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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Martes, 25 de enero de 2022

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Las cuatro palabras del amor

Claudio Marrucci (Roma 1986) es uno de los jóvenes escritores más interesantes del panorama europeo. Empezó a escribir a los 14 años, gracias a la ayuda de su profesora de Lengua en un instituto a las afueras de Roma. Por una casualidad de la vida, sus pequeños relatos que animaban las páginas de la revista del instituto, fueron leídos por Antonio Veneziani, un importante poeta italiano que pertenece a la Scuola Romana di Poesia (la misma a la que pertenecen Corazzini, Gozzano, Palazzeschi, Penna, Pasolini, Morante, Bellezza o Paris).

 

De este modo, Claudio publicó su primer libro de relatos a los 16 años, Una Sorda Rabbia. Desde entonces ha publicado relatos en varias antologías (Peccati Veniali, La manutenzione della carne, Qualcuno ha morso il cane, Pronti per Einaudi, Il rosso e il nero, Buon Natale e felice anno nuovo). Las bibliotecas de las universidades de Stanford y Yale han comprado su monografía Antonio Veneziani, la cual ha obtenido éxito internacional.

En los últimos años, Claudio ha ideado y co-dirigido una revista internacional de arte y literatura, Ciclostile, que cuenta con la colaboración de importantes personajes de la cultura italiana e internacional (Toni Morrison, Elie Wiesel, Gore Vidal, Pedro Almodóvar, Edmund White, Sindiwe Magona, Ko Un...)

El relato que aquí presentamos ha sido publicado en Italia en la antología Pronti per Einaudi. Renzo Paris, en su crítica escrita en las columnas del diario Liberazione (el periódico oficial del partido Rifondazione Comunista), lo define como uno de los relatos más poderoso escrito en Italia por un joven menor de 25 años en los últimos 10 años.

 

Las cuatro palabras del amor

Cada vez que entro a tu cuarto escucho tu voz gutural escupir cuatro palabras:

¾¡Puta! ¡Zorra! ¡Guarra! ¡Ramera!

Las repites tan a menudo que pienso que ya no tienen ningún sentido para ti.

Según los médicos, tan ocupados en explicar la vida y la muerte con irrefutables datos científicos, lo que te frio el cerebro y te ha obligado a repetir estas cuatro palabras cada vez que tomas aire ha sido una serie de micro ictus cerebrales.

La teoría, claramente convincente, no ha logrado explicar la realidad o, más bien, explicarla completamente. Si hacemos caso a los especialistas, ahora yo no estaría observando a mi abuelo, sino el cadáver de un hombre que murió hace al menos veinte años.

Este apego a la vida probablemente deriva de una particular virtud de tu cuerpo. Una característica, o combinación de características, que hacen confesar a los científicos que en la vida todo es posible y nada es concluyente.

Derrumbadas, como un castillo de naipes, mis seguridades científicas, sigo preguntándome acerca del significado de las cuatro palabras.

¿Y si los médicos hubiesen fallado de nuevo? ¿Y si tú fueses consciente de estar maldiciendo?

Entonces tú, el ser que se apega a este mundo, lo haría por el placer de blasfemar contra la vida o, mejor dicho, contra la mujer, que es el origen de la vida.

Sonrío complacido por esta interpretación que te transforma de santo en demonio.

En efecto la abuela lo decía, bueno, gritaba a los cuatros vientos que tú eras un sucio asesino. Nadie la creyó. Tú eres listo e incluso un magnífico actor.

Solo yo hacía caso a mi pobre abuela. Me parecía natural que un loco feo y viejo como tú, que huele a orina y se mancha de mierda cada media hora, hubiera matado a alguien. Si no, ¿por qué acabaría de esta manera?

Recuerdo que por la tarde la abuela y yo echábamos las cartas del tarot para descubrir si tú, astuto y pseudodesequilibrado, entraría a nuestro cuarto para pegar y robar a Cosetta. Aunque todo eso hubiera ocurrido, yo no tenía que tener miedo porque a pesar de que fueras un criminal, nunca me tocarías un pelo. Los nietos son sagrados para todos los abuelos, incluso para uno cobarde y demente como tú.

¾Y es por eso por lo que lo tienes que tratar con respeto¾me repetía la abuela Cosetta.

Recuerdo la puerta de la habitación de la abuela, cerrada y atrancada con cuatro candados; el sofá-cama encajado en el marco de la puerta. Así nadie podía entrar ni salir ni siquiera para hacer pis. De hecho, me aguantaba hasta la mañana.

Recuerdo cómo unas voces desconocidas penetraban en el cuarto en mitad de la noche. Putas, zorras, guarras, rameras, tú les habías pagado para que pegaran y torturaran a Cosetta.

Recuerdo mi responsabilidad como nieto de proteger a la abuela y custodiar un secreto que solo los nietos pueden guardar.

Todas las madres son malas y confían solo en las apariencias. No  quieren creer en la realidad y, claro, no creen en las abuelas.

Recuerdo las manos de Cosetta. Manos enormes, de lavandera.

Recuerdo sus manos cuando se despertaba sobresaltada en plena noche.

Primero le agarraban la cara, después el torso y, por último, le rozaban el sexo. Cuando ocurría, la abuela estaba convencida de que le habían torturado con la llama oxhídrica, como hacían los alemanes con las mujeres de los partisanos.

¾¿Yo? Yo no he visto a nadie.

¾Mentiroso, tú también eres uno de ellos.

Y me golpeaba con sus manos enormes, gruesas, pesadas, cargadas de joyas.

Después venía a por ti y te golpeaba. Te pegaba una paliza mientras tú estabas allí, fingiendo dormir, quieto en la cama, esperando a que la furia se aplacase. Y cuando se tranquilizaba y volvía a dormir, una extraña sonrisa se le dibujaba en los labios. Entonces, solamente entonces, yo podía ir al baño. En realidad iba a golpearte porque tú, feo, cabrón, habías logrado engañarme otra vez. Habías aprovechado un momento de descanso, con los ojos cerrados, para robar y violar a mi abuela. Y hacerle sentirse sola, contra ti, contra el mundo, contra mamá, contra todos los que no le creían. Pobre Cosetta.

¡Cuánto he querido a la abuela Cosetta! Un amor puro e ingenuo que solo los niños y los nietos pueden ofrecer. Se la llevó el año pasado un infarto. Los médicos le habían ordenado adelgazar pero ella, golosa, seguía pegándose atracones. Se marchó durmiendo, sin sufrir, porque  esa es la muerte de los justos. La abuela Cosetta nunca mató a nadie. La abuela Cosetta siempre ha sido mejor que tú.

Recuerdo a mi madre en el entierro de Cosetta. No dejó escapar ni una lágrima.

¾Nos llevábamos mal. La abuela pensaba que yo la quería reemplazar, que yo quería ser la dueña de la casa¾dijo.

Cuando pregunté a mamá porque tú y la abuela no os habíais divorciado, contestó:

¾En sus tiempos no era lo habitual y, ahora en la vejez, cada uno esperaba la muerte del otro.

Me acerco a tu cama. Te miro a los ojos mientras tú sigues repitiendo esas cuatro palabras: 

¾¡Puta! ¡Zorra! ¡Guarra! ¡Ramera!

¾¿No será por cabezonería por lo que has querido vivir tanto?

Tus ojos me observan. "Sí, está. Todavía está", me repito más que nada para convencerme a mí mismo.

¾¿Entonces por qué no te mueres?

Te acaricio una mejilla. Te beso la frente. Involuntariamente te descubro un brazo. Está lleno de cardenales y heridas abiertas.

¾¡Mierda! La abuela tenía razón. La abuela siempre tiene razón. Mamá la ha remplazado.

¿Te he querido? Te he respetado, siempre.

El respeto que un nieto debe a su abuelo.

Me ha bastado con susurrar "la ramera está muerta" para que en tus labios se dibujara una sonrisa.

Has cerrado los ojos y te has ido.

La almohada, ambos lo sabemos, ha sido una auténtica oración. La última oración de un abuelo y su nieto.

 

[Italiano]

Le quattro parole dell'amore

Claudio Marrucci (Roma 1986) è uno dei giovani scrittori più interessanti del panorama europeo. Ha iniziato a scrivere a 14 anni, grazie alla aiuto della sua professoressa di lettere, in un istituto alla periferia di Roma. Per le casualità della vita, i suoi piccoli racconti che animavano le pagine del giornalino scolastico, sono state lette da Antonio Veneziani, un importante poeta italiano che appartiene a la Scuola Romana di Poesia (la stessa di  Corazzini, Gozzano, Palazzeschi, Penna, Pasolini, Morante, Bellezza, Paris). Claudio pubblica, così, il suo primo libro di racconti a 16 anni, Una Sorda Rabbia. Da allora pubblica racconti in varie antologie (Peccati Veniali, La manutenzione della carne, Qualcuno ha morso il cane, Pronti per Einaudi, Il rosso e il nero, Buon Natale e felice anno nuovo). La sua monografia Antonio Veneziani ha ottenuto un successo internazionale, venendo acquistata anche dalle biblioteche di Stanford y Yale.

Negli ulti mi anni, Claudio ha ideato e co-diretto una rivista internazionale di arte e letteratura, Ciclostile, che vede la collaborazione di importante personaggi della cultura italiana e internazionale (come Toni Morrison, Elie Wiesel, Gore Vidal, Pedro Almódovar, Edmund White, Sindiwe Magona, Ko Un..)

Il racconto che proponiamo è stato pubblicato in Italia nell'antologia Pronti per Einaudi ed è stato recensito da Renzo Paris dalle colonne del quotidiano Liberazione (organo ufficiale del partito Rifondazione Comunista), come uno dei racconti più potenti scritti in Italia da un under-25 negli ultimi 10 anni.


Le quattro parole dell'amore

Ogni volta che entro in camera tua, ascolto la tua voce gutturale sputare quattro parole:

<>

Le ripeti tanto spesso che penso non abbiano più alcun significato, per te.

Secondo i dottori, notoriamente impegnati a spiegare la vita e la morte con inoppugnabili dati scientifici, sono stati una serie di microictus celebrali a friggerti il cervello e a obbligarti a ripetere queste quattro parole connaturate al respiro.

La teoria, sicuramente convincente, non è riuscita però a spiegare la realtà. O almen.o, a spiegarla fino in fondo. A dar retta ai professori, adesso non starei osservando mio nonno, ma il cadavere di un uomo, morto da almeno vent'anni.

Questo tuo attaccamento alla vita, probabilmente, deriva da una particolare virtù del tuo corpo. Una caratteristica, o combinazioni di caratteristiche, che fanno confessare agli scienziati che nella vita tutto è possibile e nulla è determinabile.

Crollate, come un castello di carte le mie sicurezze scientifiche, continuo a interrogarmi sul significato delle quattro parole.

E se i medici avessero di nuovo sbagliato? E se tu fossi consapevole di imprecare?

Allora, il tuo essere attaccato a questo mondo, deriverebbe dal piacere di bestemmiare la vita. O meglio, la donna che è l'origine della vita.

Sorrido, compiaciuto per questa interpretazione che ti trasforma da santo in dannato.

In effetti, nonna lo diceva, anzi, lo gridava ai quattro venti che eri uno sporco assassino. Nessuno le ha creduto. Tu sei furbo, e anche un ottimo attore.

Solo io davo retta alla povera nonna. Del resto un demente brutto e vecchio come te, che puzza di piscio e si smerda ogni mezz'ora, deve aver ucciso per lo meno qualcuno, se no perché sarebbe finito così?

Ricordo che la sera nonna e io facevamo i tarocchi, per scoprire se tu, astuto, fintosquilibrato, saresti entrato in camera nostra per picchiare e derubare Cosetta. Anche se tutto ciò fosse accaduto, io non dovevo aver paura. Per quanto fossi uno sporco criminale, non mi avresti mai sfiorato un capello. Perché i nipoti sono sacri per tutti i nonni, anche per un vigliacco e delinquente come te. <>, mi ripeteva nonna Cosetta.

Ricordo la porta di camera di nonna, sprangata e inchiavardata da quattro lucchetti. Il divanoletto incastrato fra i battenti. Così nessuno poteva né entrare né uscire, nemmeno per fare pipì. Infatti la tenevo fino al mattino.

Ricordo voci sconosciute penetrare la stanza nel cuore della notte. Puttane, zoccole, troie, mignotte, tu le avevi pagate perché picchiassero e seviziassero Cosetta.

Ricordo la responsabilità di io nipote di proteggere la nonna e di custodire un segreto che solo i nipoti possono tenersi.

Le mamme sono tutte cattive e si fidano solo delle apparenze. Non vogliono credere alla realtà. E non credono certo alle nonne.

Ricordo le mani di Cosetta. Mani enormi, da lavandaia.

Ricordo le sue mani, quando si svegliava di soprassalto, a notte fonda.

Prima le agguantavano il viso, poi il dorso, alla fine le sfioravano il sesso. Quando succedeva, nonna era sicura che l'avessero torturata con la fiamma ossidrica, come facevano i tedeschi alle donne dei partigiani.

<>

<>

E mi colpiva con le sue mani enormi, grosse, pesanti, cariche di gioielli.

Poi veniva da te e ti menava. Ti picchiava a sangue. Mentre tu eri lì a fare il fintotonto, a giacere inerme sul letto, aspettando che la furia si placasse. E quando si quietava e tornava a dormire, uno strano sorriso le si allargava sulle labbra. Allora, solo allora, potevo alzarmi per andare al cesso. In realtà, venivo a picchiarti. Perché tu, brutto mascalzone, eri riuscito a farmela ancora una volta. Avevi approfittato di un momento di riposo, di occhi chiusi, per derubare e stuprare mia nonna. E farla sentire sola, contro di te, contro il mondo, contro mamma, contro tutti quelli che non le credevano, povera Cosetta.

Quanto ho amato nonna Cosetta! Un amore puro e totale che solo i bambini e i nipoti possono offrire. Se n'è andata l'anno scorso, stroncata da un infarto. I dottori le avevano prescritto di dimagrire. Ma lei, golosa, continuava ad abbuffarsi. Se n'è andata dormendo, senza soffrire. Perché questa è la morte dei giusti. Nonna Cosetta, in fondo, non ha mai ucciso nessuno. Nonna Cosetta è sempre stata migliore di te.

Ricordo mia madre al funerale di Cosetta. Non ha versato una lacrima. Ha detto <>

Quando ho chiesto a mamma perché tu e nonna non avete divorziato, lei ha risposto:

<>

Mi avvicino al tuo letto. Ti guardo negli occhi, mentre continui a ripetere quelle quattro parole.

<>

<>

I tuoi occhi mi osservano. <> mi ripeto, anche per autoconvincermi.

<>

Ti carezzo una guancia. Ti bacio la fronte. Involontariamente ti scopro un braccio. È pieno di lividi e ferite aperte.

<>

Ti ho mai amato? Ti ho portato rispetto, sempre.

Il rispetto che un nipote deve al proprio nonno.

Mi è bastato sussurrare <> perché sulle tue labbra si allargasse un sorriso.

Hai chiuso gli occhi e ti sei lasciato andare.

Il cuscino, lo sappiamo entrambi, è stata una autentica preghiera, l'ultima preghiera di un nonno e un nipote.

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