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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Sábado, 25 de junio de 2022

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Lámparas de arena (2000)

 

Col. Poesía en Madrid. nº 3. Madrid, Comunidad de Madrid, 2000

 

Como una balsa ardiendo

Como una balsa ardiendo 
en el centro del agua,
una bañera terca rebosa lentamente
en mitad de la noche.
La tibieza del agua desatada,
liba la flor de las mareas
acarrea cigüeñas
y tortura con zarzas y gacelas
ríos de oscuridad.
Así el agua ha llagado la humedad de mi vientre
y deposita almendros sobre mis pies descalzos.
Ya sólo espero el relato del agua,
la lenta
supuración
del llanto.

 

Dos cuerpos que se amaron

Dos cuerpos que se amaron
y nunca cicatrizan.
Sonaja de recuerdos
que nos van tropezando
a la deriva blanca.
Sólo se besa aquello que se ama.
Un muerto no se ama.
Labranza que madura cuando los negros frutos.
Sólo encuentro tu piel para perseverar,
pero la piel no alcanza.
Como quien se desprende hacia el olvido
y acobarda las alas bajo el rostro,
un amor se descalza en otro amor
como la sal madura
sobre otra sal inerte.

 

He llegado al inicio

He llegado al inicio,
como quien se extravía
bajo la rotación laberíntica
de un bosque sin raíces.
Y doy vueltas
Y vueltas
sobre mi propia herida
tras la única gasa
que macera el silencio y su drenaje,
la dársena del tiempo.
He llegado al inicio
y mi nombre no era
más allá de un abismo sin aliento
y mi cuerpo sin nombre
se llenaba de lámparas
y niñas,
perdía pie
sin reservar la hierba.
Y mi arena se oía
crepitar hasta el fondo
sobre el granizo muerto.
He llegado al inicio
sin saber hacia dónde desvivirme,
sin creer en la muerte de las olas,
habitando la ausencia de mí misma
Y no encuentro
el reloj
que repare mi arena.
La misma incertidumbre
La misma incertidumbre 
con la que un día preciso
que ya fuiste acordando sin saberlo,
comienza a desprenderse
la leve gasa que ocultara
la trama de tu herida,
una herida reciente que late sin hablar
y está tan dentro
que tu vida depende de mantenerla viva.
Con la misma soltura
con la que cada órgano se acomoda para el parto
y se abre un trecho de luz
en mitad de tu cuerpo,
una tarde descubres
que no puedes contar tus cicatrices
pues sus bordes te unen a fragmentos de otros,
a vidas paralelas,
a bálsamos de humo.
Y es entonces
que esa herida se cumple
y es más cierta que el mundo,
nos regresa al origen,
sus lámparas de arena,
la palabra en el vientre,
cuando todos vivíamos
recíprocos y juntos
cuidando las heridas.

Máquina temeraria

         Máquina temeraria.
Yo soy la que comienza a no existir.
Mientras ella
se preña
se atraganta
con mis escritos de la tarde.
Desordena
quiebra
despedaza
se adueña
sabe
que yo la escucho desde dentro.
Prohibido fijar carteles en la tarde
No alumbro.
No me muevo.
Habito
en el vacío.
Veo
sombras
materias
sobre un cielo de arena que desgarra ventanas.
PROHIBIDO FIJAR CARTELES EN LA TARDE.

Tras esta latitud, creer en el abismo
Tras esta latitud, creer en el abismo.
Cegar el lucernario
la claridad que habita en las esferas.
Perpetrar las heridas,
sus pájaros de arena.
La tristeza de un mundo
cuyos frutos caerán como desangelados vaticinios,
presenciarán la discordia de los dóciles.
Mientras el mundo juega a Gran Hermano.

Y yo he desembarcado aquí
Y yo he desembarcado aquí, 
he llegado al acuarium de la calle Peligros,
por el camino de no comprender.
Y he forzado la puerta en medio de la noche,
los cerrojos,
sonámbula y despierta,
sabiendo que lo he vivido todo a tientas
como cuando la hiedra adelanta el ramaje
presintiendo en el aire la certeza del muro.
Y tropiezo mi cuerpo en los mercados,
y ya mi sangre comienza a ser abrazo
o cigüeña que encoge su corazón
en la hondura del trigo.
Mientras miro los peces detengo las palabras.
Las peceras son tristes,
cárceles de agua inmóvil.
Maceración del aire,
esferas de agua verde,
espesa en la quietud de un laberinto.
Oquedad cristalina
que deforma los cuerpos de los peces.
Enterrado en el agua
un galápago inmenso nos contempla
con su piel cavernaria y desmedida.

Apenas si se mueve
pues todo su cuerpo duele mientras mira
con fijeza de párpado que ama.
A lo lejos
el ruido de las máquinas, depuran incansables.
Con cada movimiento
el galápago ciego
abre un surco de mar en su mirada inerte,
sueña con el encuentro
de esa huella que lleve
hasta la arena fresca de una playa.
Y desovar sus huevos
como húmedos frutos
cerrando para siempre
el círculo ciego de la vida.
Escuchar alejándose
el desorden del mar,
el ruido de sus crías
poblando el laberinto de las olas.
Una vez más hacia la redes.
Género al que pertenece la obra: Poesía
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Comentarios - 2

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