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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Domingo, 16 de mayo de 2021

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Asuntos de delirio (1996)

Madrid, Visor,1996

"¿Quiénes son los múltiples personajes de Asuntos de delirio? Todo poema lírico vive en la intimidad del poeta, pero éste (sin dejar de ser él, multiplicándose, disfrazándose, haciéndose pasar por quien no del todo es, como un actor imbuido en sus roles) puede usar voraces máscaras.

Asuntos de delirio es mi libro, acaso, más verdadero. Todos lo son (incluso Sublime Solarium). Pero es también el más enmascarado y el más decadente. En una entrevista, fechada en Turín en 1951 - mi año - decía Montale: Habiendo sentido desde que nací una total desarmonía con la realidad que me rodeaba... Quizá yo sea un enamorado de todas las realidades - y de las extravagantes y quiméricas, en especial - por disgusto. Detesto la normalidad. Y detesto a quienes - siglo a siglo, en áspera piedra pómez - han levantado el ominoso monumento a esa Normalidad, que nos lleva a todos - con los ojos vacíos - a la grisalla y a la muerte".

 

 

La mayoría moral, intachable y serena

(Manuel Ramos Otero)

Usted comprenderá: yo nunca fui de los suyos.
He podido reír en una cena, aceptar un convite,
simular que estaba de acuerdo con el modo
eficaz en que han ido cuadriculando el mundo...
Ellos llaman Orden a su vida, y se ponen
palmas, insignias, construyen colegios, iglesias,
miran con respeto a las alturas jerárquicas,
emulan, engañan, se perdonan, bendicen...
Nunca fui de los suyos, pese a cierta apariencia.

* * *

Pertenezco a las afueras, al margen,
a la vida ágil y sucia que se escapa
de su red de soga. En lo que a ellos
les duele y asusta yo hallé la bondad.
Mi corazón está lejos y está lejos mi alma.
Mi camino se ha forjado en lo oscuro.
Perdonaban mi pasión y su belleza.
Si no exagerábamos, si no nos excedíamos,
estaban dispuestos a tolerarlos, liberales.
La hermosura de los muchachos les ofende.
Les irrita otra pasión, porque en la red ven
un roto grande, y les grita el vértigo.
Somos una espada sobre su cabeza.
Pirados, vividores, alevines de nada.
Hombres y muchachos en un extraño nudo.

* * *

Nunca fui de los suyos. Los odio. Los detesto.
Su vida levanta comandancia y estados.
Su vida es un cuarto de estar con aduana.
Jamás con ellos, aunque no esté seguro de mi sitio.

 

La nave del crepúsculo

Era un chico con ojeras moradas,
caído en el suelo de un portal de Chueca. Un caserón
enorme, feo.
Lloviznaba en la noche. El frío era impropio de la época.
¿Necesitas algo? Estaba muy pálido.
Los vaqueros en ruinas. Manchas en las manos. Una pupa
en los labios.
¿Puedo ayudarte?
Estoy en el polo sur. No te preocupes.
Es un barco lleno de viejos, hacia el polo sur...
El cielo es blanco y el mar es blanco.
Las olas no hacen ruido. Y la tierra no zumba.
Es el barco de los viejos vestidos de blanco.
Me gusta ¿sabes?
Estás en la vida pero ya no hay vida.
Sólo el mar blanco. Eternamente blanco hacia el polo sur...
¿Qué más, incluso tú, puedes pedir?

 

El invierno de la Edad Media

Desaté tus sandalias
y te besé los pies. Fríos, estaban fríos
y hermosamente rojos de la nieve.
Tumbados junto a un fuego de encina,
entre ese olor vegetal y cálido del mundo,
oíamos a los monjes cantar salmos, muy oscuramente...
¡Tu cuerpo hermoso! ¡Cómo besé tu cuerpo,
tan blanco, dulce y fuerte, mientras te entredormías!
Tragué tu sexo entero.
No podía olvidar que caminábamos juntos, flagelantes,
hacia el perdón y hacia la penitencia...
El silencio parecía un gigante
y el rezo de los monjes el retumbe de un barco en la galerna.
No sé si me decías:
¿Estamos cerca ya del final de los tiempos?
Tu cuerpo de tan recio me parecía dulce.
Dulces fríos tus pies. Dulce tu axila.
Tu cuerpo, con el sayal subido.
Tu cuerpo erecto allí.
No sé adónde íbamos. Era el más duro invierno.
La nieve más profunda. Y la voz de los monjes
retumbaba en la piedra.
La música - dijiste - la música...
Tus labios eran rosas, suavemente rojos
como tu dulce cuerpo...
Hermano mío de tiempo y penitencia.
¿Qué hacemos los dos juntos? ¿Dónde vamos?
¿Dónde nos lleva el miedo? No es la peste, no el hambre.
El viento ruge en el claustro de piedra.
Los monjes cantan en plegaria de sombra.
Estamos solos, tú y yo, hermanito. Solos...
Es una Edad Media interminable. Fuego ahí, en la noche oscura.

El viaje infinito del arte moderno

Dicen que se quedaba en silencio.
Largas horas. En silencio.
Se llama sufrir. No es agua muerta. Un pantano
en silencio. Hay vértigos adentro.
Una sierra eléctrica, brutal, que zumba a veces.
Y no lo sé. Sufrir. Y de repente
las piernas del Idilio de Fortuny. Como voz de vida
Y hablaban interminablemente después.
¿Quién dijo la palabra motriz? ¿Qué dices cuando dices, etc...?
Te juro que me tiene sin cuidado.
Lo que quiero es ser feliz,
solo algo más que mantenerme en pie.
¿Saber? También saber. Y joder. Y mirar cuadros.
Pero apenas nunca ocurre.
¿Hablo? ¿Digo?
Largas horas. Fatiga
Dijo: El Estado, nos están masacrando el Estado...
Y ella le miró delicadamente, anochecía:
Creo que esa luz rojiza está intentando decirnos algo.

Amor en tiempos sombríos

Eran años de estudio. Sabía muchos de linguales.
y palatales en eólico clásico. Mucho de Clemente alejandrino
y Juan de la lengua de oro... Densos, afilados estudios...
Por eso ahora -al atardecer- abandonaba los viejos
libros e iba a las cuevas de billares de rock,
antros de cerveza y sortijas de plata, botas rudas,
y pelo cortado hasta un extremo paramilitar...
Primero le miraron asustados e irónicos, luego
vagamente agradecidos: ¿Qué te ha dicho el marchoso?
Miraba el juego y ensoñaba. Imaginaba lo que nunca,
imposiblemente sería suyo. Hablaban lenguas
distintas, sintaxis descoyuntadas, pronunciaciones violentas.
Salvajes cálidos de un ritmo con pastillas y mais.
Miraba la vida que no era su vida, sino vivir muy puro.
Por eso dijo una tarde: Quiero que me acompañes,
Bur, y puedes ganarte quince talegos.
Y enrojeció su pelo en lo hondo del parque.
Y le tiznó el cuerpo desnudado de verde.
Y con un spray le aguzó el pene incandescente.
Grita, Bur, grita y salta. Grita como si fueses
a matar a alguien, corriendo entre los árboles...

Era una imagen dorada en el ocaso, una imagen
joven de carne salvaje y de sangre limpia.
Por la noche, solo en la libresca cueva,
el maestro escribió en griego ptolemaico:
Vió al sátiro. Vió al nictálope sátiro.
Soñó en la ebria edad de Pan, libérrima.
algún día matará. Y fenecerá este mundo, extenuado.

 

Género al que pertenece la obra: Poesía
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