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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Miércoles, 17 de agosto de 2022

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LA POLLA PATRIARCA

 

La polla de mi padre la descubrí en la bañera de Santa Eugenia. Primera vez que me acerqué a la perspectiva, entre agua y espuma de jabón, flotando como los barcos, dando a luz el mar a la diosa de Chipre. Todo el mundo piensa que la mirada de una niña está limpia de escándalo y llena de inocencia. En mi caso, mi mirada tenía fijación desde que tengo consciencia en las iglesias y sus campanas. Confieso, a su vez, que en algún momento de mi vida, deseé la polla de mi padre. ¿Cómo no podía desear esa escultura praxiteliana que me había dado vida? Sí, hubo un tiempo en que la polla patriarca me parecía el vivo reflejo del David de Donatello. Era la polla del Quattrocento. Los baños nocturnos se convirtieron en mis primeras clases de anatomía. Las mañanas las pasaba en la librería del salón, buscando en las enciclopedias médicas la misma página en la que aparecía la fotografía technicolor de una mujer pariendo en un paritorio, con media cabeza del bebé haciendo de ojos de una araña. Y otra vez llegaba la noche con su liturgia de higiene. Unas veces me acompañaba mi madre, otras mi padre. Yo disfrutaba con mi padre, porque me daba cuenta de la diferencia que nos separaba. En mi madre veía el reflejo de mi futuro coño, en mi padre veía el reflejo de mis futuros deseos sexuales. Analizándolo fríamente, la polla patriarca no puede competir con las demás pollas. Es la plenitud del Olimpo. Fue su oro el que cayó en forma de lluvia sobre el zigurat de la hermosa Dánae. Calculadora indispensable de la teoría de la complejidad algorítmica. Telar esclavo de los designios de una Penélope desquiciada por el dasein y los portazos del sol contra los muros de la casa. La esencia de su perfume era cítrica, limoneros de patio de Sevilla. Longitud aceptable, Walther PPQ del calibre 43. En el lateral de su cañón, un pintor francés del rococó situó un mouche como firma de fabricante. Observando el oleaje que forma el remo en la bañera, sé que la verdad es contemplativa e inesperada; sútil, invertebrada, célica y cornúpeta. Nemorosa. Las lindes del Humanismo irrumpieron en mi vida en forma de burbujas y pompas de jabón. Ahí estaban Troya, Pompeya, Creta, la isla de Eea, La Mancha, Burgos, la Tierra Media. El Edén, el Averno, el silencio, la sepultura de la lengua al baile de las abejas. Santa Inquisición, imagino que la polla de mi padre sabe a las aventuras de Sherlock Holmes, a un pueblo de la Galia irreductible, a café con hielo y profiteroles. Tal vez a las tizas de 1999 o a los puros de Nochevieja, a las linternas multicolor del circo y al Kit Kat del Teatro San Pol. No, no, sabe a los minerales del Museo de Ciencias Naturales, a los Comedores de Patatas de Van Gogh y a subrayadores fosforitos. También a figuras de cera, a lexicografía hispánica, y al último pase de la representación de teatro de una obra de Jardiel Poncela. Y su eclipse tiene el regusto de los huevos kinder y de la arena mojada.   


Vanora Miranda 

 

Género al que pertenece la obra: Poesía
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