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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Martes, 21 de julio de 2026

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El hombre que se borró a sí mismo

El último servidor estaba en Finlandia. Julián lo sabía porque había trazado la IP con la paranoia de un animal acorralado. Hizo clic en "Confirmar Eliminación Permanente". La barra de carga avanzó con una lentitud burocrática.

98%. 99%. 100%.

Su solicitud de Derecho al Olvido ha sido procesada. Usted ya no existe en nuestros registros.

Julián suspiró. El aire salió de sus pulmones, pero sonó hueco, como si soplara dentro de una botella de vidrio vacía. Se miró las manos. Estaban pálidas. Más pálidas de lo normal para alguien que no salía de su departamento hacía tres meses.

Se levantó para celebrar con un café. Al agarrar la taza, sintió un hormigueo extraño. No era entumecimiento. Era falta de fricción. La cerámica se sentía lejana, como si llevara puestos unos guantes de seda muy finos.

Se acercó al espejo del baño.

Su reflejo tardó medio segundo en aparecer. Fue un lag. Un retraso de renderizado.

Se frotó los ojos. El espejo le devolvió la imagen, pero los bordes de su silueta vibraban, difusos, como un canal de televisión mal sintonizado.

-Estrés -dijo en voz alta. Su voz sonó con reverb, como si estuviera hablando dentro de una caja de zapatos.

Salió a la calle. Necesitaba interactuar con algo análogo. Gente. Ruido. Smog.

Entró a la cafetería de la esquina. Gorro de Lana estaba tras la barra, peleando con la máquina de espresso.

-Un cortado doble -pidió Julián.

Gorro de Lana no se dio vuelta. Siguió limpiando el vaporizador con un trapo sucio.

-¡Hola! Un cortado doble.

Nada.

Julián golpeó el mostrador. Su mano no hizo el sonido seco de la carne contra la madera. Hizo un ruido sordo, algodonoso. Puff.

Gorro de Lana se giró, pero sus ojos pasaron de largo a través de Julián, enfocándose en la puerta de entrada.

-Qué raro -masculló el barista-. Juraría que escuché algo.

Julián sintió un frío líquido en el estómago. Miró sus pies. El piso de baldosas blancas y negras se veía a través de sus zapatillas. Eran traslúcidas, como un archivo PNG al 50% de opacidad.

Sacó su teléfono. Pantalla negra. "Sin Servicio". Intentó desbloquearlo con la huella digital.

Huella no reconocida.

Claro. Si no estás indexado, no hay con qué comparar la data biométrica.

Corrió de vuelta al edificio. El viento no le movía el pelo; lo atravesaba. Al llegar al lobby, el sensor de movimiento de la puerta automática no reaccionó. Tuvo que esperar a que entrara una vecina cargada con bolsas de supermercado para deslizarse dentro antes de que el vidrio se cerrara.

Entró a su departamento. Sus manos ya eran casi invisibles. Podía ver los circuitos del teclado a través de sus dedos.

Tenía que volver a registrarse. Crear una cuenta. Subir una foto. Lo que fuera.

"Pienso, luego existo" era una mentira analógica. "Estoy indexado, luego ocupo volumen en el espacio".

Se sentó frente al ordenador. La silla no crujió. Apenas sentía el peso de su propio cuerpo. Era como ser un fantasma, pero sin la dignidad de haber muerto primero.

Abrió el navegador.

Crear Cuenta Nueva.

Nombre: Julián. Apellido: Echeverría.

Sus dedos golpeaban las teclas, pero no las hundían. Traspasaban el plástico.

Intentó concentrarse. Solidificar su voluntad. ¡CLACK! Logró pulsar la "J". Luego la "u".

El cursor parpadeaba en la pantalla. Era lo único real en la habitación.

Campo obligatorio: Subir una foto de perfil reciente.

Julián activó la webcam.

La luz verde se encendió.

En la pantalla apareció la habitación. La estantería de libros atrás. La silla de escritorio vacía.

No había nadie sentado allí.

Miró sus brazos. Ya no estaban. Solo quedaba una sensación de consciencia flotante, un punto de vista sin materia. Una cookie de sesión a punto de expirar.

Intentó gritar, pero no tenía garganta. Intentó golpear el monitor, pero no tenía puños.

La pantalla mostró un mensaje de error en una ventana emergente.

¡BEEP!

Error 404: Usuario no encontrado.

El sistema no detecta interacción humana. Iniciando modo de suspensión.

El monitor se fue a negro.

La habitación quedó en silencio.

La silla giró levemente, empujada por una corriente de aire que nadie había provocado.

Unos segundos después, el protector de pantalla se activó.

Eran burbujas de colores.

Rebotando.

Eternamente.

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