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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Miércoles, 30 de septiembre de 2020

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Calzada para leer (2008)

Publicado en la revista FARO de MONCLOA nº 9, abril 2008

 

CALZADA PARA LEER

 

Desde hace unos días sufro opresión en el estómago. ¿Será la apretura del cinturón que exigen los primeros días del año, o la talla de más que las fiestas navideñas regala?

 

Hago el propósito de no probar el turrón ni los polvorones, pero luego peregrino como alma en desasosiego en busca del platito que de noviembre a marzo adereza el rincón más entrañable de la casa: una mesita camilla -guarida de libros con lecturas empezadas-, una lamparita Tíffany, un buho de la suerte, unas gafas de repuesto y ahora, un dulcepinto y colorido surtido, que para que no se eche a perder, o mejor aún, para calmar mis ansias inconcretas, va y viene a pedacitos hacia mi boca y de ahí a la cintura.

 

Pero no es la cintura lo que ahora me preocupa, pues en pasando los cuarenta y tantos, lo que no se ha haya presumido más vale que se asuma, y ese flotador que nos mantiene a superficie, digo yo, que hay que llevarlo con dignidad. La obsesión son unos zapatos nuevos que han hecho esfumarse los últimos euros arrinconados en la cartera, que estaban previstos para varias cosillas, pero que de un plumazo han sido absorbidos por un par que ninguna falta me hacía, pero que a su sonrisa tras la transparencia del escaparate no me pude resistir. Y ahí están, tan hermosos y brillantes, tan evocadoramente poéticos, aunque sea una prosa lo que vaya a narrar de lo que les sucedió a otros de temporadas pasadas.

 

Cuando aquellos  los estrené, de alto tacón de aguja, e iba por la calle intentando que la pisada no me fallara, siempre había una barrera residual amenazante. Que sí, limpian las calles, pero surgen de los rincones más inesperados: esputos, condones, mordidos trozos de donuts de chocolate, cacas, vómitos, cristales... Me habían costado una fortuna los dichosos zapatos, y ni por casualidad quería que se deterioraran.

 

Con tanta cautela andaba que más que persona parecía un pato. No obstante mi prudencia, alcancé a pisar una ligera elevación del pavimento bajo la cual había líquido que saltó, inmediatamente, al de piel de avestruz teñida en marrón: primer fracaso. Metros más allá una rejilla apresó la aguja de mi tacón y le hizo una muesca. Por llegar estaba un pisotón: despistado viandante que sin remordimiento me dejó su huella con restos no identificados. Y para completar mi particular calvario advertí que mi paso se frenaba, que me adhería al asfalto sin desearlo: un chicle. Y aquellos mis zapatos flamantes, en tan solo un paseo de media hora habían envejecido una década.

 

Por eso, éstos gris-negro, de oferta seductora de rebajas, que me han dejado como oveja esquilada, por el momento, y como lujo, sólo los calzo para leer.  

 

Así, con los pies apoyados en un reposaídem, junto a la mesita guarda libros, a la luz de la Tíffany y el buho de la suerte como testigo, ejercen de complemento directo y perfecto para degustar un: "Hacía frío aquella noche cuando se  marchó...", por ejemplo; mientras echo un reojo a mis zapatos, cómodos como pantuflas, sin privarme de un bocadito dulce, aunque éste se vaya a la cintura.

 

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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