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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Domingo, 16 de mayo de 2021

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Las herejías privadas (2001)

Barcelona, Tusquets, 2001.

Poeta de tonos clásicos, Villena vuelve en esta ocasión su mirada hacia el lado oscuro de la niñez, hacia aquellos años negros («negro el color de la vida»), de mujeres enlutadas. De la mano del tímido niño-adulto que era entonces, Villena recorre esa herética infancia, punteada de notas coloristas, para rescatar escenas y figuras, y así reconciliarse con aquella criatura incomprendida, que creció en una época inmisericorde con aquellos que ya sentían su diferencia y eran «extraños» a los ojos del mundo. En efecto, en esa atmósfera sofocante, la caída infantil más tonta no es sino un augurio de todas las «caídas» que seguirán; no en vano Villena cierra el libro, entre otras citas, con la siguiente reflexión de Freud: «El daño que sufre el yo bajo el efecto de sus primeras vivencias puede parecernos desmesurado».

 

En estas memorias en clave poética, sinceras hasta lo impúdico, duras y a la par compasivas, las herejías privadas van bosquejando a ese niño que, cuando juega «a los romanos», es un cónsul allá en las últimas fronteras del Imperio, muy solo y muy lejos.

 

 

Ni memoria ni olvido

Yo quise olvidar, estoy seguro. Incluso
aceleré tanto los caballos lujosos de mi vida
que pude haber llegado más allá del olvido.
Pero si hay arte en olvidar, cuando el recuerdo
vuelve, no como nostalgia sino cual boca viva,
también ha de haber arte en no sucumbir
a esa trepidación de odio, tristeza y futuro
que es el recuerdo no deseado, aquel garfio
que resultó, a la postre, más potente que la fantasía.
Quise olvidar. Quise tapar al niño negro que fui,
a esas tardes tan tristes, a los días violentos,
al extraño odio de unos camaradas de piedra...
Quise habitar un palacio de olvido. Y no pude.
Afortunadamente, dioses, no he podido. Pues si
es un arte olvidar, también lo es (y terrible)
volver virgen a morder aquella fruta podrida.

 

Epílogo

Alguna vez lo ascendiste todo en exceso.
(Y es bueno que muchas cosas sigan siempre elevadas...)
Ahora no debieras, con similar error, bajarlo en demasía.
La desdicha no es pobreza
y una clase pulcra nunca rozó el lumpen.
No te vistas con adornos contrarios.
Hubo un barrio y existieron los años de 1950.
Pero a ti te traían regalos los Magos de Oriente.
Viviste - allá - un paraíso pequeño...
Luego aprendiste, después, a caminar los palacios.
No, no fuiste un rey. Tampoco un mendigo.
Pero el daño es otra cosa, sí. El daño es un río
más sucio y más hondo, pestilente...
Sólo la sociedad está enferma.

 

Género al que pertenece la obra: Poesía
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