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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Miércoles, 29 de enero de 2020

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En la frontera (2012)

Badajoz, Editoria Regional de Extremadura, 2012

Al poco de iniciarse la guerra civil, Fernando, el protagonista de la novela, hijo de una importante familia de terratenientes, viene desde Cijares (Badajoz) a Madrid para escapar de la represión en Extremadura. Viaja con los restos de la familia que se han salvado de la muerte. En Madrid entablará relaciones con diversas personas, compañeros de trabajo e importantes políticos, entre los que destaca el último jefe del Gobierno de la República, el doctor Juan Negrín. Obligado por su trabajo, se verá envuelto en diversas aventuras y conocerá el desarrollo de la guerra y sus efectos en Madrid y también en Badajoz, Barcelona y Valencia. Estas experiencias conmoverán sus convicciones más profundas y le servirán para ir adoptando una postura propia, ante sus parientes y ante el entorno que le rodea, que tiene su eje principal en la búsqueda de una paz negociada y generosa por ambos bandos.

 

CAPÍTULO 1

 

Cijares, 23 de julio de 1936

 

A Fernando se le aceleró el pulso cuando vio entrar en el
vagón a dos milicianos (fusil máuser en bandolera y pistola
astra al cinto), que habían subido al tren en Campanario y
venían revisando minuciosamente la documentación. Los pa-
sajeros eran gente de condición social más bien baja: peones de
la construcción, jornaleros del campo, vendedores ambulantes
o parados sin recursos. Iban y venían en esos días de ruido y
furia, portando hatillos de ropa, talegas de comida o maletas
desvencijadas con mercancías diversas para exponer en alguna
feria. Y, aunque la región llevaba días hundida en la desolación
de la guerra, los viajeros aún mantenían alto el ánimo e incluso
no escatimaban el buen humor. Entre otras razones porque,
en aquel entorno de muerte, constituía un signo de fortuna
encontrar viaje tras viaje a los mismos compañeros de tren,
con quienes, a fuerza de repetir el trayecto, se había trabado
una fugaz amistad. De este modo, el tiempo vacío del despla-
zamiento se consumía placenteramente en saludarse, opinar
sobre cualquier cosa, gastarse bromas o esperar a que alguien
de los presentes se arrancase a cantar los campanilleros de la
Niña de la Puebla, que en Badajoz causaban más furor que en
la propia Sevilla.

Estaban atravesando La Serena (una bolsa de resistencia re-
publicana que se mantendría casi hasta el final de la contienda)

 

mientras las fuerzas de izquierdas redoblaban la vigilancia en

busca de fugitivos y partidarios de los facciosos. Una actividad
necesaria especialmente por las noticias que llegaban desde el
sur acerca del avance irresistible de las tropas del teniente co-
ronel Juan Yagüe, cuyo objetivo intermedio, antes de marchar
sobre Madrid, era la conquista de Badajoz. Esto aseguraría a
los rebeldes la comunicación con Portugal y la continuidad del
territorio nacional desde Cádiz hasta Burgos. Las vagas pro-
mesas de fidelidad a la República de los diferentes cuerpos
armados pacenses habían aportado una cierta tranquilidad al
Gobierno legítimo que, sin embargo, no era compartida por
las fuerzas populares, informadas de que Cáceres había caído
y decididas a que el hecho no se repitiera en Badajoz.

El este del país era territorio leal al Gobierno, pero se sabía
que muchos simpatizantes del golpe militar escapaban de los
pueblos hacia el anonimato de Madrid. Allí encontraban la
oportunidad de saltar más fácilmente a zona nacional o de en-
gancharse en los grupos de quintacolumnistas que roían desde
dentro la moral de la población y la solidez de las instituciones
del Estado. Pero, de momento, el objetivo de Fernando y de su
familia más cercana o, mejor, de lo que iba quedando de ella,
era pasar desapercibidos ante los dos individuos, de mono azul
y alpargatas, que avanzaban pavoneándose con sus armas de-
lante de los viajeros. Documentación compañeros, documen-
tación, salud... permíteme... a ver ese equipaje... está bien...
Sentado entre su madre Amparo y su tía Teresa, que se habían
quedado adormiladas, sintió miedo aunque nunca había sido
cobarde. Pero sabía que, si lo descubrían, habría firmado su
sentencia de muerte por ser de la familia que era, no estar ya
detenido o fusilado como los otros varones de la casa, y en-
contrarse huyendo en aquel tren, en vez de estar en el frente
luchando contra los sublevados.

Documentación, compañeros; documentación; documenta-

 

ción... cada vez más cerca de su asiento. Amparo ya se había

dado cuenta e, instintivamente, había apretado el brazo de Fer-
nando y le había transmitido su propia angustia. Lo miró sin
decir palabra, esperando que fuera él, a quien siempre habían
tenido por un joven listo en la familia, quien encontrara alguna
escapatoria. Fernando sabía que la madre era fuerte, aunque difí-
cilmente resistiría un nuevo golpe tan duro como los anteriores.
Vestida de negro, de falsa mujer de pueblo, parecía improbable
que un observador atento no descubriera el engaño, aunque ella
se esforzara por ocultarlo con pequeños ardides, como esconder
las manos de las miradas hostiles o calzar unos zapatones viejos
de no se sabía quién, con unas medias negras de algodón basto
que, en circunstancias normales, nunca se hubiera puesto. Vista
al paso, podría ser una viuda más de las decenas que, de uno y
otro bando, paseaban su desolación por la violenta geografía del
país. Lo más creíble en ella era la cara, descuidada a propósito
y estragada por el sufrimiento, con unas ojeras marcadas, no
ocultas bajo ningún maquillaje, y rodeada por un cabello que en
los últimos tiempos había perdido su empavonado azabache y se
había poblado de tristes vetas grises.

Los milicianos iban lentos, mientras que el cerebro de Fer-
nando se había puesto a trabajar a miles de revoluciones en
busca de una salida que, de momento, no hallaba. Documenta-
ción, compañera... ¿vas al pueblo?, no te envidiamos, nosotros
al frente a matar fascistas; pues no dejéis ni uno; por nues-
tra parte, encantados... Eran jóvenes aquellos soldados, quizá
yunteros o braceros en algún latifundio vecino que podría ser
de la familia Bravo-Deza. No tenían experiencia de guerra,
todo lo más de actividades de propaganda en la FETT o en la
CNT; por eso portaban las armas con orgullo y hablaban como
si el ir al frente de batalla les añadiera un plus de dignidad per-
sonal e incluso de atractivo ante las mujeres.

Ya se encontraban a dos asientos del suyo, interrogando a
una familia de infelices que llevaban todo el viaje sin levantar

 

ni vista ni voz con tal de preservar el anonimato. Situado entre
su madre y su tía Teresa, Fernando tenía los brazos agarrotados
por la grapa que suponían las manos de ellas aferradas cada
una a un biceps. ¿Qué hacer? ¿Salir corriendo? Eso era lo últi-
mo porque no hubieran llegado a ninguna parte distinta de la
cárcel o el cementerio. Se encontró con la mirada preocupada
de la madre que, viéndolo más preocupado que ella misma,
le susurró al oído: Déjame explicar a mí. Pero ¿qué había que
explicar? Perdonen ustedes, camaradas, pero este chico es el
único hijo que me queda gracias a gentuza como vosotros, de
la que vamos huyendo camino de Madrid... Patético. Docu-
mentación, compañera. Esto había sonado ya en el asiento in-
mediatamente anterior. Así que el destino estaba a punto de
llamar a su puerta en medio de la indiferencia general, puesto
que en el vagón reinaba el bullicio y hasta el buen humor. Y
es que muchos paisanos bromeaban con los milicianos y cru-
zaban chistes y anécdotas incluso desde asientos muy alejados,
porque los conocían o porque confiaban ciegamente en lo que
ellos representaban. Un observador atento, que sería el propio
Fernando si no anduviera tan entregado a remendar su suer-
te, hubiera descubierto enseguida, por su expresión crispada y
taciturna, quiénes eran los infiltrados como él en aquel coche
popular, repleto de gente llana y probablemente afecta a la
República, que no tenía nada que ocultar a los inspectores de
mono y alpargata.

Por fin llegaron a su banco y se lo tomaron con calma, en-
cendiendo unos cigarrillos mientras charlaban con los vecinos.
Como en el relato de Allan Poe, Fernando imaginaba que el
batir furioso de su corazón lo iba a delatar de un momento
a otro; y por si fuera poco, los dos o tres pasajeros contiguos
tenían pinta de estar encantados, llegado el caso, de echar una
mano a la autoridad popular para reducirlo y detenerlo junto
con su familia. Documentación, compañeros. La madre, que

 

llevaba los papeles en un bolso de tela, tardó en reaccionar.
Compañera que es para hoy y los fascistas nos esperan, dijo
uno de ellos echando el humo por la nariz. La madre empezó
a revolver en el bolso, mientras la tía Teresa miraba al suelo
como no queriendo saber nada, y Fernando vigilaba en ten-
sión, por si había que dar un empujón a esa gente e intentar
salir corriendo.

Entonces ocurrió el milagro. Primero, llegaron unas voces
cada vez más altas, trenzadas de avisos, amenazas e insultos;
después, aparecieron súbitamente por la puerta delantera del
vagón dos guardias civiles, instando a los milicianos a perse-
guir a los fascistas que acaban de saltar del tren, compañeros, y
se quieren escapar corriendo; y, finalmente, graznó la alarma,
seguida de un frenazo de emergencia que catapultó a los pasa-
jeros hacia adelante y estuvo a punto de dar en tierra con los
milicianos. Éstos, que habían comprendido claramente el men-
saje de los guardias, se repusieron enseguida con el vigor que
da la juventud, miraron por la ventanilla y vieron a dos hom-
bres que, después de tirarse del tren, huían llanura adelante,
arrojando tras de sí las maletas que llevaban, para correr más li-
bres. Dejaron a la madre de Fernando con la palabra en la boca
y los documentos en la mano, y salieron de estampida tras los
fugitivos, que los adelantaban ya doscientos metros, mientras
los viajeros se arremolinaban en las ventanillas para no per-
derse el espectáculo. Unos minutos después, perseguidores y
perseguidos desaparecían entre los edificios de un pueblecito,
que en el horizonte abrasado de sol más parecía el decorado
de una zarzuela que un caserío real. Varios de los presentes
dijeron haber oído algunos intercambios de disparos, pero ni
Fernando ni su madre ni su tía pudieron corroborarlo, porque
andaban todavía recobrándose del susto reciente, cada uno a
su manera. La madre y la tía, dando gracias entre comentarios
agradecidos, a la Virgen del Perpetuo Socorro; y él, pensando

 

ante todo en lo frágiles que son la libertad y la vida, pues de-
penden de coincidencias y casualidades que uno no controla.
Mientras andaba con estos pensamientos, apareció el revisor,
acompañado de la pareja de guardias, a los que estaba pidien-
do permiso para reanudar el viaje. Los civiles, con expresión
circunspecta, de gente de autoridad y responsabilidad, aunque
no tendrían más de 25 años, asintieron a los argumentos del
empleado y sin preocuparse de seguir con el control de los
pasajeros, lo acompañaron en dirección a la cabecera: Ya se
habrán encargado los milicianos de ajustarles las cuentas a esos
traidores, oyó Fernando al paso, de boca de uno de los nú-
meros. Instantes después, el tren reanudó su trote sincopado,
enfilando hacia la madrileña estación de Atocha que era su fin
de trayecto, unos 200 kilómetros más adelante.

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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