y esa noche la pasaremos juntos.

Y ella también quería estar a su lado, pero ya era la noche de San Juan, las hogueras estarían ardiendo y ellos seguían separados. Necesitaba algo más que palabras sutiles, frases encadenadas rítmicamente, cálidos adjetivos para describir su belleza, todo eso se quedaba corto, necesitaba su presencia real y el roce sobre su piel, pero cientos de kilómetros les separaban.

Desanimada movió el ratón sobre la mesa, el cursor con la flechita se movió y se dirigió hacia una esquina del monitor sobre un botón, donde se leía: <<Buscar>> Hizo un clic con el ratón y la flechita se transformó en un reloj de arena y al cabo de unos instantes una lista de nombres y páginas de Internet llenaron la pantalla. Las leyó otra vez intentando ver algo que se le hubiera pasado por alto. Ya estaba llegando al final de la página cuando reparó en algo que había pasado desapercibido hasta aquel momento:

"El conjuro de la noche de las hogueras", decía el título y en la descripción se podía leer: "Haz realidad tus más ocultos deseos en la noche de las hogueras. Sólo necesitas proponérteloAlarga la mano y entra ahora en la página de las hogueras mágicas".

Hizo un nuevo clic con el ratón y ante sus ojos apareció una página web, con todo el fondo en negro, y abundantes dibujos enigmáticos de color rojo, alrededor de grandes hogueras diseminadas sobre una playa.

Leyó algunos de los apartados y uno le llamó poderosamente la atención: "Viaja junto a tu alma gemela por muy lejos que esté". Un nuevo clic y esta vez apareció una ventana donde se le invitaba a poner su nombre de usuario, debajo junto a un misterioso dibujo, se leía una frase: <<"Desde el Inicio te guiaran los hados">>.

Inicio, los hados, parecía una especie de pista sobre alguna palabra mágica que se utilizaba para acceder a ese poder de traslación. Inicio, hados, inicio, hados, iniciados. Los iniciados  eran las personas que ingresaban en una secta y debían recorrer un camino y superar unas pruebas para obtener algún beneficio mágico o algún poder oculto.

Escribió <<Iniciados>> pero solo pudo leer: Nombre de usuario incorrecto. El usuario, en singular, probó de nuevo ahora con <<Iniciado>> Ahora la pantalla parpadeó y apareció una nueva ventana que le indicaba que escribiera la clave, y también en este caso había una especie de pista: <<"Está al comienzo de la felicidad, el don de poder llegar al otro lado">>

Esto parecía complicado, había que llegar al otro lado, pero para llegar hacia falta un don, algo que no se puede adquirir, algo que se tiene o no se tiene, como la creencia en Dios o en el demonio. Y el don estaba al comienzo de la felicidad, la felicidad, la fe. La fe era el don misterioso, sin el que no se podía realizar este viaje mágico, para reunirse con la persona amada.

Pero ella tenía fe, mucha fe, todos la tachaban de lunática porque creía en las historias más peregrinas. Escribió <<FE>> y pulso la tecla de Intro. La pantalla cambió nuevamente y esta vez sobre un fondo verde, escrito con una letra de aspecto gótico, se describían los pasos que había que seguir para realizar el misterioso viaje:

"Todo esto debe hacerse en la  media noche del día de San Juan: Extiende una sábana blanca sobre el suelo, en la oscuridad de la noche, con la única luz de la luna llena, alumbrando tu alma.  Coloca cuatro velas encendidas sobre las esquinas de la sábana. Coge un cuchillo y haz un corte en la palma de tu mano que divida la línea del amor en dos partes iguales: dos partes, dos amantes, separados por un hilo de sangre.  Con la sangre de tu palma dibuja una cruz sobre tu pecho y tiéndete desnuda de cuerpo y de prejuicios sobre la sábana, boca arriba. Cierra los ojos y piensa en la persona con la que quieres reunirte, pronuncia su nombre en voz baja, como en un susurro una y otra vez.  Deja que su imagen inunde tu retina. Siente su presencia, nota como todo el vello de tu cuerpo se eriza presintiendo su proximidad. Tiembla de deseo, como sólo puede estremecerse un amante fervoroso, siente ya su piel cerca de la tuya. El ser amado está ahí, junto a tu lado, y sólo hace falta que él piense en ti y que te desee con las mismas fuerzas en el mismo momento."

Repitió todo el proceso, convencida de que algo iba a pasar. No sabía muy bien qué, pero comprendía que si alguien podía tener la fe suficiente para atravesar mares y océanos, ésa era ella, porque su deseo iba parejo a la ciega convicción de sentir su presencia.

Necesitaba creer para sentirle. Empezó a susurrar su nombre  en voz baja, lentamente, intentando recrear su rostro, dibujar sus facciones en el interior de su mente. El susurro del nombre era un zumbido en sus oídos, que se agigantaba por momentos, y le parecía como si ahora la sábana no estuviera apoyada en el suelo, era como si se elevara por las nubes y viajara a través de la noche hacia el firmamento.

Veía sus ojos enormes, y mil centellas pasaban a su lado intentando palidecer el brillo de su mirada, y el zumbido era cada vez mayor. Era ya un ruido atronador, y sentía las bofetadas del viento sobre su cuerpo desnudo, y notaba como a su alrededor estallaban mil soles, con fulgurantes resplandores que le cegaban.

El cielo entero era un enorme escenario de fuegos artificiales, resplandores, estallidos, luminosidad y la certeza inequívoca de que él estaba ahí, cada vez más cerca. Y entonces, los diminutos puntos luminosos se fueron haciendo cada vez más grandes, y el zumbido se fue transformando en el murmullo de las olas al romper sobre la playa. Los puntos eran hogueras encendidas en la noche mágica, sobre una playa sólo iluminada por la luna.

Ahora podía ver las llamaradas de las hogueras, unas grandes en todo su apogeo, otras más pequeñas donde sólo las ascuas aportaban una débil llamita a la iluminación de la noche, otras medianas, y alrededor de cada una de ellas, se recortaban las siluetas de algunas personas que celebraban con gozo y fe aquella noche mágica.

Junto a ella, había una hoguera apartada, en un borde de la playa. Al otro lado de las ascuas, se dibujaba la figura tantas veces soñada, allí estaba él, con el cabello alborotado, mecido por la brisa marina, dulce y misterioso, como el mar y como la noche misma, mirándola fijamente y extendiendo hacia ella sus brazos.

- Te estaba esperando - la dijo - Sabía que vendrías.

Se levantó y fue hacia él, desnuda, y atravesó con gesto decidido las ascuas que les separaban.

- Si tu deseo era sólo la mitad del mío, tenía que venir de todas formas.

Ella le tomó la cara entre sus manos y le clavó sus ojos inmensos como todo un firmamento y le besó en los labios con dulzura.

- Eres tan hermoso que tu belleza me ha dolido en el alma durante estos meses.

- Mi hermosura es solo el reflejo de tu cuerpo en estas hogueras mágicas que nos han juntado.

Se abrazaron en silencio, en medio de la playa, con el rumor de las olas como fondo musical de su iniciado romance. Fueron paseando agarrados de la mano por el borde de la playa, sintiendo como el oleaje, encadenaba sus tobillos con anillos de espuma.

Cuando llegaron al final de la playa, lejos ya de las hogueras y de los celebrantes nocturnos, se arrodillaron sobre la arena, y extendieron la sábana que aún conservaban, colocaron los restos de las velas y encendieron sus cuatro puntos cardinales.

Se tumbaron sobre la fresca blancura, y se acariciaron sin prisa, aquella era su noche, y querían disfrutar todos los segundos, como si fueran el preludio del amanecer y de la última caricia. Sus labios descubrieron su rara habilidad para acoplarse como dos piezas que encajan a la perfección, y su piel se estremecía bajos las caricias lentas.

Sus lenguas se enzarzaban húmedas y calientes, los suspiros eran palabras de amor, las manos intérpretes mudos de una escena soñada mil veces. Él recorrió la curva de sus pechos, primero con la mirada ardiente, luego con las manos ansiosas, finalmente con la boca ávida y ella acariciaba su pelo alborotado por la brisa.

Era como una diosa, esculpida en la arena, como una Venus surgida de las espumas y ungida por el deseo. Sus cuerpos desnudos dibujaban sombras chinescas sobre la sábana, se abrazaban y se besaban con admiración. Cada uno escrutaba, disfrutaba y exploraba el cuerpo del otro, desde la cabeza a los pies, hasta que la piel dejó de ser un misterio para los dos y se sabían cada centímetro a fuerza de haberlo besado y acariciado cientos de veces.

Cuando él hundió la cabeza entre sus muslos, ella sintió que el mundo entero se desmoronaba, dejó que sus dedos jugaran entre sus cabellos y se dejó llevar por las oleadas de placer que la invadían rítmicamente. Luego se incorporó  levemente y le tumbó a él boca arriba y se sentó a horcajadas sobre sus muslos.

El largo cabello caía como una cascada por donde se filtraba la luz de la luna, estaba radiante, inclinada sobre él, la punta de sus senos, apenas rozando el vello de su pecho. Sus labios se buscaban, se encontraban y se separaban.

El marco era incomparable, el mar, la noche, la luna, las olas, y ellos dos, hermosos, desnudos, amándose con ternura, con deseo, con pasión, con toda una amalgama de sentimientos que cubría el amplio espectro del arco iris de la sensibilidad humana. Y ellos disfrutaban todos y cada uno de esos matices, porque pasaban de la dulzura al descontrol, de la adoración a la fiereza.

Hicieron el amor con adoración, estremeciéndose  de placer conforme los dos cuerpos se acoplaban formando una sola carne, y luego fue el murmullo de la brisa, el suave vaivén de las olas, el que marcaba el ritmo de su amor.

Se abandonaron por completo a sus sensaciones, no era necesario estar pendiente del cuerpo del otro, la compenetración era tal, que podían centrarse en cada roce, en cada caricia, en cada embestida, sabiendo que el otro estaba sintiendo lo mismo. No era necesario estar pendiente del ritmo ni de la intensidad, porque los dos escuchaban la misma música, interpretaban la misma melodía, y sus cuerpos vibraban como violines dirigidos por la sabia batuta de su instinto.

La respiración de ella se había ido acelerando y los gemidos y suspiros salían de su boca. Él sintió como una ola gigante nacía de sus entrañas y ascendía para romper dentro del cuerpo de su amada.

Se apretaron el uno contra el otro, las uñas de ella se clavaban en su carne, sus bocas saboreaban un éxtasis, que escapaba de la comprensión de los sentidos, un sentimiento de placer y de unión mágico y sobrenatural, como mágica era la noche y mágicos las luces de las hogueras que se consumían a lo lejos.

Ella se derrumbó sobre su pecho y le besaba la frente y los ojos con ternura, él la acariciaba y alisaba la larga cabellera que la llegaba casi hasta la cintura, y durante unos instantes la luna se conmovió y envidió el amor que irradiaba la pareja.

Estuvieron así toda la noche, amándose sin cesar, una y otra vez, porque extraían de su amor energías renovadas para empezar de nuevo, y al final los primeros rayos del sol les sorprendieron dormidos y abrazados sobre su blanca sábana.

Ella se levantó confundida de la cama, todo le había parecido tan real, que estaba segura que no había sido un sueño. Sin embargo, ya no estaba en la playa. Se encontraba de nuevo en su habitación, el ordenador estaba encendido sobre su escritorio.

Ya era de día y se debía haber quedado dormida en algún momento de la noche, pero no recordaba cómo ni cuándo se había acostado. Se dirigió tambaleándose de sueño hacia el cuarto de baño y se alisó el pelo desordenado y al hacerlo minúsculos granos de arena se pegaron a sus dedos.

Abrió el grifo y se lavó las manos, pero al sentir el frío cuchillo del agua, un grito escapó de su boca, se miró la palma de la mano y vio una pequeña herida, muy reciente, que le dividía la línea del amor en dos partes iguales: ella en un lado, él al otro, separados por una delgada línea roja, separados por las ya agonizantes ascuas de las hogueras.

 

Otras Obras:

La noche de las hogueras

Iris y el Rey Boabdil de Granada

Dunamai, la rosa azul del desierto

El mejor psicólogo de Madrid

Género al que pertenece la obra: Literatura digital
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