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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Lunes, 6 de diciembre de 2021

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Contagio (Contagion, 2011)

Director: Steven Soderbergh

Guión: Scott Z. Burns

Reparto: Matt Damon, Kate Winslet, Laurence Fishburne, Marion Cotillard, Jude Law, Gwyneth Paltrow, Bryan Cranston, Jennifer Ehle, Sanaa Lathan, Elliott Gould

País: Estados Unidos

Duración: 106 min

Valoración E-innova

Steven Soderbergh es un cineasta peculiar. A lo largo de su dilatada (e irregular) carrera, el director originario de Georgia ha sabido combinar con estimable acierto la cara más independiente de la industria cinematográfica norteamericana (Sexo, mentiras y cintas de video -Sex, Lies, and Videotape, 1989-), con la más absoluta e inefable comercialidad hollywoodiense (Ocean's Eleven -2001- y secuelas). Su versatilidad a la hora de afrontar proyectos está fuera de toda duda, del mismo modo que su saber hacer (la factura técnica de sus filmes es una perfecta muestra de ello).

Contagio probablemente no deje de ser un correcto ejercicio de suspense (de terror, por momentos), pero está tan bien ejecutado, posee un ritmo tan rematadamente adictivo y plantea unas cuestiones tan abiertamente incorrectas a nivel político, que creemos la hacen justamente merecedora de ser tenida en relativa consideración, no ya a nivel estrictamente cinematográfico, sino también ético.

En el fondo, el filme es un representante más del archiexplotado cine de catástrofes. Lejos queda ya su particular Edad de Oro (el Hollywood de los años setenta); hoy en día, y salvo por las continuas (y reiteradas) disertaciones sobre el fin del mundo del cineasta alemán Roland Emmerich, el género no cuenta con tanta aceptación como antaño. Contagio afronta esta realidad siendo perfectamente consciente del peso específico de este subgénero hoy en día, y lo hace con algunas apropiadas vueltas de tuerca que, no obstante, no terminan de funcionar a nivel narrativo al cien por cien.

De algún modo, el filme parece moverse cómodamente sobre la superficie que plantea su ágil guión, sin pretender profundizar en prácticamente ningún momento; parece como si los acontecimientos se sucedieran de un modo fielmente prefijado y conducido desde el preciso instante en que la cinta arranca hasta el final. Y del mismo modo, avanza sin ningún tipo de atisbo para la sorpresa, sin desligarse, siquiera por un momento, de la desafortunadamente nítida línea recta que la trama sigue desde el primer hasta el último minuto. Una previsibilidad que se manifiesta en un arma de doble filo, pues, si bien es cierto que perjudica a la profundidad de guión, a la sorpresa y a la construcción de determinados personajes (exigua a todas luces), proporciona igualmente la nunca suficientemente valorada capacidad del ritmo narrativo: los acontecimiento se suceden, de hecho, con una minuciosidad y (falsa) naturalidad tales, que poco menos que evitan el colapso narrativo cuando, de otro modo, hubiese sido inevitable.

La amenaza de una gran pandemia a nivel planetario es real y está ahí. A lo largo de la historia se han producido no pocos y devastadores pandemonios a nivel vírico. La amenaza real es hoy, sin embargo, más peligrosa que nunca: jamás ha existido sobre la Tierra un mayor número de personas; nunca ha habido una interconexión tan brutalmente descontrolada como la que nos rodea hoy en día (aviones, trenes y coches reducen la inmensidad del mundo a la mínima expresión), potenciándose de ese modo el hipotético riesgo de propagación de cualquier enfermedad contagiosa. A decir verdad, estamos en el momento propicio (y quizás necesario -no para nosotros en cuanto a personas, pero sí en cuanto a civilización o parte de la naturaleza-) de que se produzca uno de estos temidos cataclismos. El filme parte de esta premisa y desarrolla con loable intensidad todas las etapas del mismo, desde la aparición de la desconocida y mortal enfermedad de turno, hasta la creación y administración de la cura en la maltrecha población, atravesando (y este es uno de los mayores triunfos de la cinta) cada una de las etapas intermedias. Quizás un proceso demasiado amplio como para ser contenido, de manera completa, en un filme de poco más de hora y media.

Una dificultad intrínseca que Soderbergh sortea hábilmente gracias al eficiente guión de Scott Z. Burns y a la extraordinaria banda sonora compuesta por Cliff Martínez, uno de los grandes puntos a destacar del filme. La partitura electrónica de Martínez (a la estela de la magistral composición de Trent Reznor para La red social -The Social Network, 2010-) refleja a la perfección el clima de paranoia y desasosiego generalizado de la historia, potenciando esa sensación, ya de por sí pronunciada por las inquietantes imágenes de Soderbergh, y manifestándose en un apoyo fundamental sobre el que sustentar el vertiginoso montaje, uno de los elementos claves que permiten que la ambiciosa empresa de mostrar todo el proceso de la enfermedad, desde el principio hasta el final, resulte no sólo posible sino también, en cierto modo, exitosa.

Otro de los grandes puntos a favor de la película tiene que ver con las transformaciones sociales que se muestran a raíz de la expansión de la enfermedad por el mundo y sus nefastas consecuencias. Los estamentos gubernamentales, insuficientes e ineficaces ante la magnitud de la situación, poco menos que se ven reducidos a un puñado de castillos de naipes burocráticos, con problemas incluso para mantenerse a sí mismos en pie. La población, civilizada mientras haya motivos para serlo, pronto entra en la vorágine de destrucción y egoísmo inherente a su condición de meros animales, refinados, pero salvajes e individualistas a fin de cuentas, y los crímenes, actos vandálicos varios y homicidios no hacen sino aumentar de manera exponencial cuando los acontecimientos comienzan a sucederse.

Encontramos con cierta facilidad todas las caras posibles de la corrupción social, desde la que atañe a las altas clases políticas y militares, más preocupadas en proteger a los suyos valiéndose de la incalculable información que poseen que en desempeñar competentemente las funciones a las que han sido asignados; hasta la que se desata con motivo del compartimiento de esa información por parte de la prensa (encarnado en la figura del periodista interpretado por Jude Law, uno de los personajes más incoherentes y fallidos de la trama); pasando el rapto de personal científico destacado para solicitar por ellos un rescate en forma de cura; o por los robos generalizados en busca de una supuesta sustancia que palia o decrece la posibilidad de contraer la enfermedad...

El caos social, el desorden público y la bajeza moral aparecen de ese modo como la auténtica caracterización de la sociedad, su verdadero rostro toda vez que la mascarada de vida en comunidad da paso a los más primarios instintos de supervivencia. ¿Debiera sorprendernos un comportamiento tan bárbaro y trivial? ¿Acaso no debiéramos sorprendernos por lo contrario? La cuestión está ahí, y si bien el filme de Soderbergh únicamente plantea superficialmente el interrogante para proseguir con su acelerado manual del proceso de superación de una enfermedad mortal masiva, desconocida y descontrolada, las implicaciones de la misma suscitan jugosas reflexiones.

Y no hay sentimentalismo alguno. No hay lugar para ello. La frialdad se manifiesta como el contrapunto constante a lo largo de todo el metraje. Arriesgado, pero necesario para poder mantener en pie la monumental y poliédrica trama. Sólo gracias a esa distancia respecto de los hechos y a esa delimitación tan superficial de todos los personajes que aparecen en pantalla, el filme logra llegar a buen puerto, no completamente, pero si en parte.

Y es así como, si bien podemos razonar que Contagio es un interesante thriller, no demasiado convencional en cuanto a la forma, pero flagelantemente carente de originalidad en lo referente al contenido, no podemos del mismo modo obviar toda una serie de imperfecciones y aristas sin limar que entorpecen, en cierta medida, el resultado final. Resultado que, insistimos, no deja de ser un muy competente ejercicio de realización cinematográfica. Un filme que, si no lo tomamos mucho más en serio de lo que él mismo parece tomarse, funciona correctamente y garantiza algo más de hora y media de efectivo (y efectista) entretenimiento, lo cual no es poco.

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