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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Martes, 21 de septiembre de 2021

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“Medidas de austeridad” y el sentido de la democracia

Primero nos dijeron que "habíamos despilfarrado demasiado" y que, por ello, debíamos sufrir el castigo de la rebaja de nuestra calidad de vida. Después que si teníamos que vivir peor era porque "no había más remedio", que - en definitiva - era por nuestro bien. Como en aquella secuencia de esa película extraordinaria de la historia del cine español "El verdugo", de Luis García Berlanga, en la que se ve cómo el carcelero conduce al preso, con pasos débiles y vacilantes, hacia el vil garrote vil y le dice: "¡Venga hombre que es por su bien!".

 

Menos mal que eso de la pena capital ya pasó, aunque si seguimos por este camino nunca se sabe. Y, finalmente, cuando ya las consignas benevolentes no convencen a casi nadie se levanta el palo y las amenazas: Si somos malos, si no nos conformamos y protestamos, si nos indignamos o rebelamos contra la injusticia: ¡Nos intervendrán!, sin saber muy bien quiénes, ni cómo, ni porqué. Nuestra soberanía será así definitivamente violada sin derecho de réplica. Y la culpa - naturalmente - será siempre nuestra.

Pero la perversión del lenguaje - en el más puro estilo tradicional de los años 40 del pasado siglo - llega hasta el extremo de intentar confundir el significado de las palabras. Y es que cuando se habla de "austeridad" - concepto positivo donde los haya- en realidad se están refiriendo a "empobrecimiento"; de tal manera que las llamadas "medidas de austeridad" no son otra cosa que "medidas de empobrecimiento general de la población".

La austeridad implica hacer un mejor uso de los recursos, permitir su disfrute de manera inteligente, ahorrando - precisamente - en lo que realmente no se necesita y no en lo imprescindible: trabajo, vivienda, sanidad, educación. Es una idea que garantiza la viabilidad de las mejores condiciones de vida sin deterioro de otras posibilidades. Es racionalizar, actuar de la manera más propicia en la búsqueda - ¡siempre! - de la mejora continua del bienestar de todos. La austeridad va de la mano de la sostenibilidad, del respeto por el medio ambiente, de la innovación para crear alternativas que mejoren la calidad de vida de los ciudadanos. La idea de austeridad va implícita en la de crecimiento.

Pero más allá del uso de los lenguajes totalitarios, de los que tanto hemos sufrido y aprendido a lo largo de la historia reciente de Europa, el mayor problema es el de la quiebra del sentido de la democracia que no es otro que el de garantizar las condiciones de vida de las gentes de una Nación en condiciones de dignidad.

Y es que no se trata sólo de ganar en "la liga nacional" de las elecciones - aunque hay quien vota con ese criterio - sino de que el gobierno del pueblo y por el pueblo, aquella proclamación de la burguesía francesa revolucionaria que inspiró la democracia americana, sea, realmente, para el pueblo y no "en contra" del pueblo.

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