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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Domingo, 16 de mayo de 2021

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La prosa del mundo (2007)

Madrid, Visor, 2007

LA PROSA DEL MUNDO, expresión con la que Hegel aludió a la vida, es un libro de poemas en prosa: O sea, poemas con ritmos nuevos - importa mucho el ritmo - y un punto de narratividad. El poema abre así las alas de su complejidad: Canta y cuenta.
Luís Antonio de Villena, de amplia y muy reconocida carrera poética, quiere expresar en estos poemas voces varias y sones contrapuestos: historia, realidad, sueño, cotidianidad, delirio, quizá lo que la vida es ahora mismo, desacorde mezcla de ruidos y melodías, predominando lo cruel y lo injusto. Aunque siga existiendo la salvación del arte y la belleza. 

 

Familia

No podría compararme a ti. Aquella infancia terrible bajo los bombardeos y el atroz sinsentido de la guerra, aquella misérrima villa asediada, te llenaron de fuerza y de optimismo, es cierto, empujaron cruelmente tu vida hacia arriba, como el potente surtidor de un géiser, y aprendiste a luchar, a sobrevivir, a valerte espléndidamente por ti misma, resistiendo como un parapeto de roca viva. Supiste el valor de lo alto, lo singular de la escalada, y de aquel trágico mundo espantable y acre, derivaste, mamá, la excelencia del no caer, de no dejarte apartar, de jugar todas las cartas, pero tan sólo a los números potentes. Has sido una sólida roca de hierro y oro, y apenas la edad te ha hecho mella. No supiste lo que era retroceder ni temblar. Nunca te dio miedo la vida, y alguien mezcló en ti coraje indómito y elegancia. Yo resisto mal, carezco de empuje, y un extraño sortilegio me volvió solar hijo del pesimismo. Una educación aristocrática: ningún esfuerzo vale la pena, el medrador es miserable, y nada que no sea intrínsecamente tuyo vale el puño, la batida, cohorte de tunantes. Más que roca, me sé sangre tibia y débil, su manar pausado por el labio. Poseo un alma tísica y no sé resistir. La lucha por la vida, que en ti fue nobleza, yo la vuelvo oficio de malevos. Y más que hacer, deseo contemplar haciendo como el orientalista. Pensando -ay de mi- que el lujo se hereda (el lujo del alma) y no se pelea, como un dios con la pitón vulgar. No resistiré muchos embates, ni tengo trapío de batalla. Los daños del corazón -quién lo diría- arañan más hondo que los bombardeos franquistas. No sé luchar ni sé creer. Tiemblo, anhelo, espero y soy desesperanza. Tú supiste alargar la mano, con toda la inmensa tensión del músculo.
No has conocido otra derrota que el tiempo, tan común. Yo dudo (y siempre dudé) de cualquier victoria. No valgo. Soy menesteroso, donde tú abundante. Soy noche, donde tú alba. Gato donde águila tú. Mis palacios son ocaso, los tuyos eran fulgor de cabalgadas en coraje. No llegaré a tu orilla. Desvalido, no sé ayudarte. Roca mía, ola gigante, raíz de alegría. No te alarme saber que sólo poseo cuando me es ofrecido. Amo el fulgor. Y me da miedo alcanzarlo. Miedo es mi voz. Vuelo la tuya. No aguantaré tanto. Saber caer quizá valga (de otro modo) tu temple, tu amor, tu valentía. Saber caer: ya sé, no lo has oído.

 

 

 

La Gaviota

Al despertarse súbitamente, en medio de la noche, sintió la presencia de Antón Pávlovich. Silencioso le preguntó: ¿por qué soñabas eso? ¿Eso? Una inmensa llanura, azotada por la nieve (una nieve resplandeciente) en la que se perdían caballos y jinetes, escitas, tártaros, cosacos, en medio de la vasta oscuridad nevada, como si no existiera nada más que un viaje hacia delante, sólo ese viaje interminable, bajo las fulgentes, magníficas ventiscas de nieve...

*   *    *

El viejo poeta (oías detrás, en el cuarto pequeño, la voz fina y estridente de la diminuta hermana, charlando con las amigas, la hora del moscatel) me dijo: Soñé en la muerte.
No, no era nada espantoso. Sólo -digámoslo así- era muy largo. Yo iba sentado en un avión. Muy confortablemente. Y me dormía, o me quedaba mejor en un entresueño... Las nubes se hacían y deshacían debajo. Llovía a ratos, con metálico estridor. Y al fondo, siempre alumbraba muy tenue un sol crepuscular, carmesí, sanguíneo... Entonces tuve la sensación de que aquel trayecto no tendría fin nunca. Sería infinito, casi eterno, en la bienandanza de lo nunca alcanzable. Y me pregunté (sí, eso fue de veras lo que me pregunté): ¿Dónde están las almas de los muertos? ¿Por qué no veo yo a todos los muertos?

*   *   *

Benévolo y triste, hay un atardecer eterno. Desde el jardín, pensamos que dura un rato (según la estación) pero dura siempre. Se van, nos vamos, se desdibujan, se deshacen, los árboles, el regato, la niebla, los alerces... Querido Antón, todo se va. Lo que hicimos, lo que quedó a medias, la voluntad, el hueso, la bruma, el rubí del broche perdido...
Somos tiempo y el tiempo es un castigo. Muy pronto no existirá este jardín, ni la finca tampoco, ni la morera que el poeta creyó cubierta de oro...¿Sabe lo único que perdurará? La nieve y la noche. La inmensa llanura con el sol más poniente, siempre más poniente, cruzada por silenciosos jinetes, que son guerreros escitas, soldados del zar, fusileros  cosacos, tártaros cubiertos de gastadas pieles... El té se habrá quedado frío, Antonsha. ¿Sabe? Bueno, por supuesto que lo sabe (¿ve qué hermoso atardecer?) esos jinetes, cualquiera de esos solitarios y remotos jinetes, somos nosotros. Siempre nosotros, querido, y no alcanzamos a oír qué dicen. Si es que algo dijesen... A mi entender son todos mudos. ¿Le sirvo?

 

 

 

Rómulo Augustulo

Querido maestro: Sobre él poco sé decirle. Acaso sea Nadie como casi todos nosotros, fantasmas de fantasmas. Y la vaga idea de lo mucho que pudo ser, de un reino que ni sé si llegó a imaginar, se le diluye en sueños y en catástrofes, en días de paz y moradas raspaduras de incendio. Aquí en la torre de Nápoles contempla a menudo el mar, como si su mudanza fuera lo único continuado cierto. Y tal vez sea verdad. Los que viajan cuentan de muertos y calamidades, arcos rotos entre escoria en los que viven manadas de perros con hambre. Algunos afirman que existe alguna villa remota en Sicilia donde no saben nada o intentan no saberlo. ¿Saber? Que nada queda de lo que fuimos y que las bibliotecas y los hombres cuerdos hablan a necios, ciegos o sordos. El oro brilla sin pulir pues no se estima el pulimento, sino el lingote. Los jefes se tratan como filibusteros y todos maldicen de todos. Si hay Averno no dará abasto para tanta sanguinaria calaña. El más noble es el más cruel, el más feliz el más servil. Un cuello no vale nada y tampoco una mente. Los templos yacen saqueados y las estatuas cubiertas de grafitos vulgares u obscenos. ¿Ovidio? ¿Qué malparido es ese?, gritan quienes trafican con todo al fondo de la taberna. Sucio el mundo y sucia la vida, también las paredes están sucias como el mar y el aire, prietos de incendios y degollina. ¿Esto es el mundo? ¿Esta bazofia, esta cochiquera, este burdel sin belleza, donde todo es horror y ruido, y a unos salvajes suceden otros más áridos y peores, más ineptos y con la voz más alta y más rota? Maestro, incluso en las almenas de un castillo de olvido es arduo seguir. Nadie entiende lo que hablamos. Él sabe quien es. Quizá recuerde el día en que Orestes, su padre, le sentó en un trono de oro, junto a las viejas águilas y con el calzado bordado de pequeñas perlas. Recuerda que una mujer anciana alabó entonces su delicada belleza mientras los hérulos reían por lo bajo. Sabe que perdió el mundo como todos y que ya no es un muchacho, ni mucho menos. Lleva su propia moneda en un saquito, y a veces me dice, cuando le leo viejas historias a la luz de los candiles: ¿Esto es el mundo, Otón? ¿Esto la vida, el reino, el placer, la ceniza? ¿Para qué habré venido? Y yo no sé responder. No conozco otra respuesta que el sol y la marina. Pero sé que no bastan ni a él, ni para mí siquiera. El desconsuelo es el íntimo hábito de los que no existimos.
El año 476 e incluso este opaco 511 se repetirán y repetirán toda la vida. Fantasmas entre desconchadas piedras. Fantasmas. ¿Para qué habré venido?


 

Género al que pertenece la obra: Poesía
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