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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Sábado, 25 de junio de 2022

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El jardín navegable (1990)

Madrid, Ed. Torremozas, 1990. Col. Torremozas, nº 69.

 

La llama de leña de cerezo

La llama de leña de cerezo
se propaga deprisa.
TENGO SED
Arden los retratos,
dóciles cartones de un gris desmarañado.
SED
sobre tu cuerpo débil y quietísimo.

 

Las palabras desmienten la existencia del tiempo

LAS PALABRAS DESMIENTEN LA EXISTENCIA DEL TIEMPO
Y tú me habías llamado aquella tarde,
a la hora de las piscinas,
cuando cualquier palabra se convierte
en una profanación.
Y habrías preferido
una merienda llena de veranos
(a la hora de la masturbación de las princesas)
cuando el escondite regresa a los jardines,
y las niñas se guardan insectos en el vientre.
Y habrías preferido
en esa tarde clara de delfines e islas,
que todo hubiera sido una equivocación.
Y así supe de ti después de tanto invierno.
Supe que seguirías
montado en el columpio de mis faldas
y que traerías contigo
un conjuro de hímenes y hormigas.
Que me habías llamado
invocando la luz.
Y que no recordabas
que la infancia termina
cuando se incendia el bosque de los niños.

 

Nada

Nada.
Las lámparas juntas de un remoto latir.
Un acertijo lejos.
Un despuntar de lienzos preparados,
un luto blanco,
abrasando todas las cantimploras de la vida.
Al despertar
todas las puertas eran de hiel
y hervían las terrazas,
y el aire se hamacaba
sobre las cunas más altas de los árboles,
y el Tatuador de Sombras
había dejado la muerte en tu costado.
En tu costado izquierdo.
Pasto de las márgenes jamás entreveladas.
Rumor de lienzos litorales y cartografías azules.
Parece imposible.

 

Padre

PADRE:
HE TEJIDO TEMPRANO LAS REDES PARA PECES
LAS TRAMPAS PARA HOMBRES,
LAS ARISTAS,
LAS DIADEMAS MÁS HERMOSAS,
EXTRAVIANDO LOS LABIOS EN UN MAR DE PREGUNTAS
CAÍDA UNA VEZ MÁS AL FILO DE LA NOCHE
EN UNA PESADILLA DE PORTERÍAS LÚGUBRES
DE INFANCIAS ARRUMBADAS EN TRISTES CAÑERÍAS
HE LIBADO LOS MUROS MÁS ALTOS DE TU CUERPO
SIN DETENERME APENAS,
APENAS SIN ORARTE
Y UNA BANDADA LENTA DE PELÍCANOS
LLEVABA EN EL REGAZO TIBIO DE SUS FAUCES
TODOS NUESTROS RESTOS.

 

Pero hoy no es preciso que lo recuerdes todo

PERO HOY NO ES PRECISO QUE LO RECUERDES TODO
Porque hoy tienes fiebre,
una fiebre que ignora la alegría del amor,
una fiebre sin rumbo,
de calendarios tropezando para siempre,
una fiebre infantil de recorrer los áticos
y las cascadas dulces de los sueños,
un sudor de garajes y patíbulos.
Porque habíamos ardido en aquella ciudad
como hace siglos ardiera Babilonia,
Y los niños corrían sin zapatos
a la lumbre lunar de un descampado,
Y la nieve caía
sobre el embozo dulce de la niñez.
Como en el principio de la vida,
cuando todo comienza
con el bautismo del fuego,
Y al subir la escalera
no quedaban peldaños,
y nadie recordaba el paradero de tu sangre.
Y nadie recordaba el paradero de tu sangre.

 

Tú no estarás

Tú no estarás. Ya no.
En la última tarde tu mirada tenía
un dolor a jardines descuidados,
una luz huidiza y astillada,
un caminar de hombre con mirada de trapo,
y un corazón tartamudo.
Llevabas un temblor de naufragio y una venda en los ojos.
El temblor también es una forma de mirar.
Y tú temblabas mientras tu luz caía.
Crepitar es caer. Pero hacia dentro.
Estaba requiriendo una llamada.
Estabas demorándote
en aquellos días primeros del verano,
contra un presentimiento de invernadero triste,
de sangre requisada.
Perdido en las aduanas del corazón.
Supe que te morías por tus ojos.
Esos ojos que eran
con dolor a madera,
con sabor a manzanas,
párpados de cobre
como cofres de lluvia
que se abrían con lástima.
Ahora todo es ausencia.
Los pájaros que encuentro,
el crujir de la tierra sobre la mansa lluvia,
el llanto de los niños detrás de las palabras.
A veces el pensamiento se ensombrece de pronto
y declina el mundo aún más deprisa
y nos sobreviene una noche destemplada,
una herida negra.
Sé que me buscaste.
En esa larga noche de imperdibles sin rumbo,
en el instante mismo en que tu cuerpo
se astilló para siempre
y tu llama empezaba a ser fractura,
témpano,
camisa desplomándose.
El verano se acaba.
y los recuerdos ruedan
sobre los empedrados negros
como regueros de sombra.
Y es cierto que tal vez puedas vivir años y años
sin regresar de una sonrisa

Y tú estás regresando
con el verdor de los arces en la lluvia
sobre la claraboya más blanca de la luz.
Y tu frente ha tomado
la difícil transparencia del brezo y la retama.
Y veo descarriarse de pronto
aquel ovillo de lana triste
que fue toda mi infancia,
aquella habitación de costurera
aquel balcón solaz
que de muy niña
se asomaba al clamor hirviente de las calles,
y ahora lo veo todo
irse desmadejando encima de tu cuerpo,
detrás
detrás
detrás
y todavía
mi pequeño puñal de niña sin palabras,
DEPRISA,
MÁS,
CAER
Y SIN EMBARGO,
un cuerpo que se rompe,
EL CABO FINAL DE LA MADEJA,
aquel reloj de arena creciendo
desmesuradamente
mientras cae
cada pequeña muerte en granazón,
y todas se reúnen,
y la arena se agranda
hasta cubrir toda la habitación
con un murmullo seco de sombras alejándose.
En este sueño, padre,
puedo verte jugando con mis manos.
Cuando las manos eran cálidas y obradoras.
Lápices de ternura,
que nos llevaban siempre a emborronar los sueños.

 

Género al que pertenece la obra: Poesía
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