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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Lunes, 27 de junio de 2022

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Alma perdida

El suplicio ha terminado; sus sufrimientos han concluido para siempre. Un velo de tierra cubre su dulce cuerpo y no conoce el dolor. No puede ser ya objeto de compasión; debemos reservar eso para los desdichados que le sobreviven.

MARY SHELLEY, FRANKESTEIN O EL MODERNO PROMETEO

 

 Comer se volvió mal visto entre nosotras. Era como matar lentamente a mi padre.

 Cuando pudimos conseguir el millón y lo depositamos en la cuenta bancaria de los ladrones de almas, ocurrió lo peor. Los secuestradores nos enviaron una caja pequeña, en cuyo interior había una rata gris junto a una carta donde informaban que aumentaron la cuota por el rescate. Ya no era un millón, sino quince millones.

No pudimos hacer nada. Absolutamente nada. Todo lo que hicimos no tenía ningún valor ya.  Solo nos quedamos con esa rata gris. Era lo único que quedaba de mi papá.

A partir de ese momento, la rata, a la que dejamos de decir rata se llamó Padre.

Padre vivió el resto de sus días en una jaula con todas las comodidades posibles que pudiera tener. Comida, una pequeña rueda para ejercitarse y mucha agua.

Cada noche, al regresar a casa, yo y mis hermanas nos sentamos alrededor de lo que queda de nuestra casa, y acariciamos a Padre. Ahora no es él quien nos cuenta historias antes de dormir, sino mis hermanas, que ahora le hablan y les cuentan las cosas relevantes del día.

Al fondo, puedo ver a mamá observándonos, con el semblante triste, y una larga lágrima recorriendo su rostro. No dice nada. Hace mucho tiempo que no lo hace, al igual que Padre.

Yo también comienzo a perder la capacidad de decir algo con el paso de los días. Observo a mis hermanas hablar con Padre y como poco a poco sus voces se vuelven indistinguibles, hasta que se convierten en el más puro silencio. Yo también me retiro y me recuesto en mi cama, donde no puedo dormir.

 

***

-Un millón por tu padre, si es que quieres verlo de nuevo -dijo la voz grave del otro lado de la línea, antes de cortarse definitivamente y dar lugar al silencio más aterrador que he experimentado en mi vida.

¿De dónde y cómo iba a sacar yo un millón y en el tiempo que exigían los secuestradores? ¡Estaban locos! ¡Siempre lo han sido! Secuestran a un familiar y para su rescate piden una cantidad inconseguible de dinero en un tiempo ridículamente corto. La mayoría de las veces esto termina en tragedia y la persona secuestrada jamás vuelve con su familia.

Me angustia pensar que no podré verlo nunca más, y que todo el esfuerzo que haga, junto con mi familia y mis amigos, será completamente inútil.

Ya sucedió con el esposo de mi prima Ana Laura, que fue secuestrado al salir de su trabajo y encontraron su cuerpo a las pocas semanas en un lote baldío, irreconocible y devorado por una muchedumbre de larvas de mosca.

También ocurrió con Roxana, una compañera de carrera, que fue secuestrada y pidieron por ella quinientos mil. Su familia hipotecó todas sus pertenencias, y lograron tener la cantidad de dinero que solicitaban, pero cuando fue la fecha límite del pago, aumentaron la cifra.

-Si quieren ver a su hija van a tener que darnos setecientos mil -dijeron los secuestradores.

-¡Habíamos quedado en un trato, no pueden cambiarlo a último momento! -alegaron los padres de Roxana.

-¿Quieren ver a su hija otra vez? Paguen lo que pedimos, o nunca la verán completa.

O nunca la verán completa... eso les dicen a todos.

Los familiares de Roxana, y sus amigos, yo incluida, supimos lo que es ver a alguien que se quiere en ese estado. Un día llegó una pequeña caja de cartón con un mensaje escrito en una caligrafía violenta:

"Aquí tienen un pedacito de su Roxana, si la quieren enterita, ya saben, colaboren. Si no colaboran, confórmense con esto".

 

***

Un millón por tu padre... si es que quieres verlo de nuevo, retumba de nuevo esa maldita voz, esas malditas palabras...

... si es que quieres verlo de nuevo, si es que quieres verlo de nuevo, si es que quieres verlo de nuevo...

¡Claro que quiero verlo de nuevo! ¡Es mi padre! ¡Lo quiero, lo quiero de vuelta, lo quiero con mi mamá! ¡Lo quiero haciendo las payasadas que sabe hacer y contándoles cuentos a mis hermanas antes de dormir! ¡Lo quiero de nuevo en mi vida, poder abrazarlo una vez más y sentir sus brazos!

Pero... pero... ¡¿De dónde diablos vamos a sacar un millón?!

Como con la familia de Roxana, nosotros lo hipotecamos y lo vendimos todo. Nos quedamos en la ruina para poder conseguir el dinero. Abandoné la escuela y junto a mis hermanas y mi madre trabajamos en todos los empleos posibles. Hubo días en los que no comimos absolutamente nada. Porque la comida costaba dinero, y el dinero perdido se me figuraba que era mi padre muriendo.

 

***

Al abrir la caja, pudimos ver, angustiados, lo que contenía.

-Es una rata- dijo el padre de Roxana, explotando en llanto mientras sostenía en sus manos a la rata y la acariciaba con exagerada devoción.

-¡Mi pequeña, mi Roxi! ¿Qué te han hecho? -sollozó la madre de Roxana, destrozada, casi desmayándose.

Yo no pude decir nada ante tal escena. Era la primera vez que veía algo así. Lo había escuchado muchas veces en casos similares, a veces llegaban ratas, otras veces gatos y en ocasiones muy raras pájaros.

-Parte de mi niña está aquí -dijo el padre, arrodillado, derrotado, con sus ojos rojos y sumergidos bajo un verdadero océano de lágrimas-, mi pequeña ha sido despedazada y uno de sus pedazos es esta rata.

 

***

Al mes, la familia de Roxana pudo conseguir más dinero, no la cantidad completa que había impuesto la banda de secuestradores, sino más bien un anticipo, por el cual recibieron otra caja con otra rata. Ahora había, evidentemente, dos ratas.

-Ya casi, ya casi te tenemos en casa, mi amor -dijo el padre de Roxana, mientras colocaba con sumo cuidado a la segunda rata en una gran pecera que hacía de terrario para los roedores.

Luego fue a la cocina y trajo algo de comida para los pequeños animales.

El papá de Roxana había dejado de hacer todas las cosas que consideraba superfluas y concentró toda su energía en trabajar hasta la extenuación. Comenzó a quebrarse como persona, todo para atender a tiempo completo a las ratas. No dejaba que nadie se acercara. Las ratas eran su máxima preocupación. De hecho, por eso mismo tuvo serios problemas con su esposa y con nosotros.

-¡Aléjense de las ratas, quiero lejos esos malditos celulares, pueden matarlas de un infarto! -nos dijo una vez a nosotras, las amigas de Roxana, cuando Amelia, otra amiga, sacó su celular y se topó con el inestable y muy deteriorado temperamento del padre.

A partir de ahí, frecuentamos menos veces a los padres de Roxana. Era comprensible. Si algo les pasaba a las ratas, si se enfermaban o alguna moría, era el fin para esa familia, era la muerte de Roxana misma.

 

***

Pasaron otras semanas, en las que la familia de Roxana pagó otra cuota y recibió otra caja con otra rata. Así hasta que consiguieron 10 ratas en total. A este punto ya no tenían casi nada de donde sacar dinero. Estaban endeudados y prácticamente en la ruina.

-¿Ruina? -gritó el papá de Roxana, furioso -¡Ruina! ¡Esto no es ninguna ruina! ¡para nada! ¡Ruina es no tener a nuestra hija! ¡Por mí que nos quiten la casa, los muebles, los autos, que me quiten mi empleo, que me quiten mi propia vida! ¡Daría mi propia vida solo para que Roxana vuelva! ¡Mi vida no vale nada ya, no tiene sentido, maldita sea!

 

***

Llegó el momento, en que ya no había nuevas ratas. Habían llegado todas. Ahora lo que llegó fue el cuerpo de Roxana, en un refrigerador relleno de hielos.

Los padres conservaron el cuerpo durante días, con todos los cuidados médicos posibles, mientras contactaban desesperadamente a algún médico resucitador.

 

***

-Señores, entiendo su desesperación. Quiero que entiendan que el proceso es muy delicado. Si bien es posible traer de nuevo a su hija, la intervención es demasiado delicada y puede que Roxana no termine siendo ella misma. Hay grandes posibilidades que, debido a los malos tratamientos que sufrió su cuerpo, se produzcan efectos secundarios-dijo el médico resucitador.

-No me importa. Ya nada me importa. Quiero a mi hija. ¿Entiende? -aseveró furioso el padre.

-Está bien. Haremos la operación, bajo este riesgo. Trataremos de hacer lo mejor posible nuestro trabajo y garantizar la mayor estabilidad en el regreso de su hija.

 

***

Roxana despertó, pero no era ella. Justo lo que había dicho el médico.

Ella mostraba rasgos de severo retraso mental, como si lo hubiera olvidado todo. Además, estaba paralítica y no podía mover ninguna de sus extremidades. Apenas si podía balbucear sonidos indistinguibles.

-Tal parece que muchas de las redes neuronales de su hija se perdieron, o murieron en el proceso. Es algo que suele ocurrir en estos casos tan delicados. Ella está destinada a pasar el resto de su vida así -dijo el médico.

-Es mi hija, viva... -dijo el padre, tomando las manos de Roxana, llorando, y besando sus dedos descontroladamente, hasta desfallecer en el suelo de tristeza.

A partir de ese momento la vida de la familia de Roxana había comenzado un gradual, pero inminente proceso de deterioro. Roxana era la luz de esa familia, y a pesar de haber vuelto, ella ya no estaba. Se podía ver el reflejo del mundo que se formaba sobre la superficie de sus ojos. Esa imagen era cada vez más opaca y distante. Ya no existía. Esa Roxana era otra Roxana.

 

***

La operación se hizo un caluroso día domingo en el hospital clínico de la ciudad. Las ratas fueron transportadas todas por separado en cajas separadas y numeradas, del 1 al 10; y el cuerpo fue trasladado en el refrigerador.

El equipo del médico resucitador, veinte especialistas en neurocirugía, tomaron con cuidado cada una de las ratas y extrajeron de ellas sus cerebros, los cuales fueron colocados en recipientes con un líquido que lograba la supervivencia de estos fuera del cuerpo de los animales.

-Recuerde, el alma de la paciente está en cada una de estas ratas, si algo sale mal con el tratamiento de cualquiera de cada uno de estos pequeños cerebros, la operación puede darse por perdida -le dijo el médico resucitador a su ayudante.

-Lo sé, doctor, hago lo mejor que puedo -respondió el ayudante, mientras suspendía el cerebro de la primera rata en el líquido.

Al cabo de unos minutos, todos los cerebros estaban colocados en estos recipientes.

-Doctor, está procediendo la reacción de desacoplamiento del tejido neuronal. El cerebro de rata pierde su forma -dijo el ayudante, al observar cómo los cerebros de las ratas se disolvían en el medio líquido, y luego se formaban dos capas, una superficial, de color blanquecino, que correspondía a las células de la rata en sí, y en el fondo, una capa ligeramente rosácea, que comprendía células neuronales humanas: eran las conexiones neuronales de Roxana.

-Perfecto, esperamos unos minutos a que la reacción de compatibilidad neuronal se concluya, para poder rescatar las neuronas de la paciente e implantarlas -dijo el resucitador.

Las neuronas, que podría decirse eran el alma de Roxana, fueron extraídas del medio líquido y depositadas en un molde de cerebro, es decir, en una copia exacta del interior de la cavidad craneana de Roxana, hecha de gel. Ahí se depositaría el líquido con las neuronas humanas. Al cabo de unos meses, bajo el riguroso cuidado de los médicos, el cerebro de Roxana, sus recuerdos y su personalidad volverían a manifestarse, con todas sus redes neuronales restablecidas. En esto consistía resucitar.

 

***

Ahora era mi padre. Secuestrado al salir de casa. Él solo iba a comprar unas cosas en la tienda del barrio, cuando fue capturado por unos encapuchados. No pudimos hacer nada. A la semana nos llamaron. Esa maldita llamada. Esa maldita voz.

Un millón por tu padre...

Esas palabras resonaron en mi cabeza toda la noche. No pude dormir. Ese día ni toda la semana.

Imaginé a mi padre siendo decapitado para extraerle su cerebro, sus recuerdos, y su personalidad dentro del cerebro de diez o quince ratas, luego de innumerables procesos químicos, deficientemente elaborados con reactivos caducos y material infectado en un laboratorio clandestino.

Este procedimiento, capturar la mente de la víctima y repartirla entre varios cerebros de animales, es una estrategia bastante eficiente para traficar con los secuestrados y pedir mayores cantidades de dinero. Antes, mucho antes de que se inventara el trasplante de redes neuronales, los secuestradores cortaban partes de sus víctimas y se las enviaban a sus familiares como advertencia; sus seres queridos lo daban todo, se deshacían de todo, con tal de tener a esa persona de vuelta. Con la estandarización en los métodos de regeneración de huesos, músculos y piel, todo eso ya no tiene mucho sentido, porque se pueden rehacer nuevas extremidades o un cuerpo completo en cuestión de semanas. Sin embargo, con el cerebro se complica todo, principalmente porque si bien se puede transferir la memoria, si las redes neuronales se dañan, estas no pueden regenerarse y todo lo que fue el individuo, su esencia principalmente, se pierde.

En este caso, el cuerpo de la víctima queda relegado a un plano secundario y ya no se mutila. El cuerpo es un anzuelo para procurar que los familiares extorsionados cedan ante las exigencias de los secuestradores, que dan a entender que ese cuerpo está en condiciones de volver a albergar la mente que le daba vida. Mente que es seccionada y transportada en un montón de ratas, lo que representa muchas ventajas para los criminales, principalmente, porque las personas pueden gritar y pedir ayuda, las ratas no.

 

***

Al caminar por la avenida México y Miñón, en Tepic, veo el cartel llamativo de una tienda de mascotas. Entro, por curiosidad y en una gran galería de peceras, hay distintos tipos de reptiles. Iguanas, geckos y serpientes.

Veo a un cuidador dar de comer a una de estas serpientes. Sostiene con sus manos enfundadas en morados guantes una rata blanca que coloca en el interior de la pecera de la serpiente. Luego, toma una rata gris y hace lo mismo. Las dos ratas, la blanca y la gris, se miran con sus ojos saltones y una respiración agitada. Miran descontroladamente en todas direcciones mientras en el fondo, la serpiente observa fríamente a los dos roedores.

El reptil se acerca lentamente y de un momento a otro, como un disparo, ensarta sus mandíbulas sobre la cabeza de la rata blanca, que en breves instantes engulle hasta tragarla completa. Lo mismo le ocurre después a la rata gris.

Me quedo paralizada. Estupefacta. Siento que todo a mi alrededor deja de existir. Solo puedo ver esa escena. La serpiente constrictora devorando a esas dos ratas. Quiero irme, pero no puedo, por más que me esfuerzo no lo logro. Mis ojos registran cada segundo que pasa, cada detalle, cada imagen para grabarla imborrable en mi memoria.

-¡Papá, Roxana! -grité, desesperada, histérica.

Todas las personas en el interior de la tienda dejan todo lo que estaban haciendo, y asustados por mi grito me miran desconcertados.

-¡No! -vuelvo a gritar-¡No lo hagan, suéltenlos! ¡SUÉLTENLOS!

Me abalanzo hacia el vidrio de la pecera y la golpeo con furia. Mis puños no logran hacer nada. El cristal es muy duro y solo consigo hacer que mis manos sangren.

Los encargados de la tienda llaman a un guardia de seguridad que pronto me somete y me saca del lugar.

-¡Roxana, Papá! -grito hasta que se me rompe la voz y empiezo a ahogarme en lágrimas.

Esas dos ratas eran del mismo color que las que contuvieron la mente de Roxana y Padre.

¿Y si era la segunda rata con el alma de papá? ¿Y si ahí adentro, están las demás ratas que faltan? ¿Y si era la última rata? ¿Y si ya no se puede hacer nada?

¿Cómo le digo al oficial que me detuvo que esa rata devorada por la serpiente pitón era mi papá?

Quiero pensar que no lo es. Que ese no es mi padre. Que mi padre, ahora distribuido en no sé cuántas ratas, vive tranquilo, cuidado por algún niño o niña que los tiene de mascota y que le da alimento cada día.

¿Pero, y si esas ratas tenían en sus pequeños cerebros a las almas y recuerdos de alguien más, alguien que otra familia y amigos, que yo desconozco siguen buscando desesperadamente?

No quiero pensar en eso. Ya no quiero pensar en nada.

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