A Maca, un tulipán azul
Tres soles de distintos tamaños se veían a través de la ventana triangular.
La reunión se encontraba en su punto álgido. Después de horas de acalorado debate, se hizo el silencio. Se sentían derrotados. Pese a su insistencia, todavía no habían tocado la superficie del problema. Les faltaba tiempo, era claro, y, llegados a este punto, también agallas. Pues ¿quién querría tomar riesgos en una situación tan delicada? ¿Quién entre ellos aceptaría ser el desvergonzado que condujera a todos a apostar fuerte, hacia un más que posible aniquilamiento?
El silencio elástico siguió estirándose. No se partió hasta que alguien llamó a la altísima puerta. La figura que se asomó era, para un ojo inexperto, indistinguible de las otras cuarenta y tantas reunidas, todas de pie, en torno a una mesa romboidal situada en el centro de la espaciosa sala blanca. Medía fácilmente unos cinco metros y era extremadamente delgada. No tenía piernas, sino que flotaba a escasos centímetros del suelo. Dos pequeñas alas inutilizables caían por los laterales de su cuerpo. Su cabeza parecía una unión desordenada de tubos, de los cuales emergían tentáculos sin ventosas que usaba para manipular y relacionarse con el entorno. Un ojo grande y perfectamente redondo se veía a la altura de lo que en un ser humano sería el cuello y su piel era de un azul pálido y melancólico.
-Gligor se ha suicidado -se escuchó a través de esos tentáculos.
Oído esto, la alerta se apoderó de cada uno de ellos. Eran, con todo, una raza civilizada, así que tomaron turnos para hablar. Rápidamente, se decidió que comenzara Dilias, pues a menudo sus brillantes intervenciones daban respuesta a las inquietudes que sus compañeros tenían pensado plantear.
-Señores, me niego a que se piense que la gravedad de nuestra situación es una señal de la imperfección de nuestro sistema -comenzó Dilias-. Confíen, por favor, en la honestidad de mis palabras como Ministro de Inteligencias Hipotéticas cuando les digo que no hay nada que pudiéramos haber hecho mejor. Hasta ahora nunca habíamos pensado diferente los unos a los otros, pues a nuestras límpidas mentes se les aparecía naturalmente el cálculo más preciso, la solución más refinada. Nunca habíamos escuchado a unos más que a otros ni jerarquizado el valor de los distintos ministerios del conocimiento como hoy parece que así ha sido. Si nuestro amadísimo Gligor, Ministro de Historia, aún siguiera con nosotros, podría confirmárnoslo. Vivimos, pues, en lo absolutamente inédito; nos enfrentamos a un desafío que, al fin, es digno de ser llamado tal.
»Hemos experimentado en los últimos tiempos un fenómeno que mis colegas y yo ya habíamos teorizado, aunque no creído posible en nuestra raza: los pensamientos intrusivos. Concretamente, nuestro ánimo se ha visto turbado por una sensación extraña, nueva, inmotivada y del todo irracional que, sin embargo, es lo bastante poderosa como para mermar nuestro juicio, hacernos diferir en opiniones y conducirnos a la muerte voluntaria. Una suerte de vacío -sólo así puede llamarse-, que nos atormenta con la idea de que nuestra vida es una farsa.
»Y si, como he dicho, el problema es de carácter psicológico y no hemos errado en sentido alguno en nuestras decisiones, esto es, no hemos sido su causa, es difícil pensar que podamos confiarnos de la claridad mental de la que hemos gozado hasta ahora para solucionarlo. Necesitaremos, pues, de una solución drástica, inaudita, incalculable. En otras palabras, caballeros, hemos de lanzar los dados. Hoy algunos de vosotros habéis insinuado propuestas que nos han llenado de horror por el riesgo que entrañan. Todas ellas, lo sé ya, se originaron en el centro del huracán de esta rara condición de la que somos presos; esas preguntas extrañas, esa obsesiva incógnita que alguna vez nos era inofensiva y ahora nos acosa, si ellas son el fruto de nuestro deterioro intelectual, y por tanto una estéril fuente de la que no vale la pena confiarse, o la clave para descifrar la cura del mal que nos aflige, me temo, es algo que ignoramos y lo primero sobre lo que tendremos que apostar.
»Por favor, meditad al respecto y mañana exponednos sin falta el fruto de vuestras reflexiones. Eso es todo lo que tengo que decir por hoy. Cedo la palabra a quien quiera hablar.
Tras el discurso de Dilias casi todos perdieron las ganas de intervenir. Ya la preocupación que tenían en mente había sido expuesta con la claridad y vehemencia pertinentes. Los únicos que indicaron que tenían algo que aportar eran Latrán, el Ministro del Límite, un personaje excéntrico y poco hablador que sorprendía y preocupaba por igual a sus compañeros las raras veces en que intervenía; y Dombandón, el Ministro de Psicología, quien en ese momento estaba confundido, experimentando por primera vez lo que el lector llamaría sentimiento de culpa.
Latrán, que fue elegido para hablar primero, cedió el turno a Dombandón, aduciendo que la palabra pertenece primero a quienes tienen realmente algo que decir.
-Gracias, Latrán -comenzó Dombandón-, pero me siento tan desbordado como cualquiera de vosotros ante esta situación: he de confesarme, pese a mi cargo, impotente. No querría, sin embargo, que nos dejásemos llevar por esta insidiosa neblina y descuidásemos los efectos, tanto o más graves, que ésta ha provocado y está por provocar. Por nombrar uno de los tantos, que espero que puedan ser tratados en la siguiente reunión, la reciente pérdida de algunos de nuestros ministros puede poner en peligro la estabilidad de nuestra sociedad. Como sabéis, por un lado, la especie a nuestro cuidado es poco fértil y su población pequeña, por lo que cualquier pérdida inesperada, fruto de nuestra negligencia, nos obligaría a recalcular por primera vez todo nuestro plan sobre la natalidad. Por otro, es claro que nunca nacerá nadie como nosotros y, de hecho, no sabemos ni siquiera si es posible que el sistema tal y como lo conocemos funcione sin uno de los nuestros, ¡y ya hemos perdido a tres! -recordó Dombandón-. Es una situación nueva que se debe gestionar, no sólo en la medida en que afecta al ministerio que ha quedado desocupado, sino en vistas a la mejor solución global. No podemos prescindir de ninguno de los ministerios ni dejarlos descabezados. Sin embargo, ¿los hay que puedan liderarlos al tiempo que los suyos propios, tal vez no a la altura de sus predecesores, pero al menos eficientemente, sin peligro? Pensadlo juntamente con los otros problemas que han aparecido y que sin duda ya habéis advertido. No es momento, tal y como advirtió Dilias, de fiarnos de nuestra sutil inteligencia para tratar el problema de nuestra enfermedad mental, pero tal vez aún sí para tratar estos problemas más tangibles y cuyo origen está claro. Dicho esto, pido especialmente a Latrán que presente en la próxima reunión los resultados de su último estudio, pues creo que podrán resultarnos esclarecedores.
Toda la atención se dirigió hacia Latrán, que no tardó en comenzar a hablar:
-Todo lo imaginable existe, como mínimo, como posibilidad. Pero ¿y lo inimaginable, lo imposible, lo que no se permite ser visto? ¿Es por inimaginable más posible? ¿Por imposible más real que la realidad misma? ¿Por invisible, aún más claro para quien no necesita ver? ¿En qué sentido existe lo que es, a lo máximo, un fugaz rayo en la noche oscura? Algo que es ¡con mucha suerte y soñando un poco!, nada más que entrevisto un instante, y fugitivo en seguida, no restando ni el contorno de un recuerdo. A eso lo llamo yo, señores, Límite. Yo estudio el límite: estudiar el límite es estudiar lo imposible. Yo estudio lo que no puede ser estudiado. Y no hay nada más útil que estudiar lo inútil; no hay campo más fructífero que el estéril por esencia.
»Y, en efecto, nos enfrentamos a lo que nos trasciende. A una situación que va más allá de lo que somos hasta el punto de que nos está trasfigurando. Es ahora cuando la importancia del límite aparece con toda claridad. Lo que podría ser por encima de lo que nosotros podemos hipotetizar es, como mínimo, la primera superficie de la realidad que se nos escapa. Mi inútil esfuerzo de ir más allá, os pido que lo hagáis vuestro en futuras reflexiones. Sólo lo imposible nos salvará de lo imposible. En la próxima reunión quiero oír vuestros delirios. Quiero veros temblar, pues esa es la danza del que quita velos que son demasiado resbaladizos como para aprehenderlos. Finalmente, acepto con humildad la petición de Dombandón, aun cuando creo que no es ni siquiera pertinente. Seré fiel al espíritu de confiarme en lo que no tendrá frutos porque no puede tenerlos. Continuaré desafiando a lo imposible. ¡Quizá obtengamos una dulce derrota!».
Y dicho esto, como en toda otra ocasión, la palabrería de Latrán fastidió mucho a sus oyentes al mismo tiempo que, para mayor fastidio, los sumió en profundidades inéditas del pensamiento. «Ciertamente, pensaron algunos para excusarlo, a quien tiene como objeto de estudio lo que está más allá de toda coherencia, no podemos pedirle un lenguaje inteligible y sin contradicciones. Ni tampoco cordura».
Cuando acabó la reunión y la sala comenzó a vaciarse a todos los presentes les molestó, por un rato, la misma ironía. Y es que culminaron la reunión y eligieron los temas a tratar en la próxima los mismos que, en el primer asunto del día, fueron considerados como los candidatos más probables a ser los próximos en suicidarse.
II
-¡Dombandón, amigo mío, en verdad te has vuelto loco!
Latrán se presentó ante Dombandón, que yacía recostado, y encarado a la luz del triple atardecer, en un árbol violeta de tronco hinchado y oscuro.
-¿Qué ladras ahora, cómplice mío? -se burló Dombandón.
-¿Qué ganarás revelando el origen de nuestro mal, sabiendo lo que tú y yo sabemos, que es irreversible?
-¿Temes que me encuentren culpable? Pues lo soy.
-No es así. Todos somos la misma persona. ¿Lo has olvidado? -repuso Latrán-. Lo único que nos separa son las circunstancias en que nos desarrollamos, las cuales, por principio, permanecen fuera de nuestro control. ¿Cómo se te podría condenar a ti por una suerte que habría arrastrado igualmente a cualquiera de nosotros?
-Yo cedí a ella, y la quise en cierto modo.
-¡Já! No gozas de tal poder. Recuerda las palabras del Poeta: es insensato desear ante el destino.
-Dime de una buena vez cuál es el problema.
-Si lo revelamos, la ínfima esperanza que tenemos de salvarnos desaparecerá.
-¿Acaso temes a la muerte? -inquirió Dombandón.
-Sí, mucho. Y no a la mía, sino a la de aquellos que debemos proteger.
Ambos se volvieron y miraron la metrópoli que se alzaba más allá del valle anaranjado y repleto de flores grises, y a los seres que la poblaban. Eran, sin duda, de su misma especie, pero mucho más bajos, con alas más grandes y funcionales, piel blanquecina, de apariencia más afable y notablemente menos inteligentes.
-¿Qué se supone que son ellos y qué somos nosotros, amigo mío? -suspiró Dombandón-. Lo hemos retrasado por mucho, pero el final se acerca. Disfrutemos todos juntos de nuestros últimos días en Ismele.
III
Si se dibujaran estrellas muy juntas, casi tocándose, en un globo sin aire, y se lo fuera inflando poco a poco, podría verse cómo se distancian en una lenta agonía, y si tal globo fuera inconmensurablemente grande, de modo que siempre pudiera contener más aire, llegaría un punto en que las estrellas estarían tan separadas que nadie podría adivinar que hay más de una dibujada, ni mucho menos que hubo un tiempo en que se encontraban una al lado de la otra.
En Ismele, cuando uno de sus habitantes mira el cielo, o ve tres soles, o dos, o uno solo, arrojando sus luces pálidas hacia el suelo, o una negrura sin límite que, aunque breve, no deja ni un atisbo de duda acerca del vacío y la soledad que imperan allá arriba. Y ya nadie lo recuerda, pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en que un festival de luces y colores asombrosos seguía a la marcha de los tres soles. Por ese entonces el universo era aún un retoño y otras especies de las que no queda ni rastro habitaron Ismele. Es en este pasado remoto en el que comienza la historia de la primera especie a la que podemos llamar «ismelianos».
Los primeros habitantes de Ismele eran una especie de escasa inteligencia, prácticamente humana, pero tremendamente estable y organizada. Tenían una capacidad de adaptación asombrosa a los distintos entornos, que eran de los más variados en un Ismele todavía muy activo geológicamente. Sentían un respeto absoluto por otros miembros de su especie, lo que se traducía en una sociedad sin jerarquías y muy unida, y una hostilidad crudelísima contra otros seres, los cuales extinguían tan pronto como los veían aparecer, antes de que se transformaran en una amenaza. Esto no los privaba de alimento en virtud de su fisiología. Los Primeros eran seres que habían evolucionado a partir de las plantas -parecían tulipanes azulados gigantes- y sobrevivían haciendo la fotosíntesis. No necesitaban nada más que tierra, agua y luz, y podían prescindir por un largo período de tiempo de ellas. Eran técnicamente inmortales si ninguna fuerza externa acababa con ellos, por lo que se reproducían poco, y cuando lo hacían era para reemplazar a aquellos que habían decidido terminar con su vida, en una autoimpuesta reclusión en la oscuridad. Esto sucedía cuando sus raíces crecían tanto, pues nunca dejaban de aumentar de tamaño a lo largo de su vida, que entorpecían su movimiento y los volvía ineficaces en sus tareas y eventualmente un lastre para los suyos. Y sí: con sus poderosas raíces, parecidas a enredaderas gigantes, podían desplazarse a una velocidad notable y cubriendo largas distancias. Su ventaja evolutiva respecto a las especies incipientes era evidente. En Ismele no había mares, sino sólo lagos poco profundos, en los cuales los Primeros solían hacer expediciones para aniquilar toda posible vida acuática que se estuviera desarrollando a escondidas. No podían, con todo, despegar sus raíces de la tierra, lo cual los dejaba muy vulnerables contra las posibles especies aéreas que emergieran. Por ello, durante el tiempo inmensurable en que reinaron en Ismele, su máxima prioridad siempre fue la de perseguir y eliminar a todo ser que comenzara a desarrollar un medio para volar, aunque no lo hacían con alarma o ansiedad, sino como un instinto primitivo sublimado en costumbre. Y no les fue nada mal.
Sin embargo, puesto que sus necesidades eran pocas, su modo de vida apenas había cambiado a lo largo de su historia. No necesitaban desarrollar soluciones para problemas que no tenían, y, por tanto, jamás tuvieron un conocimiento del mundo más allá de lo que era útil para la supervivencia ni crearon herramientas con las cuales manipular su entorno, pues en su estado natural ya los satisfacía por completo. Y como seres exentos de peligro, no eran nada curiosos. En fin, por todos estos motivos, durante el dilatado período de tiempo de control absoluto sobre su planeta, nunca se prepararon para una amenaza que viniera de más allá de las estrellas.
Una noche cualquiera, casi a las puertas del amanecer, el firmamento se cubrió de una hilera esplendente de plata que poco a poco fue cerniéndose sobre la tierra. La cercanía reveló unas figuras parecidas a los ángeles semihumanos que la cultura popular ha vulgarizado, pero con rostros severos y deformes. Uno de ellos destacaba sobre los otros; era más grande y más brillante que los demás y fue el último en tocar la superficie de Ismele. Los Primeros se habían encontrado por primera vez con un enemigo que no podrían vencer. Un enemigo que ni siquiera tendría que tomarse la molestia de combatirlos...
IV
Imagínate que estás en lo alto de un gran campanario. El horizonte es plano e inmenso; el día, claro y sin nubes. Miras hacia adelante, hacia atrás o a los lados, y abajo siempre ves lo mismo: cuadrados rojos (que te empeñas en llamar «baldosas»). El mundo allí abajo, tan lejano de este gran campanario, de esta privilegiada mirada, es una baldosa roja tras otra. No hay nada más. ¿De qué está hecho este mundo?, te preguntas. Es evidente: de baldosas rojas. ¿Es así realmente?
Para la mirada humana, sin duda, lo es. Pero hay otras miradas, y también una realidad a la que no mira nadie, que no se amolda a las estructuras de ningún ser vivo. Una realidad totalmente desvelada, sin filtros ni distorsiones. Pero ¿por qué hablar de lo que, por definición, es inaccesible? Hablemos de otras miradas. Miradas que verían colores más sutiles que el rojo o que, con órganos que exceden la vista, se abrirían a otras sensaciones nuevas. Ese mundo que es sólo baldosas rojas para el ser humano, porque «baldosa» es un concepto humano, está compuesto, como unidad mínima de referencia, de cuadrados. Podríamos dividirlo en ángulos, líneas y puntos, pero, en esencia, se nos aparece como cuadrados. A otros seres similares se les aparecería como triángulos rectángulos. Y del mismo modo que podemos empequeñecer la pieza básica, la podríamos aumentar. ¿Estaría equivocada una mirada que viera como unidad mínima, ignorando algunas líneas, el rectángulo? ¿U otra figura más grotesca? ¿Podría ser este mundo de baldosas una unidad en sí misma? ¿Podría una mirada, habiendo tantas miradas posibles como especies, aprehender vastísimos espacios, de una sola vez, teniendo como elemento más básico un Mundo? ¿Y podría esa mirada, igual que nosotros vemos o entendemos, además del cuadrado, sus propiedades, como sus ángulos rectos y sus segmentos iguales, captar lo que ocurre en ese Mundo?
V
Los seres alados, a excepción del más grande, que se quedó inmóvil por mucho tiempo en el lugar en que todos aterrizaron, no tardaron en dividirse por todo el planeta, estableciéndose cada uno de ellos en un tipo de entorno distinto. Los Primeros, siguiendo las directrices de su naturaleza, intentaron acabar con ellos. Pero no tuvieron mucho éxito. Los invasores no eran hostiles y no sentían ningún interés por los Primeros, hasta el punto de que parecía que ignoraban su presencia. Así, fueron atacados en innúmeras ocasiones, pero sus cuerpos eran tan robustos que ningún ataque parecía hacerles el menor rasguño. Finalmente, y puesto que no les suponían ninguna amenaza, comenzaron a pensarlos como materia inerte, a fin de templar sus obsesivos instintos que pedían a gritos que los aniquilaran. Pero ningún consuelo podía eliminar el hecho de que ahora Ismele tenía otros dueños. Los Segundos habían llegado para quedarse.
El tiempo fue pasando y todavía no estaba claro qué esperaban tan pacientemente los Segundos. Un día, los Primeros detectaron una nueva forma de vida subterránea relativamente desarrollada, que había logrado eludir las minuciosas inspecciones de sus raíces gracias a su fisiología gelatinosa, la cual les permitía infiltrarse entre ciertas capas geológicas sin tener que excavar anchos túneles que revelarían su existencia, y procedieron a la rutinaria empresa de erradicarla. Entonces, ocurrió algo insólito. El Segundo que se encontraba más cerca del área atacó al grupo de Primeros que intentaba acabar con esos pequeños seres. Los Primeros se organizaron en grupos cada vez más grandes e intentaron en vano neutralizar al ángel defensor. Pero ni un ejército de Primeros podía hacer frente a un Segundo. Tuvieron, en fin, que hacer una segunda y dolorosa concesión, la cual tuvo un gran impacto en su tensa psicología, y tomar el riesgo de que esos pequeños seres, algún día, se convirtieran en sus depredadores.
Unos pocos cientos de miles de años después, ocurrió lo mismo. Los Primeros descubrieron a una escurridiza especie que se había estado desarrollando a escondidas, aunque aún sin tiempo para resultar una amenaza, y que los Segundos determinaron que valía la pena defender. Pasó aún más el tiempo y, conforme la diversidad de Ismele aumentaba, el ánimo de los Primeros disminuía. En el fin de su historia, ya eran una especie psicológicamente enferma y menguada, e incluso algo acosada por algunos organismos que se habían desarrollado más de la cuenta. Pero nunca se rindieron. Siempre intentaron, en vano, acabar con cada forma de vida emergente hasta el mismísimo final.
Así, llegó el día en que los Primeros, reducidos ya a una población de unos pocos millares, decidieron ganar o morir en la batalla. Hasta ahora, no hemos tenido en cuenta la perspectiva de los Segundos e ignoramos, como ignoraron los Primeros incluso momentos antes de extinguirse, su verdadero propósito. Esta batalla, lo sabían los Segundos, sería la última. No por la determinación de los Primeros a luchar hasta las últimas consecuencias, sino porque al fin había aparecido lo que los Segundos habían estado aguardando por tanto tiempo.
La percepción de los Segundos era especialísima: con una sola mirada podían aprehender un ecosistema entero, atendiendo a todas sus variables físicas y biológicas. Para ellos, los Primeros no eran más que un ruido de fondo algo molesto, como una mosca a la que el ser humano apartaría de un manotazo, pero que no se molestaría en perseguir y dar muerte. Ahora las condiciones habían cambiado, unas nuevas líneas de código en su programación se habían activado. Los Segundos habían estado por tanto tiempo asentados en Ismele esperando que una especie reuniera ciertas condiciones, que contuviera en sí cierto potencial, que la hiciera compatible con la información genética que el ángel más grande celosamente guardaba.
Ahora que ya habían encontrado un recipiente para lo que traían consigo, todas las demás especies, que hasta entonces eran como sonidos en cuya unión estaba contenida la posibilidad de una melodía, se habían convertido en una amenaza, en un obstáculo para el nacimiento de los Terceros, la especie a la que Latrán, Dombandón y los suyos estaban destinados a proteger. Así, no dudaron en acabar con todas ellas. Los Primeros fueron rápidamente erradicados, en apenas un pestañeo, ignorantes de que los siguieron todas esas especies que hasta entonces habían sido protegidas por los Segundos, pues eran medios para llegar a una especie con el potencial que buscaban.
Esa especie elegida, que antes de que se las mezclara con el material genético que traían los ángeles consigo parecían murciélagos pálidos, alargados y con un ojo gigante, estaba destinada a reinar en Ismele bajo la tutela de sus protectores, que ya habían cumplido la primera fase del plan de quienes los habían creado. Ahora debían asegurarse de que esa especie mejorada prevaleciera. Debían tomar el control de la situación y erigir una sociedad perfecta. Ya no necesitaban sus armaduras impenetrables. Ahora la potencia que requerían no era física, sino intelectual. Y disponían de ella, sus creadores los habían dotado de todo lo necesario para cumplir con su misión, y de nada más.
Los ángeles se reunieron y dividieron el trabajo. Por primera vez, se distinguieron los unos de los otros; primero, por el ministerio que a cada uno se le había asignado; segundo, por un nombre, tal y como era costumbre de sus creadores. Poco a poco, se hicieron especialísimos e infalibles en sus respectivos campos. La sociedad que erigieron fue próspera por mucho tiempo. Nada podía parecer derrumbarla. Eran, a diferencia de los Primeros, invulnerables a cualquier peligro externo. Pero, a diferencia de ellos, su mundo interior era más rico y su inteligencia muy elevada. Demasiado elevada para ignorar por siempre la impostura de su existencia.
VI
Nosotros pretendíamos hablar de los últimos días en Ismele y, aunque hemos tenido que tomar un desvío, terminaremos lo empezado.
En torno a una mesa romboidal situada en el centro de una espaciosa sala blanca, unas cuarenta figuras, todas de pie, estaban preparadas para empezar la reunión. Ellos no sabían que sería la última, pero lo podían intuir. Con todo, siguieron rigurosamente el protocolo. Antes de anunciar los asuntos del día, repasaron lo tratado en la reunión anterior.
Nadie quería hablar: las meditaciones nocturnas no habían tenido éxito y, como habían acordado, toda la atención se dirigió a Latrán. Quizá él, pensaron, podría salvarlos. A fin de cuentas, él era el Ministro del Límite. El primer ángel en descender, el ángel portador del valiosísimo legado de sus creadores, aquel a quien se le asignó estudiar lo imposible, y el nombre de «Latrán». ¿Quién podría esclarecer lo oscuro, sino aquel que se había dedicado a estudiar la penumbra?
Latrán permaneció callado un rato. Todos esperaban que hablara y todos temían escucharle. Al fin se decidió a romper el silencio.
-Olvidé lo que iba a decir -dijo Latrán-. Os haré, a cambio, una pregunta. ¿Por qué asumís que es un problema lo que nos está pasando?
El ánimo de todos se turbó y la respuesta no tardó en llegar.
-¡Porque si seguimos perdiendo a nuestros camaradas y degenerando cognitivamente, viéndose limitada nuestra percepción, no podremos mantener el delicado equilibrio de este mundo! ¡Y si perdemos el control, tarde o temprano nos extinguiremos!
-Sí, indudablemente nos vamos a extinguir -reconoció Latrán-. ¿Por qué no ahora? ¿Acaso alguien aquí piensa que seremos eternos, que hay algo eterno?
Nadie habló.
-¿Por qué no ahora? -insistió Latrán-. Esa es la cuestión, la pregunta que es preciso responder.
-¡Porque ahora y siempre tenemos que protegerlos! -dijo alguien.
-¿Y quién nos protege a nosotros? ¿Cómo podemos proteger a alguien de algo a lo que también somos vulnerables?
-¡Eso es ridículo! Podemos arreglar esta situación -dijo alguien más-. ¡No estamos acabados...!
-Olvida esta situación. ¿Por qué no morirnos todos ahora? ¿Qué diferencia hay entre ahora y mañana? ¿Entre la generación actual o la siguiente? ¿Por qué no ahora? Responded.
-¿Estás alentando al suicidio, Latrán? ¿Después de las penosas pérdidas que hemos sufrido recientemente? -dijo Vil'nak, el Ministro de Agricultura-. Señores, a él también lo hemos perdido. No se ha matado, pero ya no es él, ya no es nosotros.
-No estoy alentando a nada, que sean las circunstancias las que decidan. Ya es demasiado tarde para suicidarnos. En el momento en que nacimos finitos ya fuimos condenados. Nada podrá expiar eso. Sólo digo que si nuestro destino fuera perecer ahora, ¿por qué no aceptarlo? ¿Qué nos impulsa a seguir hacia adelante? No, no es por protegerlos. Ya no lo es más. ¡Sed sinceros, hermanos míos, porque ésa es la respuesta a todo! -clamó Latrán-. Pero en una cosa tienes razón, Vil'nak, ya no soy vosotros. En cambio, al fin soy yo. Eso es, de hecho, lo que nos está pasando. Por fin somos nosotros mismos. Por fin somos criaturas de verdad. El vacío y la confusión es lo que ocurre cuando la vida cruza cierto umbral de la inteligencia. A nosotros no nos faltaba inteligencia, sino vida y ganas de vivirla. ¡Al fin vivimos! ¡Al fin pensamos más allá del frío cálculo! ¡Al fin tenemos derecho a haber existido y a extinguirnos!
-¡Silencio! ¡Termina ya con esta locura! -gritó Vil'nak, colérico por primera vez-. Dile algo, Dilias. Hazle saber qué pensamos todos.
Dilias se encontraba extrañamente quieto desde hacía un rato. No dijo nada, sino que abandonó la sala en silencio ante el desconcierto de todos. Jamás volvieron a verlo. Ni a él ni a su cuerpo.
-Me ha quedado claro qué pensáis al respecto -rió Latrán.
-¡Tú, insolente...!
Todos los demás miraban impertérritos.
-¡Miradnos! ¡Miradnos! -irrumpió Dombandón-. ¿Cuándo hemos discutido de esta forma? ¿Cuándo hemos sido tan diferentes? Latrán tiene parte de razón. Estamos cambiando. Hemos seguido caminos distintos durante demasiado tiempo, hemos visto y aprendido demasiadas cosas de forma independiente como para mantenernos como una unidad. Nuestros objetos de estudio nos han transformado en seres plenamente nuestros, pese a que nuestras mentes sigan conectadas. ¡Y lo sé, lo sé! Debo admitirlo. Admito que sé lo que nos pasa. Yo fui el culpable. Como Ministro de Psicología, medité acerca de lo más oscuro de nuestra consciencia y penetré osadamente en las honduras de lo que somos... y descendí tanto que me encontré con algo aterrador. Por primera vez, experimenté el sinsentido. Me topé con la brutal constatación de que vivía, pero no sabía en última instancia para qué... y comencé a cuestionarme por qué tenemos que protegerlos. Este pensamiento poco a poco fue infiltrándose en nuestras mentes interconectadas y, a partir de entonces, cada uno de nosotros ha puesto una semilla en el jardín de nuestra ruina. Cada vacilación, cada duda respecto a por qué dejamos que una generación tras otra se agolpe en la larga cola de la historia, nos han vuelto cada vez más vulnerables. Y ya no hay vuelta atrás. Seremos cada vez más incapaces de tomar las decisiones más sensatas, de cumplir la misión para la que nacimos. Algunos nos frustraremos, asustados por esta nueva condición, y nos rendiremos al sueño eterno, o cometeremos errores y, algún día, uno de ellos será fatal. Puede que vivamos mucho o puede que vivamos poco. ¿Y qué hacer hasta entonces? ¿Soportar con el peso de nuestras frágiles manos un sistema construido por la sombra de lo que fuimos, por seres perfectos que nunca llegaron a vivir? No podremos: contemplad el contraste entre lo que somos y lo que fuimos, entre lo que fuimos y lo que seremos. El fracaso, lo sabemos bien, es inevitable: la vida es imperfección, y nosotros no estamos acostumbrados a ella. ¿Y qué hacer hasta entonces? Bien, yo seré egoísta y saldré a ver este hermoso mundo. Ese es mi deseo y tal vez el vuestro. Que venga quien quiera. Haced lo que queráis. Ahora no obedecemos a nuestra programación, sino al miedo y asombro por vivir, ¡que es incluso más tirano!
Dombandón abandonó la sala junto con Latrán. Nadie volvió a verlos tampoco, pero yo sí sé que las palabras de Dombandón no cayeron en saco roto. Fueron juntos de viaje y, al final de todo, descubrieron que aquel mundo sí que era verdaderamente hermoso. Algunas veces, Latrán y Dombandón tenían una reminiscencia de su condición pasada como ángeles perfectos, y lamentaban su egoísmo e imaginaban con horror a esa civilización a su cuidado que en aquellos momentos debía estar sumida en el caos, que se extinguiría, sin lugar a dudas, después de mucho tiempo y dolor. Por suerte, el azar cósmico reservó un destino más dulce para los terceros y últimos ismelianos. Unos siglos después, un asteroide gigantesco, un peligro del cual los ilustres ministros se hubieran reído en su condición pasada, acabó con la vida en el planeta, sin que nadie lo pudiera anticipar siquiera. Este suceso, por un lado, ahorró a los Terceros el final lento y agónico al que su terrible trayectoria apuntaba después de que fueran abandonados por sus ministros. Por otro, privó a Latrán y a Dombandón de más de aquellas aventuras que llegaron a amar tanto. Y en verdad, con todas las infinitas posibilidades que contempla el universo, podrían haber sido peores los últimos días en Ismele.
