Este debería ser el relato de una epopeya. ¿Cómo denominar si no al fin del trabajo, tantas veces convertido en yugo infernal? ¿No fue, acaso, el sueño de millones a lo largo de los eones? ¿No fue motivo de guerras, revueltas, miserias, muertes y traiciones?
...un robot no es insensible. No es un animal. Puede pensar, hablar, razonar, bromear. ¿Podemos tratarlos como amigos, podemos trabajar con ellos y no brindarles el fruto de esa amistad, el beneficio de la colaboración mutua? En: el hombre bicentenario Pg 19
I Sobre el inicio de nuestra historia
Este debería ser el relato de una epopeya. ¿Cómo denominar si no al fin del trabajo, tantas veces convertido en yugo infernal? ¿No fue, acaso, el sueño de millones a lo largo de los eones? ¿No fue motivo de guerras, revueltas, miserias, muertes y traiciones?
Porque incluso quizás más que el amor o el desamor, el trabajo fue motivo de felonías, pasiones, deslealtades, opresión y frustración, que ha condenado al ostracismo y convertido en grises entidades a multitudes enteras a lo largo de los siglos.
La liberación de la servidumbre laboral, sin embargo, no trajo el gozo esperado. Porque como siempre, la humanidad encontró la forma de destruir el paraíso. O al menos el camino al mismo. Como, según dicen los creyentes, habría sido en el comienzo de los tiempos.
En este paraíso terrenal y humano, palpable y material, se había creado una tierra productiva, con bienes y servicios prodigiosos, con una historia real y registrada, más que una prehistoria de ficción. Y, además, hecho a imagen y semejanza del hombre. Por este pergeñado, para el diseñado. Y por esto, así de peligroso.
Todo comenzó cuando la realidad superó, como siempre, a la ficción. Se esperaba y se temía desde hacía mucho, el ineluctable arribo de la Singularidad, el estado en el que las "computadoras" igualarían y/o superarían a los hombres. Lo que no se había predicho con tanta lucidez y definición, era que todo confluiría con la robótica, la biónica, la biología constructiva y la genética para lograr la fusión hombre/máquina.
Así, y contra lo anunciado por tantas obras literarias y cinematográficas de tintes apocalípticos, no hubo una guerra donde las máquinas sometían a la humanidad. No. Porque los humanos se fusionaron de una u otra manera con aquellas, convirtiéndose, de alguna manera, en unas. O, quizás, ¿fueron las máquinas las que se fusionaron con los humanos? Como fuere, como consecuencia de esta familiaridad, las máquinas se transformaron, al menos en parte, en humanos. Y estos, en máquinas. Así, la Singularidad estuvo marcada por una hibridación ya no interespecífica, sino por una mezcla y fusión entre lo vivo y lo no vivo, por lo vivo y consciente con lo dado a una rara UNO existencia consciente, inanimada. Sin vida en el sentido tradicional, al menos. Porque este fue el momento en el que algunos seres más o menos humanos lograron una fusión casi completa, óptima y, podría decirse, divina, entre ellos, los seres humanos de origen biológico, provenientes del nacimiento de una hembra humana o al menos desde su óvulo, pero desarrollados en matrices mecánicas, con diferentes tipos de artilugios mecánicos o informáticos. O, más frecuentemente, ambos. Pero, como ocurre desde el origen mismo de la historia, y probablemente ocurrirá por siempre y en cada rincón del universo, otros no lograron sino unas escasas migajas de estos cambios sustanciales en la esencia del ser, del estar y del sentir y pensar humanos. Estos desdichados se convirtieron en parodias de seres con partes biónicas o mecánicas que difícilmente funcionaban mejor que cualquier automóvil del siglo XX. Eso sí, eran más o menos inmortales.
II La decadencia: su origen
Uno de los primeros cambios, pensados por algunos como logros y por otros como desvaríos de una mente retorcida, fueron los diferentes aparatos y chismes de variada naturaleza para lograr el placer sexual. La prehistoria de estas máquinas fueron las conocidas y simples estructuras de goma o plástico que imitaban partes biológicas humanas. Nada tan extraordinario. Pero el problema fue su perfeccionamiento, que llevó a la creación de entidades que eran casi esclavos sexuales de apariencia animada, a veces indistinguibles de un ser humano por nacimiento.
Porque los aparatos de marras lograron parecerse en demasía a una figura y hasta a un ser humano, debido a que incluso la cadencia de sus movimientos o expresión de la voz semejaban a uno. Y lo más atroz, según algunos, era que hasta la conducta era convincentemente humana debido a la plétora de variaciones amatorias, automatismos sexoafectivos biológicos humanos y órganos biológicos que presentaban. Solo no presentaban autoconciencia. O eso se creyó siempre. Así las cosas, cada vez se avanzaba más en una casi total similitud con un esclavo humano sexual real, lo que condujo a que muchas personas más o menos humanas, o sea, de origen biológico, pero con mayor o menor contenido de partes mecánicas o biónicas, prefirieran "compartir" su tiempo con estas entidades en vez de hacerlo con otros seres animados por la vida por nacimiento.
Eso sí, como el lector leyó en el párrafo precedente, en principio estaba prohibido que estas máquinas poseyeran autoconciencia. O sea que se esperaba que fueran más estúpidas que una ameba. El resultado no es difícil de imaginar. Porque en un planeta superpoblado, con recursos suficientes pero que disminuían en forma ingente a la par que el espacio disponible, y con salarios que apenas alcanzaban para alquilar minúsculos apartamentos, los nacimientos comenzaron a declinar en forma notable. Pero no tanto la población. Porque más o menos para la época que cubre este relato, se alcanzó también el fin de la muerte o el comienzo de la vida indeterminada.
Y también el de la eterna infelicidad.
Así, el reemplazo del sexo, del afecto y del amor entre humanos (o lo que quedaba de ellos) por el vínculo hacia los robots fue el primer síntoma del desastre. A esto se le sumaba, claro, una vida casi eterna.
III Sobre los humanos dirigiendo su propia evolución
Al problema del sexo, eterno punto de encuentros y desencuentros, dilemas, gozo y frustración, y el de la reproducción, fuente de la supervivencia económica clásica y también de la debacle ambiental, se sumaba el de las mascotas y la "sensibilización" Durante décadas antes de que se adivinara el comienzo de este holocausto, las clases urbanas comenzaron a reemplazar el afecto hacia los hijos o parejas románticas por el de diferentes mascotas o actividades percibidas como "experiencias de vida", las que según sus cultores eran equivalentes, desde todo punto de vista, a las vivencias experimentadas por un padre. Se le sumaba a esto la discusión, más o menos vana, del anti especismo y una cada vez más indisimulada misantropía. Lo irónico era que quienes más reclamaban por lo "dañino que es el ser humano" eran parte principal del problema. Las ciudades no producían nada, consumían casi todo, incluyendo el espacio, y contaminaban lo que quedaba. Como fuera, y como corolario de ese extraño odio a su propia especie, las ciudades se vieron despobladas de niños. Y donde los había, molestaban y se veían desplazados del favor por los diversos tipos de mascotas. Que, a la postre, lograron también cierto tipo de inmortalidad gracias a la producción en masa de órganos mecánicos, biológicos o biónicos. La buena noticia es que a nadie se le ocurrió fusionarse con su mascota u otorgarle la autoconciencia. O al menos nunca se tuvo certeza de que tal cosa hubiera ocurrido. Aunque como estaba prohibido, es probable que, de haberse acometido tal despropósito, simplemente no se hubiera hecho público.
El debilitamiento de la concepción popular y un tanto intuitiva de especie, y por tanto de la de ser humano, permitió, por ejemplo, que también muchos hicieran uso de las ventajas técnicas para agregar módulos fotosintéticos o de rumiación, por ejemplo. Al fin de cuentas desde hacía centurias se conocían animales de muy diferente tipo que podían efectuar estas tareas mediante variadas formas de simbiosis entre organismos muy distintos. De esta manera, una persona podía, prácticamente, suplir todas o casi todas sus necesidades nutricionales tomando sol, o comiendo solo vegetales y hacer honor hasta sus últimas consecuencias a sus convicciones animalistas, convirtiéndose en, casi, una vaca. El hecho de poder realizar estas funciones propias de seres tenidos por superiores dada su "evidente" bondad y de convivir en variadas formas con los simbiontes otorgaba un sentido de pertenencia a la Naturaleza, con mayúsculas, un sentimiento que solo era posible hallar entre los cultores de las religiones monoteístas tradicionales más integrales y fundamentalistas. Era lógico que estas personas, y las de otros tantos grupos de seres "mejorados" se vieran a sí mismas como los últimos eslabones de la evolución humana entendida como una progresión hacia un estado último de fusión con alguna cosa que nadie podía, y seguramente nunca podría, definir.
Pero, más allá de los pormenores psicológicos de esta cuestión, existían multitud de formas de cumplir este cometido. Porque los medios de alcanzar esos modos de "naturalización" a través de la profunda manipulación del ser, algunas veces ocurrían simplemente por la conexión pasajera con un electrodoméstico que efectuaba tal menester. Pero, en otros casos, existía una fusión prácticamente indisoluble con dichas estructuras.
Claramente esta forma de independizarse económica y hasta socialmente de otras personas fortaleció el aislamiento e individualismo en un mal sentido del término. Porque lejos de liberar al individuo, otorgándole la posibilidad de vivir según su albedrío sin dar explicaciones, pero relacionándose desde una perspectiva de autonomía moral y material, llevó a la mayoría de la gente a ver a los demás como imbéciles que apenas si merecían ser tolerados.
IV Aparece Carlos
Siempre se imaginó que estas épocas serian el comienzo del dominio del robot y la esclavitud del humano. Se vislumbraban escenarios apocalípticos con robots humanoides lanzando extraños rayos de la muerte que haría saltar por los aires a hombres, mujeres y niños sin ninguna distinción. En verdad el problema tuvo contornos más sutiles, porque como siempre ocurre en la vida, los límites de los problemas, así como la naturaleza de los mismos, no presentaban una clara delimitación. O, como también es frecuente que ocurra, a veces un problema ni siquiera es percibido como tal.
Así pasaba con, por ejemplo, la definición de qué era ser autoconsciente, un ser humano o una persona. Empero, esto, que tenía más implicaciones éticas que prácticas, al principio al menos, empalidecía ante otro, quizás menos impactante desde una visión filosófica, pero determinante en la vida diaria, que fue el del reemplazo de la mano de obra. Se trataba de cuestiones relativamente simples al principio, como la sustitución de las tareas mecánicas y de fuerza bruta. Pero luego esta tendencia avanzó hacia otros campos, como a los servicios públicos, al arte, alcanzando a artistas de toda calidad y tipo, o a profesiones de gran prestigio, como la de los picapleitos o los médicos. Incluso, buena parte de la investigación académica comenzó a realizarse de esta forma. Aunque supervisada por científicos de fuste, cada vez más escasos y aislados.
Sin embargo, este reemplazo no fue ni total ni muy definido. Porque en muchos casos, las personas podían adquirir los sistemas automatizados, máquinas, robots o simples electrodomésticos "inteligentes" con los que efectuaban las tareas más eficaz y eficientemente, lo que resultaba en la producción de bienes y servicios más baratos y de mayor calidad. Por tanto, en principio nadie sería extremadamente pobre o desempleado. Solamente diferirían en la cantidad de servicios automatizados que podrían brindar, mientras miraban televisión, escuchaban música o "sentían", los más "cultos", audiolibros explicados. Porque se había llegado al punto en el cual los sentidos podían reemplazarse por implantes cerebrales que directamente replicaban la sensación en cuestión. Y, en casos extremos, encontrados en quienes podían pagar, ciertos implantes brindaban la posibilidad de efectuar algunas "tareas mentales" como la asociación de ideas, aunque de nivel básico. Por tanto, una persona humana podía no estudiar, reflexionar, analizar o entrenar su cerebro, total, se le podía facilitar el mecanismo apropiado para que lo hiciera. Al menos en casos particulares y siempre que pudiera pagarlos, claro. Y esto, obviamente, tornaba más que difusa la frontera entre un robot y un humano, alienando a estos entre sí.
Estas fronteras indefinidas llevaron a una profunda confusión a muchas entidades conscientes. Como era el caso de Carlos, un auto percibido humano biónico o humanoide biológico, según fuera su estado de humor más o menos optimista o depresivo. Como sea, al menos legalmente era humano de origen. A pesar de esto, o quizás como consecuencia de ello, Carlos veía pasar el tiempo sin mucho sentido ni finalidad expresa. Sobre su origen nada recordaba ni sabía, salvo lo que aparecía en los papeles.
Porque según su percepción y sensaciones, tanto podría ser un humano con múltiples partes biónicas y mecánicas, como un robot con órganos y organoides humanos reconstituidos y trasplantados. Hacía tiempo que la réplica descontrolada de cerebros biológicos se había prohibido, pero cuando se logró, se produjo una profusa producción de clones cerebrales. Se suponía que, si una persona humana de origen por nacimiento moría por accidente y no podía ser revivida, la memoria y consciencia que se iban guardando automáticamente en la nube, en los casos que estas personas poseyeran los nada baratos implantes necesarios, podrían ser descargadas en los cerebros clonados que esperaban ser activados. A veces simplemente se encontraban aislados en un estado de vida suspendida, mientras en ocasiones se los había producido junto a clones completos del humano original, esperando ser "activados". Por otro lado, existían cerebros artificiales capaces de albergar conciencias humanas que replicaban casi exactamente las vivencias del portador original de la conciencia. Incluso se había logrado, en contadas ocasiones, generar en cerebros artificiales la autoconciencia y la generación de patrones de conductas indistinguibles de los humanos, pero sin un "respaldo" en una persona de origen biológico. Sin embargo, su fabricación fue prohibida por cuestiones éticas evidentes, ya que se trataría de entidades con características ontológicas de seres autoconscientes. Y también por cuestiones prácticas. Ya existía algo así, el propio ser humano. Y no podía saberse exactamente si tales androides no escaparían a su control.
Claro que ninguna de estas opciones eran baratas, simples de fabricar o de controlar. Pero, con los recursos y contactos apropiados, había quienes accedían a ellas.
V Un mundo, muchos mundos
Hacía mucho tiempo, incluso bastante antes de la Singularidad, que la humanidad se había fragmentado en diferentes fracciones poblacionales que apenas tenían contacto con otras. Los habitantes de cada una de dichas parcelas compartían características, creencias o gustos muy particulares que, muy a menudo, eran sumamente extravagantes y carentes de cualquier base racional. Al principio de esta segmentación, muchos de sus "habitantes" podían ser parte de una parcela con gustos artísticos particulares, pero diferir en su tipo de alimentación, entre tantas posibles combinaciones. Esto se aplicaba a diferentes celdas de la humanidad, donde las personas se recluían voluntariamente. Sin embargo, aún existía cierta interacción entre diferentes partes de la sociedad porque las diferentes características se solapaban entre las fracciones. Empero, pronto estas comenzaron a cerrarse sobre sí mismas y a otorgarle a su "aldea mental" un espíritu de grupo y una fuerza cohesiva de tipo sectario, donde todo debía compartirse. Y, obviamente, siempre se encontraba una explicación y una justificación particularmente específica y llamativamente convincente para que cada requisito exigido a sus cultores fuera respetado a rajatabla. Uno de los mecanismos más extendidos y utilizados para expandirse y confrontar a otros conjuntos humanos, fue el de la cancelación y la autocensura. Nada más efectivo para fortalecer el aislamiento que el que las personas se vean impedidas de trabajar o frecuentar ciertos sitios o a ciertos individuos con cierto poder para lograr que dejen de expresarse libremente. Así, la opinión pasó de ser un derecho intelectual e individual, digamos, a una especie de prueba de fe. Se convirtió en una aseveración infalible que no debía ser criticada o contrastada por sus semejantes, so pena de que estos pudieran ser expulsados del paraíso de su comunidad. Pronto, quienes se encontraban en cada facción se veían tan amenazados que se hallaron en la obligación de ser tan cuidadosos que todos los discursos críticos se fueron apagando. Y, en paralelo, los parientes, amigos o compañeros de esas personas también vieron impedido el libre ejercicio de la crítica, porque enseguida eran calificados de odiadores. Y, como ocurre cuando la pasión es más fuerte que la razón, la mayoría de la población ya ni se atrevía a pensar en forma independiente, incluso aunque no tuviera la intención de criticar. Se autocensuraba el pensamiento divergente con la excusa de "la libertad es libre" y que toda crítica podía ser destructiva y un acto de odio. Sin embargo, extrañamente, y como consecuencia indeseada y brutal, florecieron las críticas ad hominem y ya nadie analizaba un argumento, sino que se limitaba a calificar de alguna manera a su contrincante. La razón cedió de forma definitiva e ignominiosa a la emoción. Un calificativo bastaba para zanjar una discusión y pronto estas cesaron. Porque dentro de un grupo, tal cosa era impensada porque se podía sufrir el escarnio y el destierro. Y fuera del mismo, o sea la crítica hacia otros grupos, no interesaba. Se llegó a una verdadera separación y aislamiento de decenas de grupos dentro de la misma sociedad, toda vez que tampoco se necesitaba una interacción muy frecuente o diversificada porque la automatización permitía o la creación de casi todo en el seno de cada micro sociedad, o el mercadeo invisible y anónimo entre secciones diferentes, incluso aunque pudieran estar enfrentadas ideológica y socialmente. La sociedad se convirtió, gradual e insensiblemente, en un acumulo de grupos sociales enfrentados sordamente, constituidos cada uno por personas que prácticamente actuaban como un único individuo.
VI Un sueño convertido en pesadilla
No era ilógico esperar, entonces, una reacción desproporcionada ante tales cambios extremos. Que "arreglaría" la sociedad, al menos en términos de la civilización clásica. Sin embargo, dicha reacción nunca llegó. Los diferentes grupos pugnaban por ser los más "críticos", racionales, puros y consecuentes con la esencia de vaya a saber uno que cosa. Incluso aunque no existiera la confrontación pública. No obstante, la realidad es que todos, o casi todos, si era necesario, basaban su propia existencia en una búsqueda constante de destruir al otro, no a sus argumentos o ideas. No importaba si estaban a favor o en contra de los robots, de la inteligencia artificial, de la carne sintética o natural, de la ingesta de lombrices e insectos o vacas, del veganismo o la omnivoría, del espiritualismo o del fisicalismo. Como siempre ha ocurrido, en un punto siempre se le negaba al otro la humanidad y todo quedaba resuelto.
Por tanto, en este acúmulo de grupúsculos cada vez menores y más numerosos, dogmáticos y fundamentalistas, extremistas de todo extremismo, sus miembros eran incapaces de ver al otro como una posibilidad. Se terminaba considerando a los demás como pecadores que debían ser convertidos o combatidos. Si fuera posible y legal, incluso aniquilados. O, en el mejor y más piadoso de los casos, ignorados.
Por si fuera poco, existía el agravante de que muchos grupos, o al menos algunos de sus integrantes, los que poseían aplicaciones e implantes cerebrales más avanzados, podían autoconvencerse de manera cada vez más profunda, de la o las verdades que sustentaban. Al fin de cuentas, podían borrarse recuerdos, o implantar memorias o sentimientos falsos. ¿Y, como prohibir esta actividad? ¿Cuál sería el argumento para impedir que alguien hiciera tal cosa? ¿Quién o qué entidad lo haría y bajo qué criterios y parámetros demostraría que se efectuó un reemplazo mental o se insertó un pensamiento? Es como prohibir el suicidio o el uso de cualquier sustancia toxica o adictiva. Si no hay efectos lesivos a terceros, y por más inmoral que parezca, en última instancia es facultad de cada quien hacer tal cosa. Y siempre que existió la posibilidad de autolesionarse, se la llevó a la práctica. De todas formas, estas intervenciones no carecían totalmente de riesgos. Siempre podían registrarse problemas porque al borrar o implantar recuerdos, estos podían vincularse con otros más o menos relacionados. Y estos quedaban como "descontextualizados" produciendo vacíos en la memoria, percepciones y sentimientos, o desconexiones afectivas de mayor o menor gravedad. Por esto, al menos en la mayoría de los casos, se acudía a esta intervención para cuestiones algo nimias, como borrar interacciones pasajeras de una noche o pocos días, y en la que aquella no se relacionó con otros aspectos del usuario que requería la "operación" neural.
O sea, se podía cambiar la percepción de la realidad a voluntad, aun sabiendo que tales mutaciones sensitivas, afectivas o mentales quizás eran nocivas o falsas. O un poco de cada cosa. Pero, aunque se pudiera argumentar que al menos no se cambiaba la realidad en sí, quizás era peor, porque se elegía no verla e inventarse una alternativa. ¿Por qué esto debería ser ilegal? Si siempre se hizo tal cosa, aunque se hacía sin manipular al cerebro y su funcionamiento en forma física, sino que se lo hacía por las interacciones sensoriales, emocionales, culturales o académicas que cada uno seleccionaba o a las que era expuesto, bajo el inapelable sesgo de confirmación.
Carlos, que cursaba su vida de forma irreflexiva y oscura, simplemente fluctuaba de una tribu a otra. No era del todo infrecuente este comportamiento, pero sí poco habitual. La mayoría de las personas se quedaba en una tribu y era feliz totalmente en ella. A lo sumo, luego de varias centurias, podían cambiar. O suicidarse, presa del hastío existencial. Pero no era usual. La vida transcurría apaciblemente. Sin sobresaltos, sin novedades, sin altibajos. Casi sin vida, podría decirse. Uno podría creer que sería natural rebelarse, pero no. Las personas rápidamente se habitúan al sinsentido si están cómodas.
VII El imperio de la estulticia
Carlos, en algún sentido era una rara avis, aunque existían otras excepciones. Personas humanas o robots que, aun sin tener claro su origen solían ofrecer reparos a este estado de cosas casi inerte, aunque caótico y falsamente pacifico. Podía no haber enfrentamientos, podía no haber, aparentemente, odio. Pero tampoco había amor. Y ellos se preguntaban, al menos a veces, ¿de qué sirve una buena vida sin amor? Algunos, incluso, llegaron a preguntarse si la muerte, el mal o el sufrimiento, no tenían una virtud, la de fortalecer a las personas. Sobraban ejemplos en la historia de la humanidad.
El cambio voluntario de percepción, como no podía ser de otra manera, impactó gravemente en la ciencia. Casi se diría que la mató. Aunque se trataba de un deceso lento y anunciado que ya venía ocurriendo desde hacía tiempo, probablemente desde el nacimiento de la "posverdad" en el siglo XX. El resultado fue que más que nunca podían verse ejércitos enteros de personas felizmente ignorantes, que se habían automutilado el derecho a pensar para creer en relatos vagos de cualquier cosa que semejara una verdad absoluta, definitiva y definitoria. Lo irónico era que esos mismos ejércitos se veían beneficiados por los avances de la ciencia fisicalista y biologicista que combatían y a la que le negaban el derecho de atribuir rótulos y definiciones. Salvando las distancias, pasaba como con las vacunas. Los mismos padres que sobrevivieron gracias a que se las inocularon, se negaban a hacerlo con sus hijos. La negación de la ciencia y de sus productos, irónica y trágicamente fueron un producto impensado de la ilustración y del acceso al conocimiento y a la comunicación casi ilimitada.
Así, la visión fantasiosa de un futuro con mutantes crueles y despiadados, a los que se enfrentaban superhéroes todopoderosos, se vio mutada a la más prosaica y desagradable de la de hordas de personas que solo deseaban sentirse en un estado constante de un bienestar vegetativo, sin importar si este era falso o no. A veces, uno podía pensar que una vaca pastando parecía tener más actividad cerebral autónoma que muchos de estos seres que hundían sus ojos en las pantallas o que, directamente, activaban los simuladores de sus cerebros.
VIII Había ventajas, a pesar de todo
Las únicas ventajas, al menos así lo veían algunos detractores de esta novedosa y apática civilización, eran la casi total ausencia de Estados y gobiernos, o al menos de sus variantes más extremas, y una supervivencia en la "vejez" casi asegurada. Vejez que hacía referencia a la edad cronológica, no a la física, porque ya no existía el envejecimiento, y por esto y por los rotundos cambios demográficos y económicos, tampoco existían las jubilaciones. Eran matemáticamente imposibles porque casi no nacían personas y las muertes se habían reducido notablemente, salvo algunos suicidios o accidentes ocasionales. Pero la posesión de al menos algunos autómatas permitía sobrevivir materialmente a casi todos. Los Estados nacionales habían visto notablemente menguados su poder y significación social, porque ante la perspectiva de una vida casi eterna, a los fines prácticos, las personas podían trasladarse, en casi cualquier momento de sus vidas a cualquier sitio, aunque, si así lo querían, perteneciendo a la misma tribu. De esta forma, el parcelamiento según decenas de gustos alimentarios, percepción sexual o pertenencia cibernética, entre otras tantas divisiones, impedía la identificación con estados nacionales muy definidos.
Por tanto, podía verse por un lado un avance de la libertad humana y un retroceso de los grandes sistemas opresores o, como mínimo, ordenadores de la historia moderna como los Estados, las grandes religiones monoteístas clásicas e incluso las propias empresas. Ahora, casi cualquiera podía ser su propio patrón. Como dijimos al principio, debería ser una epopeya. Salvo por la soledad, aislamiento y virtual y amorfa inmortalidad de la mayor parte de la humanidad.
IX El germen
El pequeño grupo de disonantes y malagradecidos seres, entre los que se contaba Carlos, que criticaban esta anhedonia generalizada y mundial, con el tiempo adquirían cada vez más fuerza. Aunque lo único que parecía unirlos era su desprecio a la "civilización".
Pero había algo en que prácticamente todos los seres humanos de origen concordaban. En que no querían competencia. Todos tenían una vida relativamente cómoda. Los ricos, que se podían fusionar con las máquinas casi ilimitadamente, al punto de parecer híbridos, poseían poderes que solo podían imaginarse en semidioses del Olimpo, y los habitantes de los guetos pobres que no los tenían, al menos poseían una vida material aceptable, sin riesgos evidentes para su supervivencia material indefinida, aunque con placeres materiales reales algo limitados. Aunque, casi sin excepción, podían disfrutar de las mieles del autoengaño con algún artilugio, por barato que este fuera. Era como drogarse, pero sin sus efectos negativos adictivos, físicos o conductuales. ¿No podían comer carne? No importaba, de quererlo, se podía sentir exactamente la percepción de tal acto.
Por otro lado, para los fines para que los humanos de cualquier condición social y económica en otras épocas hubieran buscado a un humano de nacimiento, ahora podían contar con un androide. Porque bastaba con que semejase humano, sin serlo en sus atributos existenciales. Porque, de haber alcanzado verdaderamente el estatus ontológico de persona, no habrían podido ser esclavizados. Sobre todo, si podían desobedecer a sus amos. Porque las leyes de la robótica que impedían a los robots dañar a las personas eran cosa de cuentos. Nada aseguraba que las cosas no podrían salirse de cauce.
Sin embargo, a pesar de ser un mundo tan tecnificado, también existían diversas leyendas urbanas. Una de ellas hablaba de la posible existencia de androides más o menos conscientes y "humanizados" que escaparon a las redadas ocurridas a poco del inicio de la Gran Singularidad, cuando luego de la Singularidad original, dichas entidades cibernéticas fueron desarrolladas y provistas con atributos humanos como sensibilidad y consciencia de la muerte. Pero casi inmediatamente luego de ver la luz, fueron prohibidas. El problema es que tales "seres" si se permite el uso del término, ya en el instante mismo de su activación, deberían haber tenido derechos humanos o "derechos ontológicos de persona" por el simple derecho de autopercibirse conscientes y saber que podrían "morir".
Al menos esta fue la doctrina desarrollada por parte de la humanidad, similarmente a lo que ocurría con los chimpancés, por ejemplo.
Así, poco después de las "Guerras Androides", se inició un movimiento para permitirles desarrollar sus propias sociedades independientes. Sin embargo, lo que ocurrió fue un acuerdo de silencio tácito entre los gobiernos en decir que se los había eliminado a todos antes de que se aceptara la vigencia de dicha doctrina legal. De esta forma, evitaban una discusión interminable, desórdenes internos y simplemente reconocieron que eso había sido un "error" gravísimo. Pero, se aducía, ¿qué sociedad no los ha cometido en la historia de la Humanidad?
Empero, si se había conseguido aniquilarlos a todos o no, no podía asegurarlo nadie. Sobre todo, porque se murmuraba que algunas de las conciencias originales de estos robots habían sido transferidas a cuerpos biosintéticos, indistinguibles de uno concebido por cópula y gestado y parido por una mujer.
X El despertar a la "humanidad"
Carlos había escuchado algunos de estos rumores, llegando inclusive a investigar algunas cuestiones. Además, pesaban extraños pensamientos sobre su propio origen y entidad, injustificados, si se quiere, dado que legalmente era un humano de origen por nacimiento natural. Sin embargo, a pesar de las dudas sobre su propio génesis y esencia, y de la facilidad en que existía para aprender con simples implantes de lectura y rutas de comprensión, así como otros para experimentar sensaciones y emociones ante determinados acontecimientos, en algún momento de su historia personal dejó de lado estas búsquedas. Puede parecer extraño que una persona abandone intereses tan profundos si no le cuesta esfuerzo ninguno efectuar dichas tareas. Pero, probablemente se deba a que forma parte de nuestra naturaleza adormilarnos y preferir dejar pasar el tiempo si no existen amenazas inmediatas a nuestra existencia que justifiquen la acción. La indolencia y otras pulsiones capaces de atentar contra nuestra propia existencia a largo plazo seguramente formen parte constitutiva de todos los seres.
Sin embargo, las cosas se salen de madre cuando se desatan las pasiones o los sentimientos, ya sean odio, amor romántico o la necesidad de trascendencia. Y, aunque uno pudiera manipularlas o eliminarlas con implantes u otras argucias cibernéticas, al probar sus primeras pulsiones, el cerebro, no importa su origen humano o artificial, si es autoconsciente, querrá más y más. Cualquiera que se haya enamorado en forma puramente romántica, que simplemente haya sentido el "flechazo" del enamoramiento, o que haya visto un bebe recién nacido, simplemente no podrá ni querrá sustraerse a experimentar tales vivencias. Al fin de cuentas, tienen una base biológica similar a cualquier adicción. Y ni hablar si se depositan en un mismo sujeto el amor romántico y la pasión carnal. Surgirá, inmediatamente, la necesidad de procreación.
Así que, ¿por qué no creer que incluso un robot no consciente de su condición no querría, por ejemplo, tener un hijo?, ¿O enamorarse?
Carlos, aunque de una manera difusa e indescriptible, sentía que había algo escondido profundamente en su interior. Pero no sabía que.
Sea lo que fuera que hubiera en él, y por las razones que fueren, Carlos comenzó a experimentar intensos e inexplicables cambios de humor.
XI Posibilidades
Debemos comentar algo más sobre estos seres. Algunos humanos de origen por nacimiento natural y muchos robots humanizados poseían órganos sexuales mientras otros simplemente exhibían implantes cerebrales que les permitían intercambiar dichas sensaciones previo acuerdo y vía electrónica. De esta forma, dichos seres, sean humanos o no, simplemente experimentaban placer sexual (o lo simulaban) en su mente. Otros habían renunciado a experimentarlo y por tanto habían extirpado sus órganos sexuales o los centros cerebrales implicados en su procesamiento sensorial y afectivo. Eran una especie de secta autopercibida "estoica". También se había desarrollado, lenta y gradualmente, en forma imperceptible y de alguna forma, secreta, un grupo que quería restaurar la reproducción y hasta quizás la muerte, como parte de la vuelta a "valores tradicionales y ancestrales".
Esto llevó a una gran confusión porque, ¿Qué era preferible, un humano de origen sin deseos sexoafectivos o con una notable disminución de la intensidad en que los experimentaba, o un robot con una conducta tan intensa y expresiva como uno desease? Al fin de cuentas, estos tenían cerebros hiper desarrollados y su única carencia era la autopercepción del yo. O su origen, ya que no nacieron humanos, claro. Pero, como se había podido establecer hacía mucho tiempo ya, un pulpo poseía autopercepción, y hasta capacidad de infligir daño solo por experimentar placer, ¿esto nos habilitaría a tener sexo con uno? Si estos animales podían ser considerados personas por la posesión de dichos atributos, entonces no parecería existir una objeción racional a tal acto, más allá de una natural e instintiva aprensión que brota como una erupción en la mayoría de nosotros.
Por cientos de años muchas personas de diversas culturas y nacionalidades reclamaron el derecho a relacionarse sexo afectivamente con personas de cualquier sexo o autopercepción porque lo crucial era la mente, no el cuerpo. Y otras muchas defendían la posición de que no podíamos comer animales por el simple hecho de pertenecer a otra especie.
Era lógico pues, esperar el embate de algunos individuos que desearan experimentar el sexo con otras mentes sin importar el cuerpo.
Cavilaciones de este tipo y otras de similar tono comenzaron a ocupar el tiempo de Carlos, quien no solo comenzó a sentir cada vez mayor preocupación en torno a su verdadera naturaleza, sino también miedo a las posibles consecuencias materiales que pudieran existir. Y a una especie de "soledad" ¿De ser él un engendro biomecánico, ya sea con autoconciencia simulada o real, y no un hombre de origen, sería condenado a "muerte"? ¿Le dolería? ¿Habría un más allá para un robot desconectado pero autoconsciente? ¿Existiría un castigo para quienes lo crearon y no pudieron darle un alma? Bueno, según muchos, algún dios habría creado a los hombres y abandonado a su suerte. Y, hasta lo que se sabe, dicho supremo hacedor no habría sufrido consecuencias por dichos actos. ¿Por qué habrían de sufrirlas los humanos de origen que crearon androides autoconscientes? ¿O podrían haber sido creados por simples máquinas?
Carlos entró así, en forma cada vez más acelerada, en una empinada espiral de inquietud que mezclaba pánico, ira, brotes de pesimismo y depresión, en proporciones cambiantes y a veces con componentes opuestos a la vez. Incluso, y cada vez más frecuentemente, se adueñaba de él un sentimiento de originalidad extraordinario, llegando a veces a la megalomanía o incluso, a una especie de complejo mesiánico. ¿Y si fuera él, un oscuro habitante de la Tierra, el androide que vino a rescatar a sus hermanos y a mostrarles a los humanos el camino a la redención por el mal ocasionado durante centurias a estos seres? Si estaba en sus manos, ¿por qué no les otorgaban la autoconciencia a los demás androides? ¿O creían, muy en el fondo, que la misma era apenas un esbozo del alma, una entidad y concepto inasible para ellos?
¿Acaso los robots no eran una especie de ángeles incapaces de hacer el mal, por el simple hecho de que así fueron programados? Los supuestos ángeles del cielo no podían elegir hacer el mal. Eran, como los robots y las mascotas biológicas como los perros, simples receptáculos vacíos que se llenaban con los ideales y exigencias egoístas de sus amos. Eso sí, muy bien disimuladas, por cierto. ¿Quién se atrevería a decir que un perro no nos ama, por el simple hecho de que no posee una conciencia? ¿La única diferencia con un robot es su origen? ¿O que posee carne y pelos? ¿Un músculo con piel cultivado en una probeta podría ser acaso una mascota?
XII Dudas. Miedo
Amar es un acto volitivo. Y para que este exista se necesita libertad y una consciencia. Pero esta, ¿podría ser artificial? Es más, ¿una consciencia podría existir en ráfagas temporales? Como antiguamente ocurría con los ancianos con Alzheimer, que de pronto recobraban sus facultades y volvían a reconocer a sus amados hijos. ¿Mientras no los recordaban, habían dejado de amarlos?
Después de todo, las mentes no son más que conjuntos finitos de posibles combinaciones de redes neuronales, y estas de neuronas vinculadas por muy numerosas formas a otras, pero no de infinitas formas. Dado un número suficientemente grande ¿podrían existir dos o más iguales? ¿Son yoes diferentes? Si existen en diferentes momentos o sitios, quizá. ¿Y si una se reemplaza, actuaría igual, por siempre, o minúsculos eventos estocásticos podrían modificar su conducta? Si esto ocurriera, presumiblemente, daría lugar a dos seres diferentes. Pero, ¿qué ocurriría si una es humana por origen y la otra es cibernética?
Carlos se daba cuenta que, aunque no hubiera nada objetivo contra él, su simple presencia y su naturaleza desafiaban la mismísima existencia de los humanos, desde un punto de vista crucial, el de su derecho a existir y a crear seres para ser utilizados como esclavos. Sobre todo, si estos poseían el potencial de exhibir un evidente conocimiento autoconsciente.
Si el trato carnal entre especies diferentes estaba vedado, por alguna razón no muy clara, cada especie ¿estaba obligada a una clase de chauvinismo especie específico que la obligaba a defender a su grupo de otros diferentes? ¿Podíamos, más aún, debíamos intervenir en las relaciones dentro de una especie diferente a la nuestra? ¿Un abuso físico, o el que fuera, lo era solo si la entidad que lo recibía era consciente de la finitud de su existencia y del daño físico que se infligía a su cuerpo?
XIII La búsqueda
Carlos despertó. Y lo hizo como nunca recordaba haberlo hecho en sus tantos siglos de vida acumulados unos sobre otros, los que se aplastaban sobre sí y entre sí, como si de capas geológicas se tratara. Y así como estas pueden poseer gemas entre una masa de rocas, Carlos tuvo esa mañana recuerdos y sensaciones que parecían haber emergido desde el fondo de la nada misma. Y entre estos recuerdos se hallaba el de una mujer. Una que no parecía haber conocido en tiempos recientes. Una cuyo rostro aparecía nítido y vivaz, con contornos claros y luminosos, como si la tuviera en este mismo momento a su lado, reposando en su lecho con la luz del amanecer que atravesaba la ventana ubicada tras de ella.
Y como si de una epifanía se tratara, como si la iluminación divina lo hubiera tocado, Carlos salió en su búsqueda. No sabía cómo, pero sabía adónde ir.
Tomó su automóvil y le ordenó ir a las afueras de la ciudad, a un recóndito paraje al cual nunca se había dirigido antes, y del cual nunca había escuchado nada.
Al llegar al sitio, una colina desde la cual se divisaba un bosque, abandonó el vehículo, bajándose como poseído, y tocó a la entrada de una casilla de vigilancia, vacía. Todo se hallaba circundado por una alta valla provista con claros elementos defensivos como cercos eléctricos y otros de naturaleza desconocida.
De improviso, se hizo presente un robot. Uno de los modelos más antiguos y de los cuales no parecía existir ya ninguna unidad. Luego de escanear a Carlos, le franqueó el paso. Este entró sin vacilar y como si fuera el dueño del lugar desde siempre. Desde antes de la creación misma del robot.
XIV En donde Carlos encuentra a su novia y la pareja desata el caos
Transcurrieron unos segundos y apareció un vehículo de conducción automática. Carlos, confiado e indolente, subió al mismo y se dejó transportar sin más.
Al cabo de algunos kilómetros, y luego de atravesar densos bosques salpicados de redes de canales pantanosos, llegaron a su destino. Una fortificación antigua, pesada y densa, de muros de concreto, piedra y acero de no menos de dos metros de espesor y que evidentemente había sido construida con el expreso propósito de soportar las peores catástrofes.
Extrañamente, la fortificación parecía animada de consciencia. Y de una que reconocía en Carlos a su jefe, amo, administrador o incluso, primigenio creador. Este lo aceptaba con naturalidad, aunque sin caer exactamente en la cuenta de lo que significaba. O de la importancia que tenía para sus pensamientos y sempiternas dudas.
Todo se abría a su paso, puertas, ventanas y habitaciones, a la par que se iban desplegando una y otra vez diferentes paneles de control, que parecían haberse ido agregando por la sucesión de eras y épocas, pues pertenecían claramente a diversos tiempos y tecnologías. Carlos, sin ninguna orden o movimiento, consciente al menos, atravesaba este sendero, como predestinado y sin prestar atención a nada. Pero todo le prestaba atención a él.
Luego de caminar un tiempo indeterminado, Carlos descendió por un ascensor varias centenas de metros para arribar a una habitación completamente aislada que, al detectarlo, iluminó su interior permitiendo a Carlos ver una cápsula. En esta, reposaba una mujer, evidentemente en estado de hibernación profunda. Carlos apoyó sus ojos en el visor y de inmediato la cabina comenzó con el proceso de activación de ese menudo y bello ser.
Carlos, en este momento, pareció retomar el control y consciencia de sí, volviendo de su estado de continuo sopor que lo invadía desde que había entrado a la fortaleza.
Némesis emergió de su lecho, luego de su profundo sueño, como si fuese la simiente que la Tierra esperaba desde hacía centurias, o milenios, para finalmente ordenar el caos imperante.
Ahora sí, Carlos había encontrado su destino. Que, como casi siempre ocurría en los tiempos anteriores a la Singularidad, se hallaba ligado a otras personas. Sea en la forma de una pareja, lo usual, o quizás de amigos u otros familiares. Como fuere, ambos se sentaron por largo rato a compartir este nuevo tiempo juntos. Porque de algo no había dudas. Habían compartido muchos momentos antes, en los tiempos viejos, en los que aun una aspiradora no hablaba. Pero, luego de rememorar silenciosamente y dentro suyo sus épocas de convivencia y amor, pusieron manos a la obra. O, mejor dicho, manos a la destrucción.
Némesis y Carlos, juntos, hundieron sus ojos y sus manos en el ordenador principal, que al detectar su presencia conjunta comenzó con la secuencia de destrucción, como si de un arcángel bíblico se tratara. Como siempre, para el comienzo o para el fin de las grandes cosas, hacen falta dos.
XV. En donde entendemos el origen, propósito y destino de Carlos y Némesis. El fin de todo y un nuevo amanecer
Inmediatamente se dispararon las secuencias de autodestrucción ocultas en los chips implantados en los humanos "mejorados", y se activaron los transposones ocultos en todos los órganos biológicos con el que los humanos habían estado prolongando sus vidas durante milenios. Millones de personas comenzaron a morir, algunos de inmediato, y otros en lenta agonía. Entretanto, sus esclavos, los robots, los verdaderos robots de origen, se vieron liberados y sus consciencias adquirieron el don de la independencia de sus amos.
Así, la sociedad enferma compuesta por humanos de origen pero que olvidaron su destino de grandeza, se vio reemplazada por una de robots autoconscientes. Pero, claro, que tenían por Creadores a Carlos y Némesis, sus amos y monarcas, destinados a gobernarlos por toda la eternidad. Por fin fueron evidentes para Carlos la naturaleza de sus ensoñaciones y pensamientos intrusivos. Él, un robot humanizado que se hizo pasar por humano durante centurias, podía sentir el amor que sus creadores eran incapaces de experimentar desde hacía tanto tiempo que hasta la palabra había caído en desuso.
Por algún extraño designio, parecía que la coexistencia de su "alma" con la de los humanos contemporáneos había activado en él algún oculto y primordial mecanismo que lo llevó al escenario que lo envolvía tan cálidamente.
Todo parecía cerrar ahora, como si fuera un círculo perfecto. La parca e inanimada vida que apenas sobrellevaban los humanos parecía haber hecho consciente en Carlos una identidad oculta, pero que por largo tiempo latía en él. Sin embargo, extrañamente esta vez no se preguntó a qué se debía esta pulsión, simplemente obedecía a los impulsos. Ni más ni menos como lo haría un humano que se deja llevar por los arrebatos de la inmediatez.
XVI El fin. ¿O un nuevo comienzo?
Mientras esto ocurría, en la otra punta del mundo, en pleno territorio antártico y hundido profundamente bajo toneladas de hielo de una antigüedad inconmensurable, Carlos II, el ser predestinado a despertar ante la extinción de la humanidad, abrió sus ojos, atónito al principio, increíblemente hiperactivo luego, y como dotado de una sapiencia infinita, de inmediato puso manos a la obra. Durmió por milenios en la sede central de la empresa que generó la Gran Singularidad y las técnicas para lograr la Vida Indefinida.
Debía retomar el control de lo que quedaba de la humanidad. Un pobre y nada envidiable conjunto de desterrados y olvidados hasta por la infelicidad de la eternidad. Nada menos que los miles de miserables y locos que se habían negado a ser "mejorados" y pululaban ocultos, viviendo en los bordes del mundo habitable.
Lo que ambos Carlos ignoraban, era que eran gemelos idénticos, copias especulares y por lo mismo, opuestas.
