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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Lunes, 6 de diciembre de 2021

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El hombre que mató a Liberty Valance (The Man Who Shot Liberty Valance, John Ford, 1962)

Quizás pueda parecer temerario por mi parte afirmar que El hombre que mató a Liberty Valance (The Man Who Shot Liberty Valance, 1962), de John Ford, sea el mejor western de la historia. Pero sólo quizás. Y aun en el supuesto que de no lo fuera, lo que es indudable de veras es que nos encontramos ante uno de los más magistrales ejercicios fílmicos que el cine norteamericano nos ha ofrecido. Una obra cumbre en la historia del séptimo arte que, gracias a unas espectaculares interpretaciones lideradas por tres pesos pesados como John Wayne, James Stewart y Lee Marvin, y secundadas de manera reseñable por el incuestionable pulso narrativo de John Ford, aglutina no pocos valores morales a un grado y profundidad pocas veces visto en la gran pantalla.

 

El hombre que mató a Liberty Valance es, por encima de todo, una enorme radiografía sobre la naturaleza humana y sus más grandes dosis de epicidad: un mosaico imperecedero de profundas y desoladoras emociones. Y, cómo no, un ejemplo de cine con valores. Una obra maestra por la que todos los que hemos tenido ocasión de verla nos hemos visto brutalmente sacudidos y, lo que es más revelador, hemos quedado heridos para siempre.

La grandeza del filme me atrevería a decir que reside fundamentalmente en dos elementos: el magnético guión de James Warner Bellah y Willis Goldbeck (basado en una historia de Dorothy M. Johnson) y las inmortales interpretaciones del terceto protagonista anteriormente reseñado. Un reparto de ensueño conformado por tres de las más grandes figuras del western en particular y del celuloide en general, juntas a la órdenes nada menos que de John Ford quien, dicho sea de paso, no ofrece en este filme su mejor cara. Pero no lo necesita, pues nos encontramos ante una obra con una estructura y unas formas mucho más cercanas al teatro que al cine.

La acción queda prácticamente supeditada a los personajes, y no son pocos los escenarios interiores y las escenas basadas en los diálogos entre los mismos. Una concepción que impide, como hemos dicho, un portentoso despliegue a nivel visual por parte de Ford. Sin embargo, no sería de recibo negarle a éste una cualidad que en El hombre que mató a Liberty Valance queda claramente evidenciada: su asombroso pulso narrativo. El filme funciona como un auténtico reloj suizo en este sentido: la presentación de los personajes, el drama que persigue a cada uno de ellos, la elegancia de los conflictos o la constante épica latente en cada uno de los planos. Épica que, dicho sea de paso, logra transformar el resultado final en una obra absolutamente crepuscular y devastadora, ejemplificada en la figura del mítico Tom Doniphon, interpretado por el no menos legendario John Wayne. Una elección que para nada es baladí.

John Wayne es por méritos propios el gran nombre propio cuando de western se habla: el prototipo de vaquero del salvaje oeste. Un actor que cuenta en su haber con decenas de títulos sobre la temática, y que más allá de ello, es responsable directo de que cintas como El Dorado (1966), de Howard Hawks; Centauros del desierto (The Searchers, 1956), de John Ford; Río Rojo (Red River, 1948), de Howard Hawks o La diligencia (Stagecoach, 1939), de John Ford  sean consideradas como verdaderos clásicos en la historia del cine.

Wayne es el protagonista absoluto del western, y en El hombre que mató a Liberty Valance es el fiel representante de los valores de la vieja generación de hombres del oeste, de los intrépidos y valientes pistoleros. Una generación que choca frontalmente con los nuevos tiempos que están comenzando a imponerse, donde más allá de las pistolas y los enfrentamientos cuerpo a cuerpo, va ganando terreno el poder de la palabra, representado en las figuras del periodista interpretado por Edmond O'Brian, pero sobre todo por Ransom Stoddard, el abogado al que James Stewart da vida.

Se trata de un choque cultural en toda regla: el de los viejos y férreos valores con los de los nuevos tiempos. Conflicto en el que saldrán airosos los nuevos valores, sí, pero con tantos matices que realmente no puede asegurarse fehacientemente que así sea. Y no puede serlo precisamente porque el gran hecho heroico que realiza Stoddard al matar a Liberty Valance ni siquiera lo ha consumado él. Los cimientos del que será futuro gobernador norteamericano están edificados sobre el salvaje oeste, sobre los hombres del pasado. Y concretamente sobre los hombros de una persona: Tom Doniphon, que sacrificó todo lo que tenía en el mundo para conducir a Stoddard hacia el camino de la política y encumbrarle, conocedor cómo era de que su tiempo ya había tocado a su fin.

Así, en una magistral secuencia de frustración infinita somos testigos de cómo Doniphon incendia la habitación que estaba construyendo a su prometida en un acto de rabia sin parangón. Y con ello no sólo está enterrando su futuro, sino que está poniendo fin a toda una época, a todo un caduco conjunto de valores que habrán de ser sustituidos por Stoddard y los que le sigan. La densidad dramática del personaje interpretado por John Wayne alcanza cotas supra-fílmicas y ofrece instantes de desolación aún hoy no superados. Su desgarradora caída a los infiernos es suficiente para desmontar al más valiente. Ver a John Wayne, nada menos que al más duro de entre los duros, desmoronarse como en este filme lo hace hiela la sangre sin demasiada dificultad. Y más aún si tenemos en cuenta el imponente acto de sacrificio que está llevando a cabo, no sólo de salvar la vida a Stoddard, sino de hacerlo en la sombra, oculto de toda mirada y sin que nadie lo sepa jamás y, lo que es aún peor, entregándole a su prometida al hombre representante de los nuevos tiempos. El sacrificio de los sacrificios. Sacrificio que sólo dos personas conocen en toda su dimensión: el propio Stoddard y Hallie, la mujer de los sueños de ambos hombres.

Cuando el hombre que es conocido por haber matado a Liberty Valance realmente no mató a Liberty Valance comenzamos a tomar consideración de la verdadera magnitud conceptual de la obra de John Ford. Héroes que en realidad no son héroes; y valientes cuyos actos son ocultados por el más absoluto de los olvidos; personajes atormentados hasta límites inimaginables y atrapados en una espiral de autodestrucción permanente... Mitos con pies de barro que sirven para erigir la sociedad de los nuevos tiempos, cimentada en endebles soportes y plagados de mentiras y desazón. Las certezas dejan de serlo y lo que se nos ofrece no es más que un desolador paraje crepuscular plagado de antihéroes y almas angustiadas. Esto no es un western cualquiera. No puede serlo.

El hombre que mató a Liberty Valance es uno de esos escasos filmes que logran dejar una huella imborrable en el espectador. Un poderosísimo drama de personajes que atrapa al mismo tiempo que conmueve por su enorme magnetismo y sus intensos tintes de tragedia. Eleva la categoría del western hacia límites desconocidos por aquel entonces y otorga a los personajes una densidad prácticamente sin precedentes. No se trata de una película recomendable. Desde luego que no: es sencillamente de obligado visionado. Tan trascendental como memorable. Es cine en su máxima expresión, en su más alta pureza.

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