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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Jueves, 21 de octubre de 2021

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A dos pasos de un mañana mejor. Relato de ficción.

 

 

Relato de ficción publicado previamente en el blog de la web Discrettoys.

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Este relato trata de contestar una pregunta que todos nos hemos hecho alguna vez: ¿Podemos controlar, elegir o decidir nuestro futuro?

Y en el caso que pudiéramos hacerlo, ¿no sucedería al contrario y sería nuestro futuro el que controlaría nuestra vida presente?

 

A DOS PASOS DE UN MAÑANA MEJOR.

Pitemo siempre había sido un chico acomplejado. ¿Quién no lo sería con semejante nombre? ¿A quién demonios se le habría ocurrido designarlo con un apelativo tan inusual? Y no es que fuese especialmente horrible, como Salustiano o Rigoberto; era una simple cuestión de extrañeza: todos se asombraban o asustaban ante algo que se salía de los estrictos y remarcados cánones de vulgaridad y humanidad normalizada.

Pero esa cuestión a Pitemo ni se le pasaba por la cabeza. Para él su nombre era su principal tormento, y no podía echarle a nadie la culpa por ello porque no había conocido a sus padres: lo encontraron abandonado frente a las puertas del Instituto Nacional de Estadística cuando tan sólo contaba con unos pocos meses de edad. De su cuello pendía una cadena de oro de la cual colgaba una preciosa estrella de oro de siete puntas, con siete pequeñas piedras metálicas engarzadas en ellas y su nombre grabado en el centro. ¿Una figura simbólica? ¿Un objeto representativo de algún tipo de bien terrenal o espiritual? Nadie lo sabía. Nunca nadie había visto una figura similar.

Pitemo era un chico especial. A los tres años descubrió que poseía una extraordinaria facultad, negada al resto de los pobres humanos mortales. Y es que poseía un hiperdesarrollado sexto sentido, una especie de visión interna que le permitía contemplar la línea temporal, la senda por la cual discurren inexorable y eternamente los designios de la raza humana en particular y del universo en general.

Al principio no pudo, o no supo, dominar tan insólito don. La magnitud de intrincados laberintos que conformaban la interminable senda del tiempo desequilibró su mente de tal forma que sus restantes sentidos quedaron relegados a un segundo plano, y él quedo reducido a existir como un mero vegetal humano.

Esa fue la causa de que pasara siete años internado en un Centro Psiquiátrico Infantil: los siete años que tardó en separar una a una las infinitas líneas temporales de cada uno de los humanos, ya que el resto de los seres vivos no le merecían especial atención, y situarse en la suya propia para no volver a abandonarla jamás.

De esta forma Pitemo consiguió tomar las riendas de su vida; por fin su existencia era completamente suya y él era de su existencia a partes iguales.

Tras conseguir el uso de razón Pitemo se dio cuenta de que era un extraño entre sus vecinos de mundo: Era el único ser capaz de ver a través del tiempo. Todo aquel con quien compartía tan fabuloso misterio se reía de él. Nadie le creía. Por ello decidió no revelar su fantástico don so pena de que lo tomaran por loco.

Llegó un momento en que creyó que sufría de alucinaciones. Después de todo, si era el único que podía ver una cosa, pudiera ser que esa cosa no existiese y que fuese únicamente producto de su imaginación. Pero el paso del tiempo, caminando por su senda, le hizo cambiar de opinión: No alucinaba. Era cierto que contemplaba la invisible línea del eterno transcurrir temporal.

No era éste un don sencillo de manipular. Según como él lo presenciaba, su senda temporal partía de una línea única, que enlazaba con su inmediato pasado, para ramificarse a un par de pasos de donde él se encontraba en una infinita miríada de intangibles hechos no sucedidos, sucesos por llegar, futuros alternativos que serían, o no, abordados por él en función de los actos y decisiones que llevase a cabo en su posición presente.

Sucesos futuros se interconectaban en su mente con la realidad cotidiana existente a su alrededor. Aunque era sumamente difícil discernir la una de los otros, pronto su cabeza llegó a una especie de acuerdo subconsciente con su don, relegando todas las visiones de la línea temporal a un plano interior, evitando que se mezclasen con el resto de sus sentidos: se adecuó a su preciado tesoro, evitando así anomalías en su comportamiento y que lo tomaran por un chiflado.

El tiempo es impredecible, en teoría. Un catastrófico ciclón sobre Acapulco podría deberse a algo tan simple como la perturbación provocada por el aleteo de una mariposa en un perdido rincón de la Península Ibérica.

Algunos sucesos presentes tenían más peso futuro que otros. La inmensa mayoría estaba compuesta por insignificantes movimientos como saludar, o no, a un vecino distraído, o tener cuidado de pisar, o no, a una hormiga perdida. Estas irrisorias decisiones y actos no poseían más que una o dos soluciones futuras alternativas.

Luego estaban los grandes sucesos, las supremas decisiones. Reconocía una de ellas cuando ante él partían infinitas ramificaciones de la línea temporal, una por cada opción presente que pudiese escoger. Y éstas eran las fundamentales, las que hacían tan preciado aquel don, ya que, si podía conocer las posibles consecuencias futuras de sus actos presentes, podría dominar su propia vida haciéndola fluir en el sentido que él desease, eligiendo las opciones que le resultarían más convenientes, y no como los simples humanos, abandonados a la suerte del desconocimiento del futuro y tomando las decisiones sin conocer las consecuencias que deberían afrontar por ellas.

Pitemo era feliz. Su don era una carga muy pesada, pero le transmitía una seguridad y un aplomo que ya quisieran para sí los demás. Así pues, no tardó en conseguir que su vida se estabilizara. A medida que ésta iba transcurriendo su subconsciente, guiado por su sexto sentido, repasaba todas las posibles derivaciones de sus actos, aplazando las decisiones hasta dar con la que traería el futuro más perfecto para él.

No tardó mucho en hacerse rico: Se aprovechó de su don. Ganó mucho dinero en juegos de azar y apuestas. Sin embargo, sintiéndose culpable por ello, nunca dejó de trabajar ni se dedicó a la buena vida. El ocio y la monotonía eran dos factores que abocaban su existencia al infierno, ya que disminuían su imperiosa necesidad de seguir la larga senda temporal para recorrerla hasta su fin.

Pero un buen día, llegó el momento de los remordimientos.

Al principio no se preocupó por la gente que tenía alrededor. A pesar de que entraban en sus ecuaciones futuras en más de una ocasión, y realizando acciones distintas en cada uno de los optativos futuros alternativos, nunca tuvo la sensación de estar manipulando a sus semejantes; nunca hasta la ocasión en que al elegir un nuevo trabajo que le reportaría más ingresos económicos (cosa que no le importaba) a la par que un nuevo desafío intelectual (que era lo que él estaba buscando), no tuvo en cuenta a un pobre y desconsolado individuo que tras haber estado en el paro cinco años, y  ya contaba con cuarenta, había optado al mismo trabajo como solución última y desesperada a sus problemas.

Pitemo podría haber optado a cualquier otro trabajo, pero eligió ése porque le revelaba un prometedor futuro a nivel de fama y enriquecimiento personal. El problema radicó en que su ecuación no le dejó entrever las reacciones de los demás y, cuando aquel pobre tipo, completamente desahuciado, se pegó un tiro en su casa, entonces fue cuando se sintió verdaderamente mal con su don.

¿Cómo no había visto aquel suceso en aquella senda temporal al examinarla? Era cierto que sólo podía caminar a través de su propia línea, pero al estar ambos sucesos tan íntimamente relacionados: el conseguir él aquel trabajo y el suicidio de aquel hombre, pensó que tal vez debiera haber descubierto aquella terrible ramificación antes de lanzarse de cabeza a conseguir el trabajo porque, de haberlo sabido, nunca habría optado por él. Seguro que podría haber encontrado cientos de trabajos mejores y sin destrozar la vida de nadie.

Aquel suceso le hizo replantearse su vida. ¿Acaso estaba manipulando la existencia de los demás, encauzando su propia línea temporal? Siempre había creído que nunca hacía mal a nadie con ello, aunque tenía claro que su línea podía entremezclarse en ocasiones con las de otras personas, modificando éstas al modificar la suya.

Se sintió muy mal. Estuvo deprimido durante una semana, hasta que su depresión se convirtió en absoluto pánico cuando descubrió que varias de las ramificaciones de la vasta extensión temporal que se abría a dos pasos de él le conducían hasta una variada gama de tipos de suicidio.

Siendo fuerte y reflexionando profundamente consiguió salir de la depresión y continuar con su vida normal, pero las opciones de suicidio permanecieron allí, torturándolo al contemplarlas siempre que tenía que elegir una opción de entre las múltiples que se le presentaban al realizar una actuación o tomar una decisión en su vida.

Se compró un coche nuevo. ¿Por qué demonios estaban allí las derivaciones que le conducían al suicidio? Otras nuevas se añadieron a las ya existentes, en función de qué tipo de coche se comprara. El coche, en ocasiones, formaba parte activa de la forma de invocar la muerte.

Pilló a su esposa con otro tipo en la cama. Aquí si que era lógico encontrarse con las alternativas de suicidio, pero ¿tantas?

Firmó los papeles del divorcio. Santo Dios, más alternativas horribles.

Nunca, desde el día que aparecieron, dejaron de estar ahí las líneas temporales que, empezando a dos pasos de donde él se encontraba, le conducían a una u otra forma de suicidio. Su número creció, disminuyó y los tipos se diversificaron o simplificaron, pero nunca llegaron a desaparecer del todo. Y eso fue algo que le afectó desde lo más profundo de su ser.

Su extrema responsabilidad se manifestó en sus excesivos lamentos y reflexiones acerca de su papel en el eterno transcurrir del tiempo.

Siempre pensó que tenía el tiempo en sus manos, que podría hacer lo que quisiera porque al poder elegir era capaz de cambiar el futuro tornándolo aceptable y conveniente a sus necesidades.

Al existir tal infinidad de acontecimientos distintos que parten de una única decisión presente, el hecho de poder vislumbrarlos antes de que acontezcan no es sino la señal de que el futuro está escrito y no se puede cambiar. Al observar los acontecimientos venideros, lo único que Pitemo hacía era cambiar el presente para alcanzar el futuro adecuado.

No existía forma de saber lo que pasaba con las líneas temporales no utilizadas. Tal vez partían hacia delante de nuevo para volver a encontrase con la principal tras algún suceso similar, o tal vez eran transferidas a otra persona que quizás sí que las adoptase como suyas.

Tras mucho reflexionar, Pitemo había llegado a la conclusión más sorprendente de su corta vida. Se dio cuenta de que nunca había podido cambiar el futuro, sino que era el futuro el que le había cambiado a él, haciéndolo actuar de forma distinta a como lo habría hecho si no lo hubiese conocido.

Al comprender esto, Pitemo se dio cuenta de que sólo había sido un pelele en manos de la infinita senda temporal y que, poseyendo tamaña visión, sólo conseguía dolor y preocupaciones, porque al poder contemplar el futuro, y por mucho que lo eligiera, nunca encontraría la paz del descanso porque siempre podría vislumbrar alguna línea que se le antojara mejor que la que estuviese siguiendo y, ante la infinidad de la corriente temporal, nunca encontraría una estabilidad, una seguridad, un equilibrio emocional o físico.

En resumidas cuentas: siempre estaría a dos pasos de un mañana mejor, a un par de zancadas de alcanzar otro futuro que le satisficiese mucho más que el que en realidad le correspondiese. Nunca lograría descansar. Su preciado don, en realidad, era su más terrible perdición. Se trataba de una tortura que lo condenaba a un inestable vagar en pos de un mejor futuro, no pudiendo nunca conformarse con lo que ya tenía. Nunca sería feliz con lo que poseía si podía contemplar lo que estaba perdiéndose. Y así continuaría hasta el día en que muriera, sin encontrar nunca la paz espiritual.

Y entonces fue cuando perdió la ilusión por aquel tipo de vida, que más que vida era un continuo puzle en el que iba encajando gradualmente las piezas, una por una, hasta el día de su muerte y sin llegar a terminarlo nunca.

Hastiado de todo aquello, eligió la senda que le condujo al suicidio. Estaba harto de buscar desesperadamente la felicidad eligiendo el futuro más adecuado. Se sentía cansado y buscó un reposo en su discurrir por la eterna senda temporal.

Pero ante él se multiplicaban las opciones. Eran más que nunca las que se presentaban frente sus ojos. Y eligió, de nuevo, la que le pareció más correcta: se mató ejecutando un perfecto y calculado plan que le permitió borrar de la faz del planeta todo lo que había sembrado para que su nombre fuese olvidado para siempre. Hasta para llegar al final usó su don para elegir su mañana mejor. ¿No es terrible depender así del tiempo?.

 

 

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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