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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Martes, 21 de julio de 2026

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En el bosque de farolas

Cuando era niño, papá era el más grande, el más fuerte, el que lo sabía todo.

Yo solía agarrar su mano articulada con fuerza cuando cruzábamos de noche el bosque de farolas. Las luces de aquel lugar me aterrorizaban. Cuando por fin llegábamos a la orilla del mar de chips, él se adentraba a nadar entre las olas para pescar los mejores componentes electrónicos.

-¿Por qué la orilla está más dentro o más fuera con el paso de las horas? -le preguntaba.

Las cámaras de mi padre se iluminaban y sus giróscopos rezumaban.

-A lo largo de la noche, la posición del Disco Nocturno del cielo va cambiando lentamente -me respondía, señalando hacia arriba.

-¿Y qué tiene que ver eso con que los chips se muevan, papá? ¿Qué es en realidad el Disco Nocturno, ese círculo tan blanco y brillante?

-Un gigantesco imán. Atrae levemente los componentes metálicos de los chips, lo suficiente para provocar mareas.

Mientras volvíamos de pescar, muchas veces se hacía de día. Ver aparecer en el horizonte aquella otra esfera, que era mucho más brillante que el Disco Nocturno y que por sí sola convertía la noche en día, me fascinaba.

-¿Y por qué se mueve el Disco Diurno, papá? -pregunté un día.

-Es un foco que usan Los De Arriba para hacer inventario de todo lo que hay en el vertedero, nuestro mundo. Cada día vuelven a comprobarlo todo, así que el foco tiene que volver a rodearnos.

Seguimos nuestro camino a casa. Recuerdo que estábamos en la época del año en que el viento era fuerte, y arrancaba las hojas de los blocs y cuadernos acumulados en la zona de basura de papelería. El suelo se cubría con un manto de hojas garabateadas sin sentido para mí. Papá decía que aquella era la época en la que Los De Arriba arreglaban las tuberías de ventilación, por eso había tanto viento. Me gustaba jugar con las hojas.

Ya de vuelta en nuestra casa, que papá había construido apilando routers a modo de ladrillos y pegándolos con silicona, él me arropaba para irme a dormir sobre mi cama de suaves bombillas led.

-Papá, ¿creceré esta noche? -solía preguntarle.

-¡Seguro que sí! -me respondía sonriente.

-Papá, ¿cómo se crece?

-Cuando comes muy bien todos los chips que te doy, tus componentes se ensanchan y alargan durante la noche. Ya verás cómo mañana serás un poco más alto.

-¡Qué bien!

Y al día siguiente, efectivamente, había crecido un poquito.

Unos meses después, yo era más grande y más fuerte. Mi padre era igual de grande, pero sus mecanismos comenzaron a chirriar a veces. Nunca lo habían hecho antes. Era la época del año en que caían aquellos copos blancos del cielo.

-¿Qué es eso, papá? -pregunté perplejo.

-Son pequeñas bolas de gomaespuma. En esta época del año, Los De Arriba tiran muchas al vertedero. Pesan poco, por eso caen despacio.

-¡Me encantan! -gritaba yo mientras corría entre las bolitas.

Esos días noté que el Disco Diurno brillaba y calentaba menos, hacía más frío. Según papá, en aquella época Los De Arriba ahorraban energía en sus generadores, por eso limitaban la luz del disco.

Comencé a atreverme a estar unas pocas horas lejos de papá. Un día, mientras jugaba en la pradera de neveras, conocí a Rob-AH, un robot de tipo 0. No era la primera vez que veía un tipo 0, pero por algún motivo me llamó la atención. Jugamos a tirarnos copos de gomaespuma durante toda la tarde.

-¿Por qué los tipo 0 son diferentes, papá? -pregunté después a papá.

-Porque así tiene que ser, hijo -me respondió lacónicamente. Esa respuesta no me satisfizo.

-Pero los tipo 1 como nosotros no tenemos un semáforo entre las articulaciones de arrastre, lo que tenemos ahí es un gancho. Y he visto que Rob-AH tiene un semáforo. Está en rojo.

-Y así es como debe estar -me respondió de nuevo, crípticamente.

Al irme a la cama, papá me arropó.

-¿Volveré a crecer hoy? -pregunté- ¿Volverán a extenderse mis miembros articulados?

-Claro. Tú duérmete, ya verás mañana.

-¡Bien!

Y así fue.

Meses después, empecé a preocuparme un poco por papá. Vi que andaba más lento y sus articulaciones crepitaban en cada giro. Sus ojos brillaban algo menos.

-¿Te pasa algo, papá? -le pregunté.

-Nada que no deba ser -me respondía.

Yo era más ágil y fuerte, más grande. Comencé a pasar más tiempo con Rob-AH. Un día, mientras jugábamos en la pradera de bombillas, ambos nos quedamos perplejos, ¡las bombillas de la pradera comenzaron a encenderse, sin más! Eran de muchísimos colores. Ambos nos quedamos maravillados con la escena.

-¿Cómo es posible? -pregunté intrigado a papá esa misma tarde.

-En esta época, Los De Arriba intensifican la actividad de varios mecanismos y motores. Eso provoca que se intensifique mucho el campo magnético aquí, en el vertedero. Con esa intensidad, las bombillas llegan a alcanzar suficiente diferencia de potencial como para encenderse. Las verás así durante un tiempo, disfrútalo mientras dure.

Aquel magnetismo no sólo provocaba efectos bonitos en el paisaje. También comencé a notar que recorría mi cuerpo de arriba a abajo, me daba una energía especial. Rob-AH también lo notaba. Un día, mientras jugábamos con las bombillas, pude entrever que el semáforo de Rob-AH se puso de color naranja. Me sentí muy nervioso y extrañamente fascinado al verlo. No sabía qué significaba aquello, pero no podía dejar de mirarlo.

-¿Qué significa eso, papá? -pregunté a papá por la noche.

Despacio, entre crujidos, papá respondió.

-Que falta poco, hijo.

-¿Para qué?

-Duerme bien esta noche.

-¿Volveré a crecer?

Papá tardó unos segundos en responder.

-Por supuesto.

Y volví a crecer.

Pocos meses después, llegué a la conclusión de que ya era tan grande como papá. Pero también era mucho más ágil, pues papá se había vuelto mucho más lento. Relucía menos, sus luces brillaban menos.

Ya no me daba miedo el bosque de farolas. A veces, Rob-AH y yo lo recorríamos solos por la noche. Un día me fijé en que el Disco Diurno del cielo brillaba mucho más de lo habitual. Hacía más calor.

-Así será durante un tiempo, hijo -me contó papá cuando le pregunté-. En esta época del año, Los De Arriba intensifican la luz del Disco Diurno para escudriñar cada rincón del vertedero y hacer su inventario general anual. Hará calor durante un tiempo.

Cierto día, mientras Rob-AH y yo corríamos alegres entre tubos y cerraduras, me percaté de que el semáforo entre sus articulaciones de arrastre estaba de color verde. Sentí un escalofrío de electrones recorriendo todo mi cuerpo y me paré en seco. Rob-AH lo notó y se me acercó despacio. Me miró muy fijamente. No sé por qué, pero sentí que no tenía que ir a preguntar nada a papá. De repente, Rob-AH y yo sabíamos todo lo que teníamos que hacer.

Poco tiempo después, Rob-AH me dijo que dentro de algún tiempo saldría un pequeño robot de ella, un hijo de ambos. Fui corriendo a decírselo a papá.

Los ojos de papá apenas brillaban, se movían muy lentamente.

-Fantástico, hijo... Eso es... fantástico -dijo finalmente.

Permanecimos en silencio durante un rato.

-Papá -logré preguntar al fin-. ¿Cómo crecen de verdad los niños? ¿Es cierto que los componentes se extienden sin más cuando los niños se van a dormir?

-Hijo, túmbate en tu cama.

-Papá, ya sabes que ya no duermo aquí.

-Sí, lo sé. Túmbate en tu cama.

Le obedecí.

-¿Qué pasa? ¿Es que si me duermo ahora aquí volveré a crecer?

-Seguro -respondió papá.

-No pienso dormirme ahora, papá.

-Por supuesto. Esta vez, debes verlo.

Lentamente, papá se introdujo la mano en sus entrañas. Entre chasquidos y chispazos, sacó unos cuantos componentes de sí mismo, lo que parecían ser unas baterías, engranajes y tubos. Más despacio aún, introdujo esos componentes dentro de mis propias entrañas. Mientras movía lentamente su mano dentro de mí, súbitamente me sentí más fuerte, más vigoroso.

Muy lentamente, en un hilillo de voz, papá logró articular algunas palabras.

-¿Eeeenn... eentiendes... cómo... teeeendrás queee haceeerlo túúú...?

Sobrecogido, le abracé. Apenas le quedaba un hilo de vida.

-Por supuesto, papá -respondí.

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