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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Domingo, 16 de mayo de 2021

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Como a lugar extraño (1990)

Madrid, Visor, 1990.

El mundo, la vida es para nosotros un lugar extraño, porque existen imposiblidad y dolor, y entonces el deseo, la perfección, el anhelo de Belleza quedan, casi permanentemente, como ajenos. Mas hay lugares extrños en el lugar extraño: El erotismo, la felicidad de la vida como vida sentida, las extrañas ínsulas del júbilo, el gozo de la carne psíquica, son asimismo lugares extrños. Y cuando desatendemos la vanidad, cuando el ave extraña de la bondad nos deslumbra, cuando desertamos, huimos, renunciamos y vamos a nuestro extraño centro, estamos nuevamente en otro lugar extraño.

Libro extremado, fulgurante, coloquial, atrevido y cultista, Como a lugar extraño lleva la poesía de Luis Antonio de Villena a dos puntos opuestos y complementarios: Metafísica y sensorialidad, sexo y renuncia, literaturidad y lenguaje directo.

 

 

Agradeciendo el error

Estás, alguna vez, al borde del desprecio.
Piensas que son ineptos, elementales, pobres,
que reiteran sus penas como un círculo obtuso;
y te da asco pensar que se acuestan con tantos,
o que gimen pasión con delirio fingido...
(¡Qué nostalgia ese día por el amor de veras,
por la entrega que busca tu yo sin más prebenda,
por las dulces caricias que ocurren sin sospecha!
¡Qué nostalgia por ese atroz, feliz, huido paraíso!
Pero mírate entonces (en la hora del dengue y la repulsa)
las noches que los luces a tu lado como sacres
soberbios, y el orgullo - tan cierto - que ostentas
al comprarlos, pagando con más oro su cuerpo y su belleza.
Recuerda la tarde que te sentiste solo,
y ofrecieron su mano y la sonrisa sin preguntarte apenas.
Tu jactancia, el adorno, la pasión y los celos,
la compañía dulce o la inquietud buscada a tientas,
te la regalan ellos. Y si es cierto que a veces
te aburrieron con roma germanía o voces de miseria,
cuántas más altos te exaltan con beldad absoluta,
permitiéndote armar sobre un cuerpo desnudo,
leyendas y aventuras que nunca alcanzarías.
Es muy cierto y verdad que duran poco,
y que aunque en ocasiones sean tan buenamente amigos,
no pueden obsequiarte ese amor que ellos y tú
y los otros, habéis hecho pedazos con manos egoístas;
mas siendo como son un error tan platónico,
corrigen con su fallo la mal Naturaleza:
La hermosura que no sabes si obtendrías
(y a diario la tocas), el amor imposible,
las pasiones oscuras, la amistad, los instintos,
la sensación fugaz de que todo es perfecto,
un día soberano que mezcla - como el arte -
la verdad y la mentira, la plenitud vital postiza
pero cierta, el halago que sientes al verte deseado
- y no importa el porqué de tal deseo -
todo eso, todo absolutamente, a ellos se lo adeudas.
Así es que - y mira tú por dónde - la felicidad
consiste, más de un día, en un pequeño error,
en un bonito y justiciero desarreglo
en el Perfecto acorde que la vida nos veta.

 

Torturado por las rosas

Siempre he sido sensible a la belleza clásica,
y está bien que así sea. Si va unida
(como en ti) a puntos de perfecto arrebato,
a un calor acuático y muy puro, a un ruboroso
carmín que la excede, sin inmutarla un ápice
¿cómo no glorificarse el gusto? Y si el filo
de un sable asoma entre la seda -asimismo-
y con delicada crueldad piensas provocar la lágrima;
si por más exacto amor (o más sano) niegas
-pero en la cama- el favor que anticipas, y al erótico
balbucir y al afecto encendido, se sigue el hostil fervor,
la mirada hecha piedra, una cauta violencia desdeñosa
¿he de sentir mayor placer por el jardín tan puro,
por la especie perfecta de tu rosa, o agradecer en más
esas gotas de sangre como gema en la nieve, y los ojos
de sombra, y el verdear gatuno y negro que aún es hermoso?
Mis amores han sido siempre de ese tipo (leí que
decía Madame Girard). Del tipo de encender velas.

Nunca podré amarte. Debiéramos acabar aquí.
Llora, anda, llora. Yo no deseo hacerte daño.
Estoy más atrapado de lo que piensas, ¿me oyes?
No siento tu cuerpo. Te quiero, te quiero... No lo digas,

(Retazos de una larga conversación -o psicodrama-
que ocurría en un lecho, flotando las figuras
sobre lienzo, uniéndose, desuniéndose, inquiriendo,
palpándose, zozobrando, gustándose, hiriéndose, sin concluir
un acto amoroso, que a veces -varias veces- pareció
a punto de eclosión absoluta).
Mas yo no estoy enamorado: Aunque el filo me dañe.
Yo no quiero evitar tus amores distintos: No me encelan
Yo no sueño clausurarte en una habitación meses enteros.
No apetezco limitarte. Ni siento tu indecisión, ni temo tu desvío.
¿Entonces? ¿Por qué ese borde de lágrimas, y la verdad
del dolor, y el deseo malherido como un pobre guerrero?
¿Por qué la mano extendida -que era cierta- y la súplica
de nombre y voz, y la total delicia al fundirme en tu abrazo?
¿Por qué el placer, tan morboso, y el jazmín de la piel
como un árbol inmenso, y la sed, la gigantesca sed
al mirarte los ojos, por qué sin amor -o no- y tan fiero?

Las definiciones no te precisan. (Aunque pueda
intuir que no tienes futuro.) Pero siempre he sido sensible
a la belleza clásica, y está bien que así sea. Simplemente.
Como quien mete las manos en el vivo fuego, y sin
dolor, observa el milagro, mas huele insistente a chamusquina.

 

Et omnia vanitas

Como quien todo ha perdido
y voluntario se desprende de lo que aún le quedaba...

Una casa apartada y pequeña,
con los solos ruidos del aire o de la vida,
cerca de la montaña... Y álamos y olmos
junto a un río pedregoso, que levísimo escapa.
Rústico casi todo, y rústica la mesa
sobre la que tantos tomos convierten el conocimiento
en la única aventura deseada...
(Schopenhauer, Teócrito, Medrano, memorialistas
de los siglos áureos...)
Un corral con gallinas: Y andar con sayal franciscano
y una vieja peluca Luis XVI,
para los días muy fríos o con el alma extraña...
¿Es este aquel de abrigos y bufandas sorprendentes?
¿Es escandaloso, buscador de extravagancia?
Como de tantas cosas, qué poco ha quedado...
Desengaño, cierzo, desinterés, acedía,
un gran apetito de ausencia y de fracaso.
Aquí, retirado de todo,
sin el consuelo del bucolismo arcádico,
en un campo benigno y triste,
sedante, polvoriento, silvestre, manso...
Enfrascado en los libros, desdeñoso del mundo,
rotos los hilos de las vanidades,
ajeno, solitario, altivo, arisco,
estrafalario amigo que no ya no aguardas nada...

Cesar Moro

Se llegaría a hablar -como de varios otros-
de una soledad desdeñosa y altiva.
Dirían muchos (con desprecio) que se creyó un genio,
porque acaso jugó algún día a serlo,
y desde luego nunca aceptó la confusión del gremio.
Fue inevitable hablar de su afán de distancia
y dandysmo. De su penuria. De sus muy malas rachas.
De su nunca estar a gusto. Y naturalmente
(siempre alimenta eso) de sus vicios no ocultos,
y de las vanas locuras a que un obrerito le condujo.
Y es cierto que fue rey y también miserable.
Que se aupó hasta el delirio, e íntimamente supo
que no valía mucho más que ningún otro hombre.
Que se pensó divino, soñando en liquidar el yo,
y padeció y sufrió porque la suerte quiso,
y porque él no aceptó (aunque dudase a veces)
destinos más oscuros. Centuplicó la apuesta,
sabiendo que el croupier no tenía fondos,
y ansió lo más alto, lo perfecto y lo noble,
no ignorando que sólo vuela el sueño,
y de fango y basura se levanta lo otro.
Supo que era tan hondo su fracaso
que procedía de antes aún de haber nacido.
Y pese a ser sólo un raro, un huidizo,
un huraño, un hombre antipático y engreído
(sin causa) y un maricón solemne,
triste, sin futuro, y tan eufórico a ratos;
a pesar de su hermoso vacío, de su historia frustrada,
de sus palabras bellas, perdidas en el viento,
y que los siglos volverán -como éstas- perdidas;
pese a tanta extrañeza y tanto horror,
y tanto hueco negro, y sima y disfortuna
(todo cuanto no oculta el porte digno
ni el aire escrupuloso, egótico y vampírico)
escribió: Sé que amo la vida por la vida
misma, por el olor de la vida...

Probablemente eso (en noches, tan visible)
ese tirón tan sólo de delicia y de cieno
le apartó del derrumbe, y le otorgó valor,
dignidad, honor, resistencia y belleza. Sólo eso.

El joven de los pendientes de plata

Llevaba días viéndole en el bar,
apoyado en la barra y bebiendo cerveza.
Jamás respondió a mis miradas
(que probablemente no viese) y cuando
pregunté a los parroquianos si sabían de él
ninguno -ni los camareros- pudieron darme nuevas.
Apenas hablaba, y aunque joven de cierto,
parecía perdida su mente en lejanías,
como si algo le arrastrase hacia un remoto tiempo.
Moreno, con las botas negras y chaquetón azul,
llevaba en coleta el pelo, y pendientes de plata.
Pero eran sus ojos sobre todo, sus profundos
y grandes ojos garzos, lo que más me impresionaba
en aquel hermoso y triste solitario de la barra.
No: La gente siguió sin saber nada. Y entonces
me decidí (suelo ser muy osado) y me acerqué
y le pregunté, invitándole a la par a otra
cerveza. Me miró sonriendo -sin sorpresa-
y tuvo la actitud del que concede, aunque
apenas dijera una palabra. Tras ciertos circunloquios
vanos, contestó que su oficio era el mar.
Que había viajado mucho, cambiando también
de empresa, y que en fin, estaba muy cansado.
Hablaba un español con acento entre holandés
y brasileño, y mientras decía y bebía (cordial siempre)
perseveraba su dejo de añorante distancia.
Le propuse si quería acompañarme a casa,
y beberse conmigo -oyendo música- la última cerveza.
Sonrió como quien ya supiera, y me hizo otro gesto
indicando la puerta. Mis amigos me vieron salir,
amedrentados, con aquel extranjero de pendientes argénteos.
Y cuando concluimos la cama y las cervezas,
y hablamos de aventuras y pasiones, y del amor
al riesgo, mientras se vestía (cuerpo delgado
y duro, cálido y cobrizo) torné a preguntarle quién era
y como se llamaba, pues nunca dijo el nombre.
Con un leve desdén en la boca perfecta,
me pidió dinero para pasar la noche y replicó
(abrochándose el cinturón y francamente hilarante)
Ya ves, tío, yo soy el último pirata del mar
de los Sargazos
. Le contesté riendo: ¿Pero aún
queda alguno? Nosotros ya creíamos que todos habías
muerto. Y entonces, con tristeza, tras tomar el billete,
y a punto de largarse, me miró suavemente:
Pequé con delirio en los mares de España. Adiós, chico.
No me permiten todavía que muera
. Y escuché el ascensor
y el sonido del viento que en la calle silbaba.
Género al que pertenece la obra: Poesía
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