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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Domingo, 16 de mayo de 2021

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Afrodita mercenaria (1998)

Santander, Árgoma, 1998. 

"Afrodita mercenaria" es una antología temática que recoge, hasta el año de su publicación, una serie de poemas sobre el "amor mercenario" donde se incluyen algunos inéditos. Aquí tienes la posibilidad de leer dos de ellos.

 

Magia en verano

(1976)

Me recreo ante tu cuerpo como ante un paisaje
imprevisto. Me sorprende verte en la desnudez juvenil,
y ansío recorrerlo, como una anhelada geografía.
Me ves pensando en la umbría vegetal de algunas
grutas, o en el agua del muslo donde brillan las venas.
Me perderé en un bosque que cruzo con mis manos,
y pediré una larga estepa donde los labios hablen.
Me ves sorprendido, anonadado, pensando en habitarte.
Y tú, mientras, te abandonas al cálido primor del aire.
Te dejas en la luz, que te navega; y si miro tus ojos
vuelvo al jardín oscuro donde es verano el verde.
Te miro otra vez y casi no te creo posible. Fulges,
encantas, guarda tu cuerpo el hechizo insabido de la tierra.
Y despacio sonríes al irme yo acercando, atónito,
hacia ti mientras el sol nos cubre con su luz, nos desdibuja,
y nos va metiendo en la calma inmensa y rubia de la tarde.

 

Crónica general de Don Enrique IV de Castilla

(1993) Solía el rey internarse en los bosques, solitario.
No le gustaba que matasen animales salvajes.
Es posible que buscase primitivismo, hordas agrestes
bañándose en los ríos del otoño, brama de amor,
un reino de compañeros que afilan a fuego el hacha...
Todo canto triste le daba deleite, narra otro cronista.
Era un hombre triste, tristemente feliz en su tristeza.
Hundirse en la tristeza era dolor, pero placer
ir excavando el yo, mirando más abajo,
viendo facetas impensadas de la sensibilidad
y de la inteligencia... No amaba a personas reales,
buscaba pueblo, campesinos, putas, alegres vitalismos
de cuando el cuerpo es materia de la vida...
Le gustaban los salones moriscos, y la compañía
de moros, lo que atraía la ira del obispo,
que lanzaba truenos e hipotéticas excomuniones...
Jayanes sarracenos, música de la guzla, montaraz
apetito por sentirse lejos, solo, y rugir como una bestia
que clama por la vida al fulgor de la luna...
Acaso el rey Enrique aullaba en la alta noche...
Tumbados sobre vellón merino, el guardia mahometano
contaba sus lances con mujeres baratas, sus lances más
tremendos con la espada y el sexo... y el rey reía.
Un negro rascaba el rabel. Algo hacía el rey
hurgando los senderos más agrestes de la vida...
El rey Enrique era un degenerado, dictaminó el noble.
Complexión sodomítica, corpachón wildeano, dijo el doctor.
Quizá tuviera nostalgia de la muerte, loco y selenita.
Mirándose a sí mismo encontró a muchos otros.
Impotente, lujurioso, pacífico, salvaje, exquisito,
morisco, el rey probablemente no sabía. Escribía
páginas que no lograba entender. Por veces (como tú o como
yo) Su Majestad Enrique IV, último Trastámara,
decadente realeza, no lograba entender su propia letra...
Dudaba, tanteaba, balbucía, gemía. No, no quiso esconderse.

 

Género al que pertenece la obra: Poesía
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