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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Domingo, 16 de mayo de 2021

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Huir del invierno (1981)

Premio de la Crítica, 1981

"Huir del Invierno es, naturalmente, un título simbólico. Con lo que sus significados tienen, a lo menos, dos direcciones. El Invierno no es sólo el de la realidad - que últimamente detesto - sino las culturas del Norte, la moral del puritanismo y del frío. La vida aceptada como una cuadrícula, como vino que debe diluirse en muchas partes de agua. La vejez, el miedo, la mansedumbre, el no atreverse, son también Invierno. Huir de él, será entonces buscar el calor, la juventud, la moral abierta, el cuerpo, el licor que surte directamente del cálido lagar donde pisotean los descalzos. Huir del invierno es buscar las culturas del Sur y ese Sur mismo. Es decir, la truncada tradición del paganismo grecolatino - que hoy es profundamente nuevo - y también el helenismo, que conlleva Oriente y el lado mejor del Islam. Es buscar los perfumes fuertes, el olor del verano, el politeísmo que ve sacralidades en muchas cosas, y desconfía de un Dios solo e intolerante. Huir del invierno es, pues, una quête. La búsqueda de todo lo que la luz y el meridiano representan. Y para mí, el intento de asumir vital y culturalmente lo que me gustaría ser y el mundo en el que quisiera habitar".

 

 

El perfumista

Quiero darte mis señas, por si vuelves,
y sospecho que seguramente vas a hacerlo.
Mi tienda está (ya ves) bien dentro del zoco,
muy cerca de las paredes de la Gran Mezquita
que se llama Az-Zituma, y vendo y hago
perfumes: rosa-cristal, benjuí, ámbar,
jazmines... En los perfumes ya es un aroma
el nombre; y hay que haber leído y ser sensible
para inventar alguno. Vivo algo más allá,
muy cerca. Pero si no es aquí, podrás hallarme
sobre todo en los Baños, al caer la tarde.
Allí discretamente se glorifica el cuerpo,
y una música tenue se mezcla con vapor y juventud:
Ahmed domina el masaje, y el negro es
también muy diestro. Acércate algún día, cuando vuelvas.
Por la noche, en la casa, bebemos café turco
y nos reunimos (esos chicos y yo) contando lances
de medida y hazañas con turistas, o calibrando
las gracias y modos de esa vieja palabra (la diré)
que casi nadie usa, a pesar de su imagen: zorrotroco.
Sí, es exactamente para reírse un poco. Algún día,
después, se leen poemas o se fuma kifi,
y alguna vez (más rara) se va al burdel muy tarde.
El día siempre es esto: los perfumes.
Y este olor también a carne, cuero y especias
que son ¿por qué no? otros raros perfumes.
Llevo siempre estas dos sortijas puestas,
y me preocupo muy poco del futuro. Ya sabes
dónde estoy. Bien dentro del zoco,
junto a la Mezquita. Y, en fin, si cuando vuelvas
quieres hacerme un especial regalo, no busques
mucho. Hazte acompañar del mocito aquel
del aeropuerto, o del esbelto servidor del Café,
con ojos y tersura de gacela. (Es una imagen
de los antiguos poetas). La música y los dulces
los pondré yo. Y que la noche nos relate el resto.

 

Mucho más triste que la muerte odiosa

Amante de la Muerte, enamorado feliz
del único reposo que habita en este mundo:
¡Sal, sal fuera, huye, escapa para siempre!
¿Cómo perseverar un año más? Es muy duro
el camino, y no me gusta nada este universo.
Porque amo, y la mano parpadea en el aire.
Deseo, y el ansia no se transforma en cuerpos rubios.
Y caen mis párpados, porque no soy feliz
apenas nunca, y pesa extrañamente la melancolía.
Yo huiría de aquí, no me veríais nunca,
gritaría ¡fuego!, ¡fuego! Y cerrando el telón
me pondría un vestido verde, como de escamas
de otro mundo. Porque he querido ser un rey
que cena antes de la guillotina; un frívolo
galán bajo un baile de arañas, y un hermoso
muchacho cuya vida es de amor y de lujo.
Pero ninguno he sido. Es muy arduo vivir.
Y ningún futuro (ninguno) es elegante o digno.

Giovanni Antonio Bazzi

"Il Sodoma"

Sólo la calle me hace falta.
En cualquier acera hallo la Biblia.
El ángel que detiene la mano
de Abraham, o el San Juan joven
que predica en el desierto:
Jordán sus labios y palmeras tiernas.
Lo que pinto, por eso, semeja
otra cosa. Pero es la calle sólo,
la realidad absoluta de este reino.
Todo lo demás es decorado,
simplemente pretexto. Lo que yo
amo, sobre todo, es la vida, el mundo,
la juventud irrepetible, el momento
de la gracia, cruel y transitorio.
Poco me importa que ciertos familiares
no me saluden. O que de mí se diga
que bebo muchas tardes con mozos
de cuerda y pajes que se bañan
en el Tíber. ¡Amo tanto la realidad,
amigo mío, que todos creen que son
fábulas lo que pinto! Sebastián
muriente, o la Troya desolada
de la que huye el crinado Eneas.
Pero no hay nada de eso. Ojos
vistos al azar, cuerpos que amo
en una tarde. Cinturas breves
que arden como la ciudad aquella.
Soy un ladrón de realidad
y creo bien que todo arte es rapto.
Por eso importa más el vivir,
finalmente. Y de una u otra manera,
el artista, señor, es delincuente.

El verano

Es obvio que no ignora su hermosura.
Camina en la mañana, azul y rubio todo como un día de agosto,
esbelto y largo como una tarde cálida,
coronado de flores pasionarias,
engendrando el deseo y encrespando la dicha.
No va a ninguna parte bajo el sol matutino,
entre mujeres sin manga que hacen compra, pasos de Corpus,
y torres de gótico tardío, bruñidas de una luz radiante.
Llévame, arrástrame contigo...
(Eres un incendio en un mar verde palma,
o el amor simplemente, con guirnaldas y ruidos.
Pasión y belleza habitan en tus días,
y arcángeles cantores circundan tu camino.)
Llévame, arrástrame contigo...
Ufano en la mañana, mientras tus ojos cantan
y tu figura larga acicatea el ocio en plazuelas con fuente,
palacio y bar antiguo...                                    
                                            Y al volver ya la esquina,
como una stravaganza de música barroca,
te vuelves, me sonríes (sabes bien que he mirado)
y me guiñas un ojo, dulce,                         
                          feliz,
                                                         provocativo...

 

Género al que pertenece la obra: Poesía
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